A Lola Franco, con amor de abuelo

Murió de modo ignominioso, es cierto, convertido en un teporocho indigente, tirado en la calle, afuera de una cantina. Poeta nacido, vivido y muerto maldito, bien maldito. Ya para entonces, diciembre del 2015, todo mundo lo había abandonado, comenzando por su mujer y sus hijos. Vivía y bebía pidiendo limosna, dando lástima, hecho un asco de harapo humano, dicen. Porque nunca pudo controlar el alcoholismo que adquirió desde antes de darse cuenta de que era niño; él necesitaba de la embriaguez constante, como piden Baudelaire y Cardoza y Aragón, para así poder ser de verdad quien era según él: Rey Oh Beyve, un cantautor callejero. Un artista marginal, un bohemio indigente. Un personaje asombroso, excepcional en extremo y lleno de contrastes. Un hombre inmortal, ahora pare de las leyendas de Oaxaca, su ciudad adoptiva.

Su nombre verdadero fue Bernardo Reynaldo Jiménez Velazco, nació en Atepec, un pueblo de la sierra zapoteca de Oaxaca, probablemente en 1948. Allí, como pastor de chivas, aprendió a cantar fuerte y entonado, decía él; de ese pueblito se fue siendo todavía muy joven, por culpa del hambre y la miseria. Quiso tener otra suerte. Bajó de la sierra y buscó trabajo en la capital del Estado; pero no le gustó lo que encontró, por el poco dinero que ganaba y lo mucho que tenía que trabajar de sol a sol.

Buscó mejor suerte en esta gran ciudad de México, donde un paisano de su pueblo le dio chamba de cobrador de las ventas en abonos semanales de un puesto de ropa de un mercado de la colonia San Felipe, en el extremo norte de la megápolis. Al ver que tampoco así se hallaba a gusto con el trabajo diario de siete días sin descanso, se consiguió una guitarra usada y con otro paisano de su estado, que tocaba el requinto y cantaba en un trío callejero de boleros y chilenas, aprendió a tocar la de seis cuerdas. Y de inmediato empezó a componer sus canciones. Decía que él ya las tenía bien compuestas desde que era niño en el monte, pero que le faltaba llenar la letra y la música, cosa que pudo hacer cuando se acompañó con la guitarra; así de raro o rebuscado o afásico era su modo de explicarse.

Al escucharlo cantar en las calles de lo que hoy se conoce como Chilangolandia, alguien se acercó y le recomendó que mejorara su estilo, ya tan personal, y que, para lograr eso como se debe, sería bueno que se diera una vueltecita por el río Papaloapan, desde las playas de Veracruz hacia las montañas del noreste de Oaxaca, para que allí oyera y viera de modo vivo y directo cómo cantaban y tocaban música los jaraneros y decimeros del fandango. Tal cosa hizo. De tal manera llegó desde el Puerto de Veracruz hasta la ciudad oaxaqueña de Tuxtepec, me dijo, ciudad donde estuvo cantando por un tiempo en el mercado y sus alrededores. Pero allí encontró mucha competencia y baja clientela, lo que lo dejaba con muy poco dinero después de cada día; además, se sintió muy solo y lejos de su gente. Optó por regresar al centro de la ciudad de Oaxaca y se puso a cantar para los turistas todas las mañanas en el Mercado 20 de Noviembre, el de los asaderos y las comidas.

Allí fue donde lo escuché cantar una mañana tempranito, a finales de los años noventa del siglo pasado. Bastó con oír su voz y su modo de tocar la guitarra para notar su extrema rareza, su admirable y muy inquietante originalidad rascuache y, al tomar en cuenta la letra de lo que él de forma tan peculiar estaba cantando, supe al instante que Rey Oh Beyve era un ser humano todo fuera de serie. Único.

Esa vez supe que él sólo cantaba sus propias composiciones, cosa que lo hacía diferente a todos los demás músicos callejeros del centro de Oaxaca. Desde entonces, cada vez que estuve en Oaxaca lo busqué y logré establecer una cierta amistad con él. Así fue como un día lo encontré vendiendo sus propias grabaciones; primero en casets grabados de modo muy burdo y en medio de la calle; luego los CD y videos que cada vez grabó y reprodujo con más cuidado, hasta llegar a grabar en el estudio de Thorvald Pazos y Edwin Ramos, allí en el centro de la verde Antequera, y con él produjo dos joyas del canto popular callejero: su Vol. 5 y Rey Oh Beyve: El Soundtrack —en el primero, Thorvald le aporta unos efectos espaciales muy new age y en el segundo lo acompañan Michel Hernández, teclados; Alejandro Villanueva, bajo; y El Huracán del Ritmo, campana y percusión. Aunque es en sus más rústicas primeras grabaciones callejeras donde quedó su obra maestra: “Café caliente”. Canción que también se encuentra incluida en un CD que grabó y produjo el cantautor Pepe Elorza, titulado Canto callejero de Oaxaca.

En él, como cantautor callejero, todo era rústico e imperfecto, guarro, si se quiere; nada parecía estar “bien hecho” en las canciones de Rey Oh Beyve. Su modo de tocar o digitar las cuerdas de la guitarra y la melodía así producida pueden parecer algo monótono y sin brillo; sin embargo, basta prestar más atención para oír que tienen su “jícamo” bien cumbiambero y sus variaciones enigmáticas de huapango y cante jondo. Si la voz del Capitán Beefheart hace sonar a Tom Waits como Julie Andrews, la voz de Rey Oh Beyve entonces hace sonar al Capi como si fuera Marisol o de a tiro Mocedades. Es todo un distintivo su grito de “¡ea!”, lo mismo que la necesidad de presentar con su voz las canciones diciendo que son composiciones de “Rey Oh Beyve, compositor de Oacaca”. Hay que oírlo de verdad, vale la pena; porque las meras palabras no lo explican completo ni lo comunican bien. Tal es su diferencia esencial, es cantautor, hace y canta canciones, hay que escucharlo y ya, de allí emerge lo sublime que le da vuelo inmortal. Y sí, en las grabaciones que hoy nos quedan de él suena mucho mejor que en vivo, donde siempre andaba medio desvelado y cascado de la voz.

De veras que Rey Oh Beyve es un hecho único, de allí su valor como inmortal. Fue un Rimbaud jodido hasta dar asco de verdad y un Mallarmé con detalles y puntadas de Oliverio Girondo, por juzgarlo como literatura. Y donde Rey Oh Beyve nos hace volar y saca chispas de cometa sideral es cuando se lanza a cantar en su lengua materna, el celestial zapoteco bajado de las nubes de la sierra donde Juárez perdió el quinto de los borreguitos de su tío.

No se puede saber cuándo fue que decidió, este oaxaco inmortal, darse por nombre de batalla o artístico el neologismo lewiscarrolesco de Rey Oh Beyve. Pero saber tomar tal decisión fue clave para su inmortalidad, porque efectivamente con ese nombre se fabricó una personalidad para el espectáculo, excéntrica por completo dentro del mundo peculiar del canto callejero y efectivamente popular que ya desaparece; todo un personaje fantástico vestido de vaquero pop ajuangabrielado de a peso y con gestos, manías y conducta anómala de súper estrella del rock pesado, como Jimi Hendrix y Keith Moon. Cosas del degenere guapachá que es esta posmodernidad sin vanguardias de vanguardia de verdad.

Por las letras y la versificación, el mundo de las canciones de Rey Oh Beyve llega hasta el cancionero popular del Siglo de Oro, en la musicalización conecta con el son clásico y el veracruzano, el de lo popular mexicano antes de los mariachis radiofónicos. Igual, ya entonces, tiene conexiones con Bob Dylan y George Brassens, con Leonardo Favio y Atahualpa Yupanqui. Siempre en “sucio” y “ponketa”, a lo Kurt Cobain y lo Sid Vicious. Mas él siempre sin el oropel de la sociedad del espectáculo corporativo, él siempre desde muy afuera de la payola y el jit taréid, siempre un auténtico artista callejero, popular, individualista romántico, etcétera. Un rebelde inmortal. Voz de la tradición, cargada de pueblo efectivo, memoria inconsciente de grandes hechos de música y poesía, como las canciones de Hesíodo.

Su ingenio “comercial” de resistencia cabrona inconsciente a lo corporativo industrial, lo condujo a producir de modo rudimentario carteles, calendarios, manteles y servilletas y un sinfín de objetos “gadget por el gadget del gadget” ligados a su personaje; incluida una autobiografía de Rey Oh Beyve, dibujada como cómic neandertal, escrita con letra de niño de preprimaria y fotocopiada y engargolada como tarea de escuela secundaria, para venderles a los turistas. Así se convirtió en uno de los personajes folclóricos del Mercado 20 de Noviembre y la plaza mayor de la ciudad de Oaxaca; la gente lo esperaba ver y escuchar en el mercado o los restaurantes de la plaza mayor y le compraban con gusto sus nuevos productos; pero tampoco faltaba quien quería meterlo en la cárcel o cosas peores, por vago y borracho, y por lo anómalo de su música, pues le llegaron a pagar mucho dinero con tal que se fuera con su ruido a molestar en otra parte. Lo que desquiciaba a quienes en la ciudad lo consideraban un loco de atar era la calidad y el aprecio de personajes efectivamente considerados como connotados intelectuales, del tipo de Francisco Toledo, Andrés Henestrosa y Rodolfo Morales, como de investigadores y profesores de grandes universidades del país gabacho y las Europas británicas y continentales.

Hoy mismo veo y compruebo que, en un sitio de compra-venta en internet, se subasta por más de cien euros un caset de su Vol. 2 original. El año pasado, en una revista de estudios especializados en sociocultura, se publicó un artículo bien documentado sobre su calidad como artista marginal (y, obviamente, contracultural):

“Construcción de la marginalidad de los músicos callejeros (El caso de Rey Oh Beyve)”, de Natalia Bieletto. También por allí circulan textos serios y bien documentados sobre su música y poesía, sobre su imagen fantástica, sus delirios y etcétera. No se le olvida.   Sobrevive. Total, Rey Oh Beyve ya es inmortal: vive después de muerto, su recuerdo perdura. Fue un privilegio considerarme, además de su admirador y estudioso, su buen cuate y nunca, en más de quince años de trato, haber bebido un solo trago de alcohol con él, únicamente hablamos y hablamos, a veces tomando café y siempre de él y su música, la inmortalidad de Rey Oh Beyve, tal como él se la imaginaba y la comunicaba, siempre de modo hermosamente imperfecto, con grietas y polvo. Así ahora compruebo que sus maniáticos y delirantes sueños de fama y gloria se están realizando por completo.