… o del miedo del músico ante la soledad, el oficio y la muerte.

Odio hacerlo. Pero…, ¿se puede prejuzgar un libro por su portada? Sí. Claro. También puedes predecir si determinada banda te va a gustar o no sólo con ver su apariencia o por la carátula del álbum (o su foto de Spotify)… y quien diga lo contrario, está mintiendo. Y es que este ejemplar –titulado con el que podría ser el nombre de una canción de los Red House Painters o de algún grupo de pop tristón– llama la atención desde su pasta, concebida por el artista hidalguense Salvador Verano. Sí, es de esos libros que puedes llevar bajo el brazo o ponerte a leer en una cafetería o en el transporte público (si manejas no leas, por favor) y presumir su diseño.

La buena noticia es que el libro cumple con lo que promete en la superficie y evoca perfectamente al pop con todas sus aristas, a ese sentimiento de escuchar un disco completo, de descubrir referencias sobre tus bandas favoritas, de tomar una cerveza en el bar local y de añorar a esos amores perdidos cuyas historias por lo general han sido ya bien contadas en esos miles de canciones de todos los tiempos (pero que vale la pena escucharlas una y otra vez).

Ya no más canciones de amor (Editorial Gato Blanco, 2019) destila nostalgia y madurez, el inevitable encuentro con la muerte, la crisis de la edad media (como Faith No More dixit), el perdón, los recuerdos de la niñez y el amor. La novela, narra en primera persona los días de un músico experimentado, consumido por el desencanto y por un amor lejano, quien decide que no se va quedar estático, pero que también sabe que se mueva a donde se mueva, hay cosas en el ayer que no se pueden cambiar.

El escritor y periodista mexicano Juan Carlos Hidalgo se mete bajo la piel de un artista español ficticio un poco atormentado –y con mucha personalidad, como suelen serlo los músicos que han trascendido– que vive su presente bajo la sombra de un pasado que no ha podido finiquitar, entre sus obsesiones new wave (y sus pistas brit que van de Everything but the Girl a The Jesus and Mary Chain, Roxy Music y Ultravox), sus recuerdos sentimentales, sus anécdotas locales (el autor justificó las posibles lagunas culturales con el hecho de que el protagonista vivió cuando niño en Centroamérica; en Honduras, para ser exacto) y su amor propio.

Con un ritmo cuasi cinematográfico, las páginas nos llevan de la mano por los vaivenes de un tipo por el que es imposible no sentir empatía: sabe de música entrañable tanto como esos amigos con los que compartes discos y anécdotas musicales y, además, detrás de la carcasa de rockstar es un buen ser humano, “uno de los nuestros”, tal como nos gustaría que fueran nuestros ídolos (a veces nos decepciona que son terribles personas más allá del personaje). Cuenta con divertidos guiños a periodistas nacionales (como Enrique Blanc) y latinoamericanos y, sí, lo relatado nos hace pensar que el autor se convierte en este personaje por las noches y lleva una doble vida (algunos de los relatos que nutren la historia suenan sospechosamente autobiográficos). Sin duda una novela –si bien apta para cualquier lector de ocasión– que es sobre todo un trabajo con dedicatoria especial a los músicos y los estetas sónicos que han sobrevivido al internet.