En medio del agitado mar de proposiciones sonoras que la red y otras vías nos dispensan, una agrupación muy atractiva para mis oídos fue Baboons After Radiation Drifting On Spiritual Shit (Monos a la deriva después de la radiación entre dogmas espirituales) —en realidad me acerqué a ellos cuando se les anunció como uno de los abridores en el concierto de Nani Guru y de allí a Bandcamp medió un paso— que, por obvias razones, es más conocida como B.A.R.D.O.S.S., y está integrada por Gerardo Peralta (batería, octapad), Omar Carapia (teclados, voces), Fabián Márquez (bajo) y Alberto Fonseca (guitarra).

“El nombre viene de los bardos protoceltas —cuenta Gerardo—, del Libro tibetano de los muertos, el Bardo Thodol. Para nosotros es esa dualidad de investigar hasta dónde pueden convivir la música electrónica y el rock como tal. Al estar en medio, qué tanto puedes ver de este lado y qué tanto del otro sin recargarte en ninguno de los dos”. Hace aproximadamente seis, siete años –la fecha exacta se ha  diluido en la memoria– comenzó la aventura y al poco tiempo dieron inicio a Wicce Records, sello digital que “busca proyectos similares en una escena de varios músicos que hacen música basada en el free jazz, el stoner, el krautrock y la experimentación”, agrega el baterista.

Fotos: B.A.R.D.O.S.S.

“La palabra wicce —continúa— es la forma anglosajona para bruja; nosotros vemos muy ligados el estudio musical con las raíces y éstas vienen desde épocas primitivas. En los últimos dos o tres años, nuestra curiosidad nos ha llevado a explorar lo que tenemos aquí, maneras de pensar, formas de hacer música, literatura, todo lo que engloba la cosmovisión mesoamericana y eso ha influido a la hora de hacer música”.

“La parte de ir a las raíces es ver el proceso ritualístico de la música. Desde  tiempos ancestrales, ésta ha servido como una conexión directa del humano con lo divino;  entonces nosotros, siendo alquimistas del sonido, buscamos llegar  a esos rituales para poder alcanzar una obra”, señala Omar Carapia.

Una característica de Wicce Records son las OTS (One Take Sessions), sesiones de improvisación que se graban, reciben un ligero proceso de edición para ajustarlas a un tiempo idóneo (“por lo general se mantienen tal cual se dieron. No se hacen overdubs porque le restan naturalidad y una de nuestras premisas es conservarlas en el estado más puro, porque se trata de reflejar la respuesta de los implicados a la sesión”, dice el guitarrista Alberto Fonseca) y que se han materializado en álbumes de No-Mads, Saros y Tetraedotron 3000, entre otros (lector, haga la cara que guste, la nomenclatura obvio no le dice nada, sólo ajuste el cinturón y adentrése en el viaje: nave que tome en el Bandcamp, de Wicce Records, seguro lo llevará fuera de esta galaxia).

Para Omar Carapia las OTS son “una manera de buscar puentes, conexiones que nos pudieran llevar a interactuar con otros músicos. Cuando llevas mucho tiempo de tocar con la misma gente, te creas hábitos, vicios, cosas que cuando empiezas a interactuar con otras personas se liberan. Las sesiones son esos puentes que nos llevan a una evolución en común, me gusta acordarme de esa frase de Charles Mingus que decía: ‘Para componer una canción tienes toda la vida, para improvisar, tienes unos segundos’. Entonces, esos segundos son un extracto de vida, algo que no va a volver a pasar”.

B.A.R.D.O.S.S. con David Cortés

“Las OTS comenzaron —abunda Fonseca, productor de B.A.R.D.O.S.S. y las sesiones— cuando grabé H+. Me invitaron a improvisar y hubo una conexión tanto musical como personal muy natural, mágica, fue un vínculo energético muy grande. De ahí se tomó la idea, el objetivo era crear una reunión, el punto de referencia donde se juntara uno a hacer música e imprimiera momentos que son únicos. Han salido cosas increíbles y por ahora ya estamos cerca de las veinte OTS”.

A la fecha, el cuarteto ha grabado cuatro producciones: un par de discos EP (B.A.R.D.O.S.S. y H+), un álbum: The Unholy Path of the Psycho-Mudra Warriors & The Space Dementia y una sesión junto a MUUK. En los EP están decantadas las semillas, una sicodelia por momentos cósmica, pero que evita empantanarse en los solos onanistas y en su lugar se acerca a la simiente plantada por el krautrock (“Motorik Man”, incluida en H+ es un guiño a los alemanes de Neü). Los instrumentos se enzarzan en una “batalla” y generan tensión, estados hipnóticos que luego de machacar persistentemente sacuden el tiempo, lo eliminan y envuelven en una especie de trance al escucha.

Los discos EP se construyeron con composiciones creadas ex profeso. “El homónimo —asienta Omar Carapia— habla de una experiencia extracorporal en DMT; la primera canción se llama ‘The Empty Rocker’ que es esa nave o punto de partida en el que una persona, a partir de estos sicoactivos, puede llegar a un lugar donde descubre muchas cosas, incluso tiene un amor milenario que viene arrastrando y que no puede estar con él (‘Cosmic Lover’), para acabar en ‘Skaling the Met’ que es el final surrealista de este viaje”.

Aunque atractivos, estos EP son de tanteo. En el segundo, ya encontramos atisbos del sonido que la banda busca, la alineación se define y el input de Alberto como productor y guitarrista se hace presente. Sin embargo, es en The Unholy Path of the Psycho-Mudra Warriors & The Space Dementia, su primera obra extensa, en donde todo aflora. Construida como una suite en tres movimientos,  en la primera parte hay un inicio en el cual se da un largo proceso de acomodo. Sobre una alfombra de sonidos, se desplazan poco a poco los diferentes instrumentos, salen a la luz los impulsos rituales, algunas sonoridades orientales, exploraciones ligeras de música del tercer mundo. Cuando la máquina se aceita, las texturas se abandonan para pasar a la edificación de un viaje en el cual hay impulsos de krautrock, sicodelia y experimentación que llega a un primer clímax en la parte media, misma que funciona como una abrazadera y da pie al tercer segmento en donde la exploración prosigue, aunque en ésta será la guitarra el instrumento dominante. Con ella al timón, el tejido se vuelve más áspero, en instantes espacial, pero sin llegar al extravío. Si algo llama la atención en esta placa es que hay un dominio de los elementos y no un debraye.

Éste aparece ocasionalmente en el segundo álbum, una colaboración con el quinteto MUUK titulado Octómano (con un atractivo diseño en su portada de Jacob Ramírez). Aquí se libera un monstruo, un pulpo de ocho manos que sónicamente arrasa con todo. En tres “estudios” de largo alcance, los implicados crean una paredes sonora —cacofónica, caótica—, en la que el aliento de suspenso es constante. A diferencia de The Unholy…, en el cual la tensión es un elemento indispensable, aquí no se percibe eso; en su lugar está un tejido abigarrado en el que las diferentes voces pelean por hacerse escuchar, dialogan en una improvisación que consigue llegar a buen puerto sin perder su tono experimental y nunca deriva en el cliché del jam. Uno se pregunta, después de adentrarse en esos vaivenes sonoros, en los estados casi hipnóticos producidos por ambos álbumes, si para paladearlos sería necesario recurrir a estimulantes.

¿Qué papel juegan las drogas en la música del cuarteto? “Como músico —dice Gerardo Peralta—, dominar tu cuerpo  bajo circunstancias en las que normalmente no estás por tiempos prolongados también tiene validez y se puede llegar a conclusiones a través de eso. No es la única manera con la cual uno toca o compone, porque también  ese es un estigma de quienes se dedican a lo experimental o a la sicodelia”.

Omar Carapia agrega: “En el proceso ritualistíco, la música siempre ha ido acompañada de sustancias, plantas de poder, bebidas que ayudan al chamán a conectarse a un trance. El ritmo, la música, más las sustancias, son herramientas o naves para poder llegar a un estado de éxtasis que nos lleva a la vacuidad y en la vacuidad a esa conexión directa con el universo”. Tercia Alberto: “La cuestión con las drogas tiene que ver con la búsqueda propia. Nuestra música no es una droga, pero es padre que de repente funja como un psicoactivo en la mente de las personas, que les ayude a llegar a estados alterados. A mí me daría mucho gusto que, musicalmente hablando, ayudáramos en la búsqueda de esas personas”.

Carapia abunda: “Una de nuestras grandes influencias es Spacemen 3 y ellos tienen ese disco llamado Taking Drugs to Make Music to Take Drugs to. De repente, cuando empiezas a tocar y te proyectas y entras en ese paradigma de la rock band, no acabas más que haciendo otra cosa que copiar; cuando nos sacudimos esta idea del estrellismo y nos dimos cuenta de que lo que nos gustaba en algún punto era escuchar música para obtener esos trances y al hacer música causarlos, fue entonces cuando también descubrimos una metodología para llevar  nuestro sonido a otro nivel”.

B.A.R.D.O.S.S. no práctica una música de fácil asimilación y ellos lo saben. Gerardo Peralta señala: “Sabemos que  lo nuestro no es muy convencional, que se requiere un poco de estómago o de voluntad, pero una vez que se  rompe ese umbral, seguramente van a encontrar cosas que les van a gustar mucho”.

“Hace más de cinco años, cuando empezábamos con el grupo, la apertura del público era limitada; ahora estamos en una época en la que la gente está más abierta al sonido, empieza a interesarse y eso nos abre esa puerta para poder  mostrarlo, porque en algún punto sí nos cansamos cañón de los malos lugares y carteles, del maltrato. Ahora empieza a haber muchos brotes —siempre los ha habido—, pero aquí lo importante es volverlo colectivo. Como Sun Ra decía: ‘La Orquesta Universal’”, concluye Omar Carapia.