Ahora los Beatles sólo son un espectro. Un fantasma mediático. ¡Quién lo iba a creer! Y así seguirán, ruleando y partiendo el queso cuando mi ahora ruca generación abandone esta vida. Los Beatles son un mito inmenso. Ha sido asombroso vivir el arranque del fenómeno.

Se sentía, es verdad, lo que vendría, sí. Desde Meet The Beatles. Pero, aun así, nadie lo imaginaba de estas proporciones. Hoy son una de las imágenes más conocidas en el mundo entero, una figura de la globalización, sólo comparables con Chaplin, Gardel y Marilyn Monroe. Todos los caminos del espectáculo llevan a los Cuatro Fabs de Liverpool.

Ya en su hora de gloria, fueron más una imagen del espectáculo que un fenómeno en vivo. Son una obra de arte de la reproductibilidad técnica, pues lo mejor de su gloria y fama lo deben a las grabaciones y reproducciones, una acción en la que juega un papel decisivo el ingenio de George Martin.

Pero esta vez los quiero recordar por su imagen cinematográfica. Las tres películas donde aparecen actuando más o menos como Beatles, de un modo que ningún otro personaje de la música popular lo hizo. Pues de tal forma se convirtieron también en unos personajes o estrellas del cine y precisamente por ser los Beatles. Algo que no ocurrió, por ejemplo, con Frank Sinatra ni con Elvis Presley. En A Hard Days Night, Help y Let It Be, los cuatro Beatles son ellos mismos en la realidad actuante y en la ficción actuada, nunca fingen ser otra persona. Ellos actúan como John, Paul, George y Ringo, igual de traje negro y como empleados de Brian Epstein, en la primera, que como ellos en el inicio del vuelo psicodélico, en la segunda, para aparecer convertidos en las ratas ricardas en que se transformaron desde su imperio de La Manzana, con el concierto en la azotea para sus empleados y empleadas, en Let It Be, un documental que muestra otra vez que la verdad es mentira y que la realidad es ficción. Y más con los Beatles.

Richard Lester, director de las dos primeras películas, supo producir un montaje capaz de comunicar el efecto Beatles como objeto pop de amplia reproducción técnica. No en balde, el final de la primera película es una lluvia de fotos de ellos con las firmas pirateadas por el supuesto abuelo (“¡ay, tan limpio!”) de Paul. Y con Help los confirmó como un grupo de cómicos a la altura de los Hermanos Marx, pero con personalidades de tiempos de Andy Warhol y María Sabina.

Con Let It Be, todo mundo ha vivido el gran concierto de los Beatles como espectro en la azotea de su negocio La Manzana. Un documento que los manifiesta como artistas conflictuados por sus limitaciones y desencuentros, lo mismo que como objeto mercantil simple que debe autoproducirse. No hay otra película de rock tan clara y directa, tan sin el maquillaje que da el departamento de imagen y diseño. Los Beatles, como lo puro y auténtico que no puede ir más allá sin enajenarse en las trampas e ilusiones del capital corporativo del espectáculo contemporáneo.