La música japonesa emparentada con la cultura del rock ya no es exótica ni una novedad total. Quizá lo fue cuando el mundo occidental comenzó a escuchar el pop y el techno creado allá en los años setenta (como ejemplo está la Yellow Magic Orchestra de Ryuichi Sakamoto). En los ochenta, con la new wave, el indie y el noise, los nombres de Plastics, Shonen Knife o Boredoms se hicieron comunes (incluso John Zorn se inspiró en estos últimos para fundar sus Painkiller). En los noventa, la presencia internacional de los representantes del clubpop se hizo obligada en cualquier festival que se preciara, lo mismo que en los ambientes del acid jazz y el triphop (Pizzicato Five, Cibo Matto, DJ Krush, United Future Organization, et al). Eran los representantes de la cara luminosa en la tierra del Sol Naciente y de su principal metrópoli, Tokio, en particular.

Fotografía: Anders Jensen-Urstad, bajo licencia de Creative Commons.

Sin embargo, el underground y la vanguardia también bulleron desde los primeros años con Merzbow y Toshinoro Kondo. Luego vinieron Asahito Nanjo (Musica Transonic, High Rise, Toho Sara, Acid Mother Temple and The Melting Paraiso UFO), Ghost, White Heaven, Magical Power Mako, entre los muchos artistas que ha brindado dicha ciudad. Porque la capital nipona, con su multitud de barrios, cities, distritos e islas, no ha producido una sola escena musical sino muchas y con un potencial enorme.

El avant-garde surgido de tal geografía (con énfasis en el jazz core, el progresivo y el noise) es sombrío, sólido y coherente y representa el lado más oscuro y oculto de la sociedad japonesa. Una cosa une a todos los reunidos bajo este rubro: la superioridad técnica (incluso les ha permitido rebasar en muchos casos a sus colegas occidentales).

El hecho de que Tokio (como Osaka) también sea la sede de la Roland Corporation, creadora de instrumentos electrónicos y teclados hi-tech (D-50, MT-32, U-110, 303, 808, 909, etcétera), se traduce en el carácter tecnológico moderno de su música. Por algo los japoneses vanguardistas del siglo XXI prefieren el término new rock al de post-rock que se utiliza en Europa y zonas circunvecinas para definir el estilo en el que se fundamentan.

Una de las muestras más conspicuas de esta escena y que ha copado los últimos cuatro lustros por su calidad compositiva y connotada interpretación instrumental es el cuarteto llamado Mono, grupo fundado en 1999 por Takaakira Goto (guitarra), Yoda (guitarra), Tamaki Kunishi (bajo, guitarra, piano y glockenspiel) y Yasunori Takada (percusión, glockenspiel y sintetizador).

En un principio y tras la aparición de sus primeros discos (Hey, You —el EP debut del 2000—, Under the Pipal Tree, del 2001 y One Step More and You Die, 2002) la prensa especializada los anotó como pertenecientes al post-rock. No obstante, al pasar el tiempo Takaakira Goto, líder y compositor, dijo no estar de acuerdo con tal designio. “El término post-rock no define lo que hacemos, porque se ciñe a ciertas estructuras que nosotros ya rebasamos. La música debe trascender los géneros para significar algo, es lo que comunica lo incomunicable”.

Efectivamente, estos nipones y su música instrumental han evolucionado con el paso de los años y de los álbumes. Cada uno de ellos, desde los New York Soundtracks (un disco de remixes del 2004 en el que se involucraron con el vanguardismo experimental de la Urbe de Hierro, destacando su colaboración con John Zorn, quien no ha quitado el dedo del renglón japonés)hasta el reciente Nowhere Now Here (2019), los muestra como un concepto sonoro cuidadosamente cultivado en el que el artificio del noise alcanza la levedad y se transforma en sensaciones e imágenes mentales.

Regularmente, su plataforma de trabajo es un poema, escrito por el propio Goto o por la colaboradora externa Heeya So (con quien han trabajado para la realización de videos, abstracciones cinemáticas y películas experimentales). Sobre esa base tejen los sonidos que producen las palabras hasta liberarlas del lenguaje, de la forma, y dejan que los sentidos se conecten con el trasfondo poético.

Si el arte, como escribió da Vinci, “es una cosa mental”, el de este grupo surgido de Tokio es altamente intelectual. Pero lo que escuchamos en sus álbumes más recientes es como un iceberg, el pico que asoma a la superficie de un grueso cuerpo que queda sumergido en su andadura, por más inmediata que sea.

Fotografía: © JD (de.wikipedia.org), bajo licencia de Creative Commons.

Lo más recomendable es conocer esa montaña de belleza helada que es su discografía, porque para disfrutar plenamente de aquello que se les escucha actualmente es necesario conocer el resto de la obra que ha quedado oculta por el paso del tiempo que en esta época digital es más rápido que nunca. Es decir, se deben conocer las ideas sobre las que se ha ido fundamentando el concepto del cuarteto paso a paso: Walking Cloud and Deep Red Sky, Flag Fluttered and the Sun Shined (2004), Mono/Pelican (2005), You Are There, Palmless Prayer – Mass Murder Refrain (ambos del 2006), Gone (2007), Hymn to the Immortal Wind (2009), Rays of Darkness (2014), The Last Dawn (2014), Trascendental (2015) y Requiem for Hell (2016), además de los diversos EP’s y del muy recomendable DVD The Sky Remains the Same As Ever (del 2007, dirigido por Teppei Shikida), en el que aparece su forma de trabajo y su puesta en escena.

En buena medida, esas ideas se han ido plasmando como una especie de rompecabezas, en el que cada pieza abre la posibilidad de una nueva visión (o escucha). Es la arquitectura de tales ideas, tratadas como línea de influencia (Beethoven, Ennio Morricone, Led Zeppelin, My Bloody Valentine, Sonic Youth), color (mate), geometría sónica, ruido y ritmo, lo que podemos escuchar desarrollado en cada una de las piezas que integran sus álbumes. Son volúmenes tan intuitivos como imaginativos, pero con gran sentido de la composición y la construcción de la melancolía, tan desnuda de patetismo que brinda su cauce como un lugar de encuentro.