Con el surgimiento del expresionismo alemán, se motivó a futuro la aventura artística en la frecuentación de ambiciosos campos para lo inteligible. Hubo a partir de dicha corriente cinematográfica muchas manifestaciones insospechadas e interrelacionadas con diversas disciplinas (se construyeron con sus fundamentos lenguajes plásticos, fílmicos, arquitecturas sonoras, filosofías varias y poeticidad múltiple) que obligaron a los diversos públicos a descubrir informaciones, sabidurías e interconexiones culturales llenas de reminiscencias y promesas.
En su cinematografía, en blanco y negro y silente, primaba la expresión subjetiva sobre la representación de la objetividad, con trazo fuerte e hiriente.
Entre las características de este movimiento estaban su inusual escenografía, con objetos oblicuos y cubistas, cuya función era dramática y psicológica, no decorativa; a ello colaboró la escasa iluminación en los estudios y los decorados complejos, pintados con luces y sombras. Destacó también el exagerado maquillaje y la singular interpretación de los actores. Fundamentos todos para el éxito de la nueva estética.
Ésta evolucionó respetando la realidad del tiempo, lugar y acción, con su linealidad y cuidado argumental (además de la sobriedad interpretativa). Tales peculiaridades permitieron crear atmósferas cerradas y agobiantes. En la trayectoria primigenia de esta corriente apareció la figura dominante de uno de sus realizadores: Friedrich Wilhelm Murnau. Este director fundó su propia productora en 1919 y realizó películas en las que expresó la subjetividad con el máximo respeto por las formas reales del mundo.
Nosferatu (1922) fue su ejemplo sublime, en el que narró el mito del vampiro. Para rodar esta cinta recurrió a escenarios naturales, frente a la preferencia expresionista de filmar las escenas en estudio. Con la introducción de elementos reales en una historia fantástica, logró potenciar su veracidad. Además, hizo uso del movimiento acelerado tanto como de la cámara lenta y del empleo de película en negativom con el fin de marcar el paso del mundo real al ultrarreal.

Para la proyección del personaje, primero fueron los literatos, los poetas, quienes hicieron salir a Nosferatu (y Drácula a la postre) de su ataúd. Luego vinieron los cineastas y los actores como Bela Lugosi, Max Schreck o Klaus Kinski. En tiempos cercanos, tocó a los músicos evocar al vampiro. Subgéneros recientes como el dark, el illbient o el gótico lo convocaron, incluso, para crear sus particulares atmósferas.
Sin embargo, en el rock fusionado con las llamadas nuevas músicas este personaje (re)surgió por primera vez a cargo, primero, de Popol Vuh (Nosferatu The Vampire, 1978, en versión del cineasta Werner Herzog) y le siguió Art Zoyd (como Nosferatu en 1989).
¿Qué tanto arte, qué tanto soundtrack cinematográfico, qué tanta poesía sonora desplegó el grupo alemán Popol Vuh para poder estar a la altura de los paisajes descritos por su música en la interpretación de tal cinta de culto, al mismo tiempo arrebatadora y desolada? ¿Qué música hicieron tan digna del rumor cambiante del viento o del puro silencio en el que no suena más que el temblor de las almas y, en algún momento, la respiración agitada del esforzado escucha que, durante los largos trechos de las piezas, no siente que haya ninguna necesidad de palabras?

Hizo falta un conglomerado de artistas, como los integrantes de este grupo, para dibujar con brochazos sublimes y trazos sutiles de tinta las siluetas de lo que nos rodea al conocer el mal, encarnado por el vampiro. Hizo falta un sentido profundo de la contemplación para expresar esos paisajes de montañas extrañas y castillos siniestros, de vuelos y escondrijos, en unos cuantos tonos sintetizados.
Todo ello fue poesía sonora memorable que valdría para su panorámica general: el deseo por la sangre, la insospechada lejanía, la emoción exuberante, los colores muertos de la vida y de la tierra, los episodios de locura, de sueño y de posesión. Popol Vuh le proporcionó a Werner Herzog el contenido de su caja musical, el de los sonidos del miedo y el terror.
Los músicos del rock vanguardista no han cesado en su tarea de acomodar la práctica musical a una búsqueda imparable de adecuaciones culturales interconectadas. La experimentación sonora ha adquirido, en este contexto, un nuevo significado: no es mera indagación expresiva, sino persecución de horizontes distintos, exigentes y resolutivos.
Como en el caso de Art Zoyd, un grupo con una discografía de casi una veintena de títulos y una misión musical. Ésta aparece como el determinante fundamental de una figura artística contemporánea que lejos de sensiblerías cibernéticas es consciente de las múltiples posibilidades que ofrece la época, en la que los discursos artísticos y la tecnología se cruzan continuamente, pero en la que también la dimensión musical asciende de manera portentosa hacia constelaciones artísticas y humanas, con pretensiones tan renovadas como habitables de actualidad. De esta manera, el grupo hizo suya la interpretación de Nosferatu.

Involucrados sus miembros en el movimiento Rock in Opposition, enfocaron su existencia en definitiva dentro de la música electrónica fusionada, con el objetivo de crear obras para el cine y el ballet, en alianza con otras artes alternativas como la opereta cibernética, el oratorio electrónico, los performances y el videoarte.
De tal forma, el grupo francés remontó sus propios conceptos musicales y superó su mundo de sonido abstracto para combinar la música con la imagen expresionista. Su primera experiencia en este sentido llevó al grupo, en voz de su director Gérard Hourbette, a considerar que “lo más importante para Art Zoyd, en este momento, es que la música proporcione un marco o contexto emocional a las historias teatrales, dancísticas o cinematográficas. Musicalizar el Nosferatu de Murnau es un paso hacia adelante en nuestro reconocimiento con la imagen”.
El resultado de esta reunión concreta en la imaginación fue la subjetividad poética de la imagen, sonorizada por uno de los epítomes del rock electrónico, progresivo y experimental de más avanzada. Una función de film/rock camarístico, en la que se congracian con una obra única que representaba un novedoso concepto plástico, de enorme simbolismo estético, de principios del siglo XX (el expresionismo), en combinación con la música contemporánea finisecular.
El grupo manejó genialmente los movimientos en cada una de sus composiciones, permitiendo ver los matices de los claroscuros que generó aquel director alemán con sus imágenes fijadas en la memoria colectiva. Art rock de alta escuela y de naturaleza perturbadora, como el personaje mismo en la obra de Murnau, la cual cumplió ya su primer centenario.