Hace mucho tiempo conocí a un tipo, poeta y traductor laureado, que cada vez que era invitado a una mesa redonda o a la presentación de un libro, se definía a sí mismo como un “eterno adolescente enamorado”. Quemaba, por otro lado, el prestigio obtenido dentro del medio cultural en favor del desahogo económico que le proporcionaba trabajar en el campo de la publicidad. Era poco afecto a la música popular, pero cuando se sentía apremiado en alguna conversación al respecto y ya con dos o tres tragos dentro, confesaba que había llegado tarde al rock y que no lograba entenderlo.

Best Coast en The Arches, Glasgow. Fotografía de Claire Thomson bajo licencia de Creative Commons.

Sostenía que detestaba, por ejemplo, a los californianos Beach Boys, por exaltar todas aquellas emociones y relaciones “tan juveniles”. Vaya, me decía yo, este pretender no es tan eterno ni tan adolescente ni se enamoró realmente cuando lo fue. Se perdió del lado soleado de la música y de apreciar la transformación de lo simple en arte.

Hoy, de escucharlo, tal personaje estaría muy compungido con la presencia en el panorama musical del grupo angelino Best Coast, un extracto de esencia costera que en las antípodas de aquellos barrocos muchachos playeros se limita a lo elemental para crear un pop desde el lado minimal. Un buen pop, eso sí, con sensibilidad hacia la problemática emocional de los corazones imberbes.

La agridulce realidad de quienes empiezan con su educación sentimental se da cita en los textos de este dúo, formado por Betty Cosentino y Bobb Bruno. Dicha realidad está plasmada en su disco debut, Crazy for You (2011), así como en los subsiguientes The Only Place (2012), Fade Away (2013) y California Nights (2015), y la ha arropado con una repetitiva estructura musical a la que los especialistas aún no terminan por encontrarle un nombre concreto: twee pop, bubblegum-noise, surf-pop, noise-pop, fuzzy pop…

En fin, tras la nomenclatura en la que se inserte la música de este binomio está la claridad del mediodía que entra por el ventanal del escaparate y deslumbra con sus tonalidades luminosas que dan forma y volumen a las cosas que dicen, que sienten, que trasmiten, con una textura muy precisa y siempre austera. Proponiendo una analogía pictórica, yo diría que son equiparables a los cuadros de Edward Hopper.

Porque asombra el modo radical en que ellos, al igual que el pintor, prescinden de grandilocuentes anécdotas narrativas para contar la realidad y quedarse sólo con unos cuantos rasgos sustanciales, dejando “oscura la historia y clara la pena”, para exponer las fronteras visibles e invisibles entre las personas y sus relaciones, por más jóvenes que sean. Las canciones de Best Coast son, así, emblemas y resúmenes emocionales, unos que se ubican entre los pliegues de la segunda década de cualquier vida y que en esta época son más homogéneos de lo que se pudiera pensar.

Con su arsenal discográfico el grupo busca trasladarnos, con breves canciones y guiños, a toda la escena musical de ambas costas de la Unión Americana (en las que ha vivido la cantante) y que ha dejado sus huellas por doquier en los últimos tiempos. Su inerte noise prepara al escucha para una atmósfera muy retro que será la escenografía de un frenético garage lo-fi, interpretado en calidad de amateur pero con aires pop que se manifiestan principalmente en las melodías.

La voz de Consentino logra abarcar al cien por ciento el cuadro de la duración de sus discos, al incorporar sus armonías vocales en toda introducción o intervalo. Ella tiene la misión de construir sobre estos momentos ante una base de guitarras distorsionadas. El tributo a los Beach Boys es manifiesto, así como las similitudes con The Wavves, The Raveonettes o She & Him, entre otros, las cuales se atenúan y matizan cuando uno descubre el sello propio de su música.

Bethany Consentino es una californiana que, a sus 32 años, ya ha tenido tiempo para mostrar sus talentos: creó la banda Bethany Sharayah y, justo cuando iba camino a convertirse en la siguiente estrellita teenager, salió en su propia defensa con un proyecto de pop tribal llamado Pocahaunted y así sucesivamente. Best Coast es, pues, la enésima reencarnación de esta joven precoz, quien al seguir la estela de Dum Dum Girls, emplea al noise-pop como trampolín para abalanzarse sobre temas pegajosos, en el mejor sentido de la palabra.

En la composición, bajo y arreglos la acompaña Bobb Bruno (sobre el cual han querido tejer la leyenda de que fungió como babysitter de Beth en alguna época) y Ali Koehler (de Vivian Girls) como baterista invitado.

En los cantos de Best Coast entra y sale todo del corazón de la manera más sencilla, para entendimiento de los auténticos eternos adolescentes enamorados: un modo explícito de ser, una manera de estar en el mundo que hace del amor/desamor la suma esencial de la sublime inmadurez.