Cuando uno escucha el álbum debut de Bobby Sparks II, Schizophrenia: The Yang Project, se pregunta por qué su autor no ha sido internado en un hospital psiquiátrico. Porque vaya que el contenido del plato le hace honor a su título. El nacido en Texas se asoma como un tecladista fuera de órbita, pero también como un comandante entrenado para llevar su nave sónica a los mares más rebeldes, sin que importe si se le atraviesan los oleajes del jazz y el funk o las mareas del r&b y el rock.

Fotografía: cortesía de Bobby Sparks

Por otro lado, Sparks posee un currículo de cuidado. El hombre ha colaborado con personajes del calibre de Ray Charles, Herbie Hancock y Prince, sin demeritar lo hecho al lado de St. Vincent, Tower of Power o Lauryn Hill. Atendiendo esto, ¿queda claro por qué el disco que trae entre manos certifica que su estado mental merece ser estudiado? “Pues sí, lo que hice fue un disco esquizofrénico”, aclara Sparks, vía telefónica, desde su tierra natal. “Cada tema posee su propia personalidad, cada composición es distinta, totalmente diferente. Lo hice de esta forma porque así era como se escuchaba la música en la radio en los años sesenta y setenta: pasaban una canción de Bob Dylan y luego una de Sly and The Family Stone, seguida por una de Funkadelic. Bajo ese parámetro hice un disco con muchos rostros”.

El también productor está cerca de presentarse por vez primera en México, hoy jueves 31 de octubre, en el foro Bajo Circuito, una fecha ideal para certificar el talento de un tipo que, sin ansias de hacerse el interesante, se asume listo “para absorber todas las músicas del mundo. Ese es mi único plan para el futuro: acercarme lo más que pueda a toda la música que sea posible. Es una buena idea, ¿no?”.

¿Qué tipo de música escuchabas durante tu infancia, en tu natal Texas?
Mucha música gospel en la iglesia. Así me introduje al mundo de la música. Eso lo tenía por una parte, gracias a mi madre; pero mi padre era músico de jazz y de blues y eso significó mucho para mí, porque él me mostró a Miles Davis, Dizzy Gillespie y Duke Ellington. Luego, siendo adolescente, descubrí a Prince; a partir de ese momento todo cambió: me convertí en un funkster.

¿Tendrán algo en común el jazz y el gospel?
Bueno, pues estamos hablando de las raíces de la música negra. Se trata de músicas que provienen básicamente del blues, ya sabes, la música de los plantíos, el canto de dolor de los esclavos. La música es un asunto espiritual. Por ejemplo, del espíritu del blues nace el jazz. Y todo está relacionado, así ocurre con la música, hay puntos de encuentro por todas partes. Estoy muy influenciado por el gospel y el jazz, pero no sólo a nivel musical, sino por el alma que ambos géneros poseen. Como te decía, crecí escuchando a Miles Davis, pero de igual forma a Edwin Hawkins. Puro espíritu.

Ya que mencionas a Prince, me parece que su legado no ha sido apreciado del todo, ¿qué piensas tú?
Qué puedo decirte. Mira, mucha gente recuerda a Prince como un músico de funk, pero en realidad fue un artista que ejecutó prácticamente todos los estilos musicales que existen. Algo extraordinario. Prince era bueno tocando prácticamente lo que fuera y fue él quien me invitó a explorar muchos géneros musicales; escuchándolo, llegué a mundos increíbles. Para mí es el mejor artista que ha existido en la historia de la humanidad. Muchos creen que ese calificativo se lo merece Michael Jackson, pero hay un punto aquí: Prince pudo hacer todo lo que hizo Jackson, pero Michael jamás pudo haber conseguido lo que Prince. Amo a Prince.

Tras escucharte, no puedo imaginar lo que significó para ti terminar tocando con él.
¿Sabes cómo lo tomé? Como un regalo de la vida. Imagínate, tocar con tu héroe. Hice mi sueño realidad. Soy un tipo muy afortunado, he tenido la oportunidad de tocar con músicos fantásticos en discos fabulosos, abrevando de una gran cantidad de estilos. George Benson, Ray Charles, Prince. Me siento bendecido, ¿de qué podría quejarme?

Fotografía: cortesía de Bobby Sparks

Otro de tus sueños recién ha adquirido forma de disco. Este álbum con el que debutas, Schizophrenia: The Yang Project, hombre, te tomó veinte años concretarlo, ¿por qué tanto tiempo?
Sí, señor. Me tomó veinte años concretar este álbum. Tengo bien claro cómo comencé a planearlo en mi cabeza: un día entré a una tienda de discos y compré algunos compactos, entre ellos Tales, de Marcus Miller, y Brown Sugar, de D’Angelo, y cargué con ellos para salir de gira, quería dedicarme a escucharlos en la carretera; hacerlo me inspiró a crear mi disco. Lo comencé a grabar en 1999, pero a escribirlo desde 1996, más o menos cuando el negocio de la música comenzó a cambiar; es decir, los tiempos en que empezó a ser difícil que una compañía disquera te ayudara económicamente con tal de grabar un disco. Al final decidí hacer música por mi cuenta, llamando a amigos para que me ayudaran a concretar el disco, un trabajo que hice con todo mi esfuerzo, lo mejor que pude, y que sí, me tomó veinte años terminar.

Quizá tú puedas darle un poco de luz a un tema tan oscuro. Considerando lo que contabas, que la industria disquera lleva rato en mal estado, ¿cuál crees que será el futuro de la música, dónde podremos encontrarla, escucharla, quiénes estarán haciéndola?
¿El futuro de la música? Vaya, puedo decirte que no estará en los sellos disqueros tal como los conocimos. Cada vez hay más artistas trabajando de modo independiente, haciendo cosas increíbles. Y pienso que ese será el camino. Si lo ves de esta manera, hay mucha esperanza en el mañana, porque los creadores desde ya podemos hacer lo que queramos, ¿entiendes? A estas alturas, ¿qué podría detenernos?