Se puede nacer en el siglo XX, habitar el XXI, pero en realidad ser una persona de otra época. Es como estar atrapado en un momento de la historia que no es el tuyo. Algo tiene este hombre de un viejo trovador, de un vaquero errante, de una especie de juglar del folk. Su música es lúgubre, polvorienta, casi como un lamento funerario.

Pero Micah P. Hinson prosigue con su sonido fantasmal, haciéndose un hueco en los tiempos que corren. La tradición cultural ya la traía desde su nacimiento, acontecido en Memphis, Tennesse, durante 1981. Se trata de un sitio que honra a las raíces de la música norteamericana que brota por todos lados. Lástima que Hinson pertenece —o más bien perteneció— a una familia de fanáticos religiosos y conservadores al extremo. Baste mencionar que decidieron mudarse a Abilene, Texas, considerada la tercera ciudad más conservadora de todos los Estados Unidos, detrás de Provo (Utah) y Lubbock (Texas).

Siendo muy joven, conoció en el pueblo a una ex modelo que era viuda del guitarrista del grupo Tripping Daisy. El músico daba sus primeros escarceos, mientras ella le mostraba el consumo de estupefacientes y la vida loca. Así que durante el año 2000 fue a parar a prisión, acusado de falsificar las recetas para la compra de pastillas. Hinson con poca originalidad la llamó “La viuda negra”, mientras rememoraba esa temporada: “Terminé por perder mi coche, mi hogar, todo mi dinero, mis instrumentos, mi equipo de grabación, y principalmente, a mi familia entera”.

Al terminar su condena y salir de la cárcel, su familia lo expulsó y no le quedó de otra que vivir un poco como un vagabundo y dedicarse a la componer canciones. Durante 2003 tenía una relación en Austin con una joven que lo mantenía. En aquel entonces grabó, con ayuda de la banda The Earlies, el tema “The Posibilities” y quiso el destino que fuera a parar hasta Manchester, que sonara en la BBC y que una disquera escocesa se interesara por firmarlo.

Sketch Book Records no sólo puso el boleto de avión y la estancia sino que pagó 600 dólares de multas automovilísticas que impedían que sacara el pasaporte.   Libró por muy poco a las autoridades de migración y le dieron apenas un mes para grabar. The Earlies –que también fueron los productores– tomaron el nombre de The Gospel of Progress. Así fue como comenzó la parte discográfica. Lo curioso es que todavía pudo armar una mini-gira inglesa de dos semanas antes de volver a su país, para tocar como abridor para Calexico.

Micah P. Hinson and the Gospel of Progress (2004) fue un álbum muy reconocido por la prensa especializada que lo colocó en el mismo cajón de sastre con Wilco, Lambchop y Johnny Cash. Nunca ha dejado esas piezas lóbregas que por momentos exaltan, los parajes sombríos, las referencias religiosas e imágenes muy poderosas.   Precisamente esa fuerza narrativa lo ha llevado a publicar una novela. En 2010, por medio de la excelente editorial española Alpha Decay, apareció No voy a salir de aquí, de la que se dice: “Con pulso febril y exacto, Micah P. Hinson atrapa una secuencia de las vidas de dos jóvenes solitarios, enfermos, malditos y enamorados. Y los acompaña en un viaje suicida y sentimental cargado de preguntas. Los protagonistas de esta novela sólo encuentran una respuesta en el amor, entendido como un patético intento de superviviencia, y en la creación literaria, esfuerzo último de trascendencia. Una primera novela que se bebe a sorbos lentos y que recuerda, por su humor negro y su tristeza, al viaje a ninguna parte de los personajes de Buffalo 66. Chico y chica a la deriva, con máquina de escribir a cuestas y muchas millas por delante. Impacto certero en el corazón desde alguna carretera secundaria”.

Con cada incursión, este músico ha ido afianzado su lugar como figura de culto —gran calidad artística y un público conocedor y reducido— y ahora presenta un séptimo álbum que de entrada describe como una modern folk opera, una ambiciosa obra que surgió tras superar varias frases de depresión.

En la actualidad, Hinson lleva años alejado de los excesos, dado que, además, en 2005 tuvo que superar un grave accidente que le afectó las vértebras lumbares e implicó un operación de alto riesgo. Tuvo que pasar semanas completamente inmovilizado, lo que para él fue un auténtico infierno. Una vez que su modo de vida se estabilizó, decidió volver a residir en Abilene, un sitio tan aburrido del que sólo se destaca la presencia de la Universidad Cristiana.

Para grabar el sucesor de Micah P. Hinson and the Nothing (2014), tomó la decisión de acudir a un estudio ubicado en otros de esos pueblecillos varados del paso del tiempo: Denison, Texas. Lo único importante que ha ocurrido en la población de la ribera derecha del río Rojo (del otro lado ya es Oklahoma) es que ahí nació el presidente y militar Dwight D. Eisenhower. Y nada más que escribir a casa.

Dos años le tomó desarrollar el material que al final sería grabado en un viejo estudio lleno de equipo análogo a 250 kilómetros de su casa. Y el resultado se acerca a un disco conceptual, dado que de principio a fin tiene un hilo conductor. Se centra en la historia de una familia durante lo que dura una larga y extenuante guerra. Un periodo en el que pueden pasar muchas cosas según el autor,  “abarcando todos los extraños y gloriosos lugares a los que la vida puede conducir; del nacimiento al amor, al matrimonio y los hijos, a la guerra y la traición, el asesinato y el suicidio”.

Micah P. Hinson Presents The Holy Strangers (Full Time Hobby, 2017) se conforma de catorce tracks que pueden ser instrumentales —como “The Year Tires On”— o conducidos por la pura voz. Para el músico, el spoken word o monólogo “Micah Book One” es la pieza principal, pues concentra la parte narrativa y cuando pasa a cantar, por supuesto que nos hace acordar del monumental Johnny Cash en “Lover’s Lane” (que fue el tema que anticipó la llegada del disco entero).

El creador de un disco tan maravilloso como Micah P. Hinson and the Opera Circuit (2006) sabe que su arte no pertenece a las grandes ciudades ni a este tiempo; él homenajea al pasado, por eso trabaja entre bulbos y cintas magnéticas. Le gusta que su música se parezca a los lugares entre los que se mueve: “Tiene el sonido del oeste de Texas, desnudo, arenoso, solitario”.

En suma, se trata de un álbum que aunque tiene un tratamiento muy acústico es ambicioso y complejo y que le permitió explorar otras franjas creativas, según él mismo explica: “Hablo de temas de los que nunca había hablado antes en mis canciones y de lugares a los que la música nunca me había llevado. Siento como si hubiera un espíritu que me guiara a lo largo de todo el proceso, como si yo fuera más un instrumento que un compositor”.

De Micah P. Hinson Presents The Holy Strangers su autor deja muy en claro que no le hacía gracia el paso hacia lo digital —que sólo conoció a partir de la mezcla— y enfatiza la fuerza para introducirnos a lo profundo de la vida de aquella familia: “vivimos con ellos, morimos con ellos”.

Una experiencia estremecedora y profundamente estética; algo poco frecuente en estos días aciagos y atascados de inmediatez.