El primer disco de jazz que escuchó fue un acetato en el que tocaban juntos Dizzy Gillespie y Charlie Parker, el legendario Bird and Diz de 1950. Y qué buena forma de iniciarse en el bebop. Esas primeras notas de apertura a la pieza que abre el material hacen mover el pie. Fue así que, a partir de ese momento, Arturo Sandoval (Cuba, 1949) cambió de gustos musicales, buscó tocar aquellos ritmos y sonidos que nunca antes había escuchado.

Aunque él ya era un gran instrumentista. Comenzó a estudiar música a los trece años de edad. Incluso, hasta antes de ese encuentro sonoro con aquel material, Sandoval tocaba lo tradicional cubano: guaguancó, son, rumba, candombe, así como la llamada música clásica.

Arturo Sandoval
Fotografía de PeS-Photo bajo licencia de Creative Commons.

Pero fue aquella primera descarga sonora de jazz lo que detonó algo en todo su cuerpo. Aquellas armonías, arreglos e improvisaciones cultivarían en poco tiempo la pluralidad sonora como fuente constante de su enriquecimiento cultural.

Eran los años 70. A esas alturas del siglo veinte, para los músicos norteamericanos la trompeta de pistones ya se había popularizado dentro del jazz. Sobre todo por las tonalidades redondas y fluidas que se lograban ejecutar con ella. Por lo tanto, durante esa época ya existían grandes trompetistas de jazz que sabían sacarle a su instrumento un sonido de ductibilidad parecido, en breves matices, al del saxofón. Pero, a pesar de ello, las trompetas conservaban la brillantez del sonido de bronce.

Es bien conocido que desde el punto de vista técnico y de dominio, las notas altas o agudas constituyen el absoluto clímax entre los trompetistas de jazz. De manera que este músico no sólo alcanza las alturas de los rascacielos más altos del mundo, sino que además toca cada nota con gran precisión y fraseo musical. Y así se mantendrá bien situado como uno de los mejores.

Aunque, asegura Sandoval, su obsesión siempre ha sido con la calidad del sonido. Durante sus clases magistrales, reconoce que nunca ha practicado notas altas, sino que “a medida que fui practicando, cuando joven, tomando más conciencia de la manera que tenía que practicar, las notas agudas empezaron a salir, las graves también”. Por lo tanto, la práctica constante es indispensable, porque no se puede concentrar el tono en un sólo registro del instrumento, “hay que hacer que el instrumento suene bien, desde abajo hasta arriba y desde arriba hasta abajo”.

Diversos historiadores musicales coinciden en que fue a partir de 1940 cuando se produjo el auge del jazz caribeño. En esos años, en Nueva York, el trompetista cubano Mario Bauzá compuso la pieza “Tanga” (marihuana, en slang cubano). Luego, en 1946, Bauzá incitó a Gillespie a que integrara en su orquesta al percusionista cubano Chano Pozo. Fue así como entre ellos popularizaron la composición “Manteca”. A partir de eso, toda la América hispana y el Caribe comenzaron a insertar fraseos y armonías jazzísticas en su propia música. Así fue como los ritmos afrocubanos se fusionaron con el bebop.

Antes de elegir la trompeta, Sandoval tocó varios instrumentos musicales. Fue hasta 1964 que comenzó a estudiar trompeta clásica en la Escuela Nacional de Artes cubana. Así, a los 16 años de edad, ingresó a la orquesta nacional. Luego de hacer el servicio militar en 1971, cofundó el grupo Irakere, al lado del saxofonista Paquito D’ Rivera y el pianista Chucho Valdez. Esa, sin lugar a dudas, sería una de las agrupaciones de jazz más importantes de Cuba.

Fue así que, a partir de sus presentaciones, comenzaron a obtener gran aceptación y pronto empezaron las giras a otros países. Para 1978, fueron invitados al Festival de Jazz de Newport, Nueva York, y debido a su éxito consiguieron un contrato de grabación para el sello Columbia Records. Pero eso no le bastaba a Sandoval. Así que en 1981 abandonó a Irakere y comenzó a formar su propia banda.

Los trompetistas de jazz se han servido desde hace mucho de la influencia estimulante de los momentos en que tocan la highnote en los tonos más agudos de su instrumento, mucho más agudos que los del registro convencional de la trompeta. También aquí, como todo en la historia de la trompeta de jazz, el principio debe buscarse en Louis Armstrong. Pero fue Charlie Shavers el músico que más influyó en los especialistas de los sonidos agudos en dicho instrumento.

Sandoval combinaría la difícil forma de tocar la highnote con la brillantez del bop de otros grandes como Armstrong, Lee Morgan, Clifford Brown y un largo etcétera. Por todo eso, reconoce que la improvisación no es ningún tipo de fórmula; al contrario, es una forma de expresión que surge al momento de tocar.

Como dice Philp Larkin en su libro All What Jazz, Louis Armstrong aportó un sonido vibrante y personal al jazz “que exigía escucharlo en solitario y no como parte de una banda”. Mientras que Charlie Parker “advirtió que el jazz se limitaba a un compás de 4/4, en el que se alternaban la tónica y la dominante, y lo dividió en mil pedazos, rítmicos y armónicos. Los torrentes de semicorcheas, acentuados por temas en los que doblaba o cuadruplicaba el tempo, abrieron la puerta a nuevas e inimaginables posibilidades armónicas y a un original fraseo que apenas se había oído hasta entonces”.

Con todos esos grandes músicos es difícil imaginar que algún otro pudiera llegar a impactarlos. Pero el talento de Arturo Sandoval sí lo hizo. Esa virtuosa forma de tocar la trompeta fue lo que impresionó al legendario Gillespie. Ese encuentro fue fundamental para la historia del jazz.

Esto comenzó cuando, en 1937, el joven Dizzy llegó de Filadelfia a instalarse en casa de su hermano mayor en Harlem. Cerca de ahí, en el Savoy Ballroom, la meca del jive (baile afroamericano surgido en Estados Unidos en los años 30) y el lindy hop, conoció a Alberto Socarrás, quien lo inició en la música cubana. Ya para 1977 era sabido que Gillespie hacía frecuentes actuaciones improvisadas por el Caribe, junto al saxofonista Stan Getz. De manera que se tenían que conocer en cualquier momento.

Así que Gillespie ya tenía nociones de la polirritmia que surgen del bongó y los timbales. Fue por ello que Dizzy mostró interés por los ritmos afrocubanos. Tocaba con los músicos de la orquesta cubana de Machito y en 1947 incluyó al baterista cubano Chano Pozo en su gran banda, con lo que introdujo en el jazz moderno una gran cantidad de figuras y ritmos de percusión.

Con todo ese ajetreo del ambiente de jazz, las grandes dosis de alcohol y drogas vinculadas a la vida nocturna, en donde sus nombres estaban escritos en luces de neón, envueltos por la bruma de la ley seca y de sesiones musicales que duraban toda la noche, Arturo Sandoval está del lado contrario del concepto tradicional del jazzmen, él no consume nada de eso. Así mantiene un salvajismo musical fresco, renovado.

Incluso, no le gusta que a ese estilo le llamen latin jazz o jazz latino. Está en contra de esos términos. De manera que Sandoval quiere que se le reconozca como afro cuban jazz, porque en todos los momentos de su historia, la isla de Cuba ha creado un folklore sonoro de sorprendente vitalidad, recibiendo, mezclando y transformando aportaciones diversas que continuarán originando géneros muy característicos.