I.

Empezar los obituarios de músicos con una anécdota personal es una estrategia gastada pero honesta. Es una de las formas más genuinas y pedagógicas para explicar ese extraño vacío personal que se siente cuando un músico muere y el cual es muy distinto al que deja cualquier otra celebridad. Un músico o una banda se vuelve importante en nuestras vidas no porque sean famosos. Todo lo contrario; es porque compartimos con una abstracción —el sonido que dejó una persona y no con la propia persona— un espacio de intimidad. El sonido no nos ve y no nos juzga y por eso tratamos de llevarlo a todas partes.

El primer disco de Rush que escuché fue Exit… Stage Left, un disco en concierto y un extraño lugar para conocer a un grupo. Me lo prestó Patricio, en ese entonces mi profe particular de matemáticas. Iba en cuarto de primaria y mi incapacidad para las operaciones básicas me acercaba rápidamente a reprobar el año. Lo que para él tal vez fue una estrategia para seguir dándome clases, para mí ha sido un acto de generosidad trascendental. El streaming es un invento maravilloso: universos musicales completos que están disponibles en la palma de la mano, al momento que se nos antoje o que sea necesario. Pero la pérdida del soporte físico sí ha tenido un costo alto, aunque casi imperceptible. El arte, el gesto y el ritual de compartir un disco, como si fuera una llave a algún lugar que espera nuestra llegada, está desapareciendo.

Fotografía: Enrico Frangi liberada al dominio público

En cuanto llegué a mi casa fui a la sala, prendí el estéreo y puse el disco. Sonó “The Spirit of Radio”. Fue demasiado para mí; no entendí nada. Sabía que sonaban una batería, un bajo y una guitarra pero no podía darle un sentido a esa conjunción de sonidos. Esa introducción en la que Neil Peart y Geddy Lee desplegaban un laberinto de subdivisiones rítmicas fue una sobrecarga. La voz de Geddy lo hizo aún más difícil. Demasiado andrógina para un niño cuyos horizontes musicales llegaban hasta Limp Bizkit y el machismo seudopoético de Jim Morisson. Paré la música, saqué el disco y lo metí en su caja. En unos días salía con mi madre a un viaje hacia Veracruz. Guardé la caja con el disco en una más grande con otros discos escogidos por mi madre y por mí para musicalizar la carretera.

Ya fuera de la ciudad, recuerdo que escuchamos el soundtrack de Billy Elliot. Después, hice el segundo intento de escuchar a Rush. Volvió a sonar The Spirit of Radio. Esta vez dejé que la canción terminara para dar lugar a uno de esos momentos raros en los que las cosas cobran sentido. Llegando a Cumbres de Maltrata, comenzó a sonar “Red Barchetta”: el canto del bajo de Geddy Lee, los armónicos de Alex Lifeson, los platillos de Neil Peart. Después de la introducción, la letra: “Mi tío esconde un lugar en el campo del que nadie sabe” [My uncle hides a country place no one knows about]. Una historia, pues. La música me iba contando una historia sobre alguien que había viajado en tren para ver a su tío, quien le prestaba un coche antiguo y cómo se sentía vivo al derraparlo en la carretera. Rush es una banda de rock y no hay manera de negarlo. Para mí, son quienes lograron que el arte cobrara vida propia por primera vez mientras atravesaba con mi madre las Cumbres de Maltrata.

II.

Después de mi experiencia con “Red Barchetta” dejé a Rush reposar unos años. No escuché otros discos del trío y ese era el único que formaba parte de mi incipiente colección. Pasaron cinco años y me fui a San Francisco con mi primo Óscar, el mayor de todos. Yo tenía 15 y el debía de haber tenido cerca de 22. Como parte de su equipaje, llevaba una carpeta de discos. Él y yo intercambiábamos música frecuentemente. Para este punto de mi vida, mis gustos se habían ampliado considerablemente y atravesaba esa fase en la que creía que el rock progresivo era la máxima expresión de la música, pero, por alguna razón, Rush sólo seguía siendo un recuerdo en las Cumbres de Maltrata.

Óscar, quien ya tenía la edad para comprar chelas en el Gabacho, fue por unas Sapporo a la tienda que estaba a la vuelta de la esquina de la casa en donde nos quedábamos. Por supuesto que a media cerveza yo ya estaba borracho y Óscar puso el Chronicles de Rush. Me volví a encontrar con “Red Barchetta” pero ahora en la versión de estudio. Otra epifanía. La versión en vivo que yo conocía y las demás piezas del Exit…Stage Left eran reproducciones, nota por nota, de composiciones intricadas y complejas. Con la excepción del solo de batería en YYZ y alguno que otro arreglo, lo que yo consideraba espontaneidad salvaje eran emociones perfectamente calculadas. Una arquitectura emocional planeada de inicio a fin.

Días después Rush tocaba en Concord, a una hora de San Francisco. Aun había boletos. Fuimos a verlos. Aprendí lo raro que es ir a conciertos de rock en Estados Unidos. Para mí era una oportunidad de rendir pleitesía; para los gringos era otra oportunidad de fumarse un toque mientras armaban un burrito, aventaban un frisbee y escuchaban “Limelight” como fondo. Nada parecido al Rush in Rio

III.

Si tuve algún talento cuando empecé a tocar los tambores, fue saber desde temprano que no quería ser un virtuoso. Me gustaban —y hoy día lo siguen haciendo— bateristas discretos, aquellos cuyo énfasis está en el groove y no en la pirotecnia de los redobles. Conforme pasaban los años, me iba dando cuenta de que para ser virtuoso había que practicar muchas horas muchos ejercicios que eran la antítesis de la música.

Fue en uno de los puntos climáticos de mi arrogancia, precisamente cuando pensaba que cualquier baterista que usaba un doble pedal era un traidor de la profesión, que Rodrigo y Diego me invitaron a tocar “La Villa Strangiato” para la clase de ensamble musical en la preparatoria. A pesar de mi ortodoxia percusiva, a Rush y a Neil Peart los tenía en la más alta estima sin saber exactamente por qué. Era algo extraño pues, en estricto sentido, Peart debía ser la representación de todo lo que odiaba de muchos otros bateristas. Hasta que tuve que imitarlo, entendí por qué es inimitable y por qué, más que un baterista, es un artista de los tambores.

Intentar tocar “La Villa Strangiato” es un gesto de arrogancia perfecto para un adolescente que ya puede conducirse por un instrumento. Nos tomó varios ensayos poder tocar la pieza de principio a fin. A mí me tomó muchas escuchas aprenderme la estructura y los detalles. Lo difícil de ser baterista y tocar a Rush es que puedes imitar algunos fills y aprenderte los cambios de sección, pero nada tiene sentido si no se es consciente de que el rasgo definitorio de Neil Peart no es su capacidad técnica, sino su sentido de la seguridad. La maestría sin esfuerzo. La materialización instantánea de la voluntad al momento en que se decide tocar un tambor. Esa seguridad no llega con la técnica. Llega, más bien, cuando uno ha pasado por el tortuoso trecho de asumirse como artista y actuar en consecuencia.

No había mucho tiempo para que me pudiera aprender la batería completa de la “La Villa Strangiato”. Recuerdo que logré sacar las bases rítmicas que definen cada sección y los fills los iba improvisando sobre la marcha. Fue la mejor decisión que pude haber tomado. Si mi respeto por Neil Peart estaba intacto, a pesar de que detestaba a cualquier baterista que se sintiera orgulloso de sus chops, es porque la creatividad de Peart encuentra una de sus expresiones más sutiles en la construcción de sus grooves. Todo baterista que quiera aprender el arte de la tensión y la resolución debe pasar por la sección en 7/8 de “La Villa Strangiato”. Lo que Peart hace en esa sección de la pieza es algo que pocos bateristas, sobre todo en el rock, saben hacer: que el oyente pueda escuchar el espacio y el silencio. Durante ese minuto y medio, un baterista de rock le muestra al mundo que está a la altura de aquellos quienes, como Thelonious Monk, sabían que el silencio era el sonido más importante.   

IV.

Durante los años que me dediqué a la batería de tiempo completo negué a Neil Peart muchas veces, a pesar de mi gusto por Rush. De ninguna manera puedo definirme como el fanático más obsesivo de la agrupación. Aún hay discos que no he escuchado; datos curiosos que estoy lejos de conocer; algunas canciones que no me gustan del todo. Pero con Rush me he podido identificar más que con otros exponentes del género. Siempre he creído que son una banda honesta y clara en sus intenciones, incluso cuando caen en la épica cliché que muchas veces define al rock progresivo. Rush fue un grupo cuya prioridad fue la música. A sus integrantes no les interesaba ser iconos culturales o pretender que habían imbuido al rock con la intelectualidad que a éste le faltaba para ser un género musical artísticamente legítimo. Ante todo, eran una banda con una integridad creativa y plenamente consciente de lo difícil que era mantener esa cualidad ante el éxito masivo. Neil Peart, también poeta, lo definió con la misma sutileza con la que suenan sus fraseos rítmicos y sus redobles melódicos:

Toda esta maquinaria que crea música moderna
Aun puede ser de corazón abierto
No escrita tan fríamente
Es en realidad una cuestión sobre tu honestidad
Uno quiere creer en la libertad de la música
Pero premios deslumbrantes
Y compromisos sin fin
Destrozan la ilusión de la integridad.

[All this machinery making modern music
Can still be open-hearted
Not so coldly charted
It’s really just a question of your honesty
One likes to believe in the freedom of music
But glittering prizes
And endless compromises
Shatter the illusion of integrity]

Mi negación de Peart durante varios episodios de mi breve, o larga, carrera musical no tiene mayor justificación que la estulticia. Lo culpaba de ser la inspiración de lo peor que le podía pasar a los bateristas: olvidar la música en favor de la técnica. Pensaba que, a pesar de la grandeza de Rush, Neil había puesto el ejemplo de una práctica nefasta. En las eternas discusiones en mi cabeza él era el responsable de que los bateristas no se esforzaran en explotar al límite una simple batería de cuatro tambores y sólo se preocuparan por tocar los redobles más rápidos, en la mayor cantidad de tambores posibles, a 200 beats por minuto. Lo acusaba de no saber tocar swing y organizarle un tributo a Buddy Rich, otro blanco frecuente de mis frustraciones y mis rencorosas opiniones.

Qué estupidez la mía pensar que un artista es responsable por las malas interpretaciones de sus imitadores. Qué estupidez la mía culpar a Neil Peart porque técnicos prolíficos pero pésimos músicos, como Mike Portnoy (Dream Theatre), lo hayan tomado como un ejemplo a seguir. Qué estupidez la mía no ver que gracias a Peart la batería, en el contexto del rock, fue elevada a niveles inimaginables, inspirando en el camino a otros artistas de los tambores. Qué estupidez pensar que algo tan banal como no tocar swing bien o ser fanático de Buddy Rich de alguna manera minaba su integridad artística.

Cuando decidí cambiar de carrera y tomar distancia de los tambores, empecé a escuchar y a pensar la música de forma distinta. En un arranque de nostalgia, regresé a Rush. Iba en segundo semestre y pensaba que había tomado la peor decisión de mi vida. Regresando de la playa con Bárbara, mi novia, y Luis, carnal entrañable, mi necedad logró que Rush sonara durante varias horas en el camino. Escuchamos Hemispheres, porque quería volver a oír “La Villa Strangiato” después de algunos años. Después escuchamos Moving Pictures porque Bárbara quería oír “Tom Sawyer” y yo arbitrariamente decidí que si íbamos a escuchar la primera canción del disco, entonces estábamos obligados a escucharlo  completo. “Red Barchetta” volvió a sonar otra vez en la carretera, en un momento muy distinto de mi vida. Llevaba más de una década conociendo esa canción y seguía emocionándome de la misma manera que cuando la escuché por primera vez. Había cambiado de carrera, mi futuro ya no era estar atrás de los tambores. A pesar de eso, algo seguía ahí, intacto. Algo que llevaba consigo un regalo, casi libre.

 

Daniel Quintanilla Casatro
Abogado, pero también un baterista que actualmente se encuentra en varios años sabáticos. Su última grabación fue el disco En el ombligo de la luna, con el trío Maraakame, disponible en Spotify.

 

 

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Neil Peart: el artista de los tambores