El arranque es una finta. Aunque la letra del tema es una declaratoria del presente que sus autores viven —uno donde lo que importa, luego de sentir cerca el fin, es aferrarse y seguir—, en realidad la tonada opera como calentamiento; de ninguna manera define lo que viene tras ella. Se trata de “Aventar”, la canción que abre el más reciente álbum de San Pascualito Rey. Y es que Pascual Reyes y Juan Morales (la pareja sobreviviente del combo que patentó en 2003 el género dark-guapachoso, con el disco Sufro, sufro, sufro) consideraron seriamente la posibilidad de darle muerte a la historia que hace veinte años comenzaron, una vez que el primero grabara un demo con un puñado de temas en los cuales los modales del trip hop se mezclaban con el ánimo de la música ranchera y el espíritu de Toña La Negra.

Por fortuna, la mencionada dupla tomó la decisión de ir más allá. Acompañada de Vicente Jáuregui y Chepo Valdez, recientemente agarró aire tras la partida de Alex Otaola y Luca Ortega para encerrarse en un estudio en Guanajuato por unos cuantos días y empuñar sus instrumentos, todo con la guía en la producción de un viejo camarada: Gerry Rosado. El de las perillas ya había trabajado con la banda en sus primeros dos álbumes, de manera que se trató de una suerte de reencuentro donde, luego de ponerse al día, no hubo más que presionar “record” y arrancarse con las nueve composiciones que integran una obra que, sin problema, podría colocarse al lado del plato debut de San Pascualito Rey debido a su estatura.

“Como una mosca” posee el sello de casa. Una suerte de grunge trasnochado, bruto, para tercos. Podría considerarse como una rebaba de Deshabitado, pero no es así; acá hay una madurez que se manifiesta en contención, en la sapiencia de saber moderarse en medio de un arranque y un final tan inasibles como la voz de Pascual (a ratos desgarrada, por tramos susurrante). Por su parte, “La espina” es una composición del puño de Rodolfo Wright, quien decidió abandonar el puesto de tecladista para dejar este testimonio de lo que es capaz como autor y ejecutante (atención a los órganos y rhodes por ahí desperdigados). De paso, el tema sirve para aquilatar el grado de compenetración que Morales y Valdez han alcanzado al darle vida a la base rítmica (llevaban tiempo practicando, después de todo, en Capo).

Lo que viene manifestándose en dosis discretas pero efectivas, alcanza contundencia en el track número cuatro: “Entre la sombra y el silencio”, justo el corazón del plato. Ahí todo se integra con especial efecto y, además, se revelan las ansias de hacerse espacio en la radio, por supuesto, sin perder un gramo de integridad en la operación. Una pieza de estructura convencional, casi predecible y justo por eso encantadora; espaciosa, de crecimiento continuo. En ella las sonoridades sintéticas y orgánicas se injertan para relatar la historia de un malentendido afectivo, un condenado desencuentro. Se goza tanto, que cuando Jáuregui va soltándose hacia el final uno lamenta con pataleos el arribo del infame fade out.

“A pesar de mí” es la continuación de “Aventar” a nivel lírico (o su antecedente, si así se prefiere). De verbo urgente, belleza arabesca y tintes épicos, la tonada se adereza con la voz de Dr. Shenka (Panteón Rococó). “Tecolotes” es la siguiente del listado, acaso la primera canción de amor puro en la historia de San Pascualito Rey, distante del reproche y azote propio del bolero y la canción vernácula. Construida sobre un bombo de reverberación cavernosa, se erige como una ranchera eléctrica de miras cósmicas con la que Los Lobos brindarían silbando, reunidos alrededor de una fogata en el desierto de Chihuahua.

“Me da miedo la vida” (rescatada del pasado) hace eco de “Salgamos de aquí”, pero ostentando un quiebre diseñado con armonías vocales y cuerdas que más bien la relacionan con el cancionero de la era de Todo nos trajo hasta hoy. La letra, por su lado, se contrapone al estado actual de los músicos a nivel anímico; aunque hablando de fines prácticos “Pasará” funcionaría como una postal del presente, un hoy que no teme saberse influenciado por “Pero nunca me caí”, de los Caifanes en su etapa volcánica. Finalmente, “Nada será igual” coquetea con los arpegios de “Beso de muerto”, nada más que acá el asunto degenera en una especie de shoegaze que se esfuma en el infinito.

Animanecia es un trabajo de filtros discretos. En ese rol, hace contrapeso con la obra previa del grupo, plagada de detalles sonoros; esta vez, menos significó más. Pero sería injusto atribuirle exclusivamente a ese hecho su atractivo. En realidad, lejos del buen tino de Gerry en la producción, renovarse trajo buenos resultados para Pascual Reyes y Juan Morales; es decir, Chepo Valdez se muestra preciso, equilibrando la cada vez más fiera labor de Morales. Respecto a Vicente Jáuregui, valdría recurrir a la terminología usada entre duelas y canastas y otorgarle el trofeo MVP (Most Valuable Player) tras sudar al lado de su amplificador. Además, en el plano lírico Reyes logró amalgamar su viejo desencanto con una suerte de buenaventura emocional; el resultado: un paisaje luminoso, aunque no por eso optimista o menos opresivo.

Lejos de modas, despreocupado de tendencias, San Pascualito Rey confirma que el ritmo de su trote es confiable. Aquí la prueba: uno de sus álbumes mejor acabados. Un remanso en ésta, una época en la que las vacas sagradas más bien se muestran sangradas de tanto exprimirles las ubres y las nuevas generaciones (y escribo esto a riesgo de ser tomado como un señor amargado y quejoso) prefieren untarse esa miel melódica que tanto gusta a quienes viven encantados canturreando con su ukelele. Animanecia marca la diferencia. Raya una raya. Aquí no hay ganas de jugar al tolerante, de hacerse pasar por mansito. Esto es rock. Rock terco. Rock mexicano de pura cepa, ejecutado por quienes, quizá sin saberlo, llevan rato asomándose como especímenes en franca extinción.