Monte sagrado es el primer disco en estudio de Draco Rosa, con nuevo material, después de nueve años de mutismo y recuperación. Sin embargo, no es el álbum de regreso que los aficionados esperaban y eso era algo que ya se podía esperar.

Después de librarse de dos terribles batallas contra el cáncer, el artista retornó a su estudio Phantom VOX, en su granja en las montañas de Utuado, en Los Ángeles, para grabar nuevas canciones que había escrito durante su proceso de sanación.

Monte sagrado iba a ser un álbum de “canciones bonitas”. Así lo acordaron Sony Music y el propio Draco Rosa. Lo que pasó cuando entró al estudio, no obstante, cambió esa expectativa. Durante algunos meses antes de estas sesiones, los doctores habían estado aminorando los medicamentos de Rosa; su cuerpo y su mente habían entrado ya en un estado renovado de bienestar. Esta colección de canciones de rock & roll, escandalosas y sediciosas, son el resultado final de todo ese proceso: el de la vida sobre la muerte. Había que patear a esa cabrona en el culo antes de cantarle lisonjas al amor.

El set ruge a la vida al iniciar el primer sencillo, “333”, con sus guitarras y bajos dentados de manera filosa, distorsionados, resintonizados en medio de baterías sordas de puro hard rock. Las letras se gritan en este disco, más que ser cantadas, dentro de un aquelarre de ruido estrepitoso y el artista no suena “feliz”, sino desenfrenado e inmoral, aun que esto es un tanto engañoso también, nos sigue faltando suciedad. “333” es el colérico sonido de la libertad, de ser desencadenado de la enfermedad.

Rosa ejecuta guitarras eléctricas, batería, teclados y maneja programación y producción, todo con una pequeña banda de núcleo que incluye nada más y nada menos que a Doug Pettibone (Marianne Faithfull, Norah Jones, Joan Baez) en la guitarra. “333” es seguida por el puntal y estridente post-punk de “Que se joda el dolor”, con su retroalimentación chillando desde el inicio, un agudo coro de apoyo y el grito de Draco, irritado, en su difícil proceso de redención. Hay un verdadero drama en “Dentro de ti”, su componente vocal, pulsante y declarativo bass-line (demasiado arrogante) nos recuerda a “London Calling” en ese choque y fractura de la guitarra que aúlla y que no es disímil a la de The Clash (en su tono más agresivo).

Pero hay que admitirlo: aún así existe verdadera alegría en estas canciones. Basta escuchar “Yo mismo”, la cual flota en un espacio y un tiempo de sintes entrecruzados con guitarras vagas y la armonía acodada en las voces. “2nite 2nite” puede servir como un himno del Partido Apocalíptico Desarticulado (si algo así existiera), con una transmisión de convocatoria y contradicción y una mezcla de rock duro en tu cara: “En esta noche la sangre sube y mi sombra baila detrás de mí / Arena negra, hogueras en la playa entre las llamas, sé que estas ahí /  Ángeles y demonios saltan por el agua y las olas queman mis pies /  Camino despacito por el malecón silbando tu recuerdo a los cuatros vientos…”.

“Tu lado oscuro” se intersecta en las esquinas sucias del punk rock y el blues con hard rock, mientras que “The Thing I Done” es perezosa y abrumadora, es el reggae y su humo espeso junto a toda su modorra.

“En las horas mas tristes” es un trance de dialogo que entrelaza inherentemente el drama y la gratitud, todo en una estadía de ocho minutos. Este track representa a todo lo que hay del otro lado del noise.

Monte sagrado es radical a su manera, un espíritu afín al Vagabundo de 1994. Draco Rosa está en la cúspide de sus poderes creativos, liberado de los grilletes de la enfermedad, la duda y el horror para abrazar cuerpo y mente en recuperación con lo sagrado. La agresividad está garantizada, la energía cruda también, como una bendición: la oscuridad es una puerta de entrada a la alegría.

Al igual que el viaje de Draco Rosa, el disco no es sino un éxodo iniciático y transformador. Rosa se redimió de la enfermedad para hacer mejor música. Ahora le queda librarse de la fama, la fortuna y la pedantería.