La sola e impresionante vista de los músicos del grupo Terakaft en la portada de su disco Akh Issudar, de 2008, invita de inmediato a preguntarse por la misteriosa historia que se oculta tras esos hombres y esos ropajes. La hay y es tan extensa como la vida de los tuareg, los habitantes primigenios del Sahara, y tan dramática como su posible extinción.

La imagen es un shock cultural para empezar, ya que volatiliza cualquier tópico actual: musulmanes africanos tocados con el tradicional velo azul que cubre la cabeza, frente y boca —prenda distintiva del hombre tuareg—, pero las correas que les cuelgan de los hombros están ataviadas con guitarras eléctricas en lugar de fusiles Kaláshnikov (como la visible Fender Stratocaster de su líder, Liya Ag Ablil).

La etnia a la que pertenecen tiene por lo menos mil años de existencia. Originalmente se llamaban kel adagh y eran bereberes que emigraron al Sahara durante la conquista árabe. Cambiaron la cultura agrícola por el nomadismo impuesto. No tardaron en hacerse dueños y señores del desierto más grande del mundo, al controlar las rutas de las caravanas comerciales que conectaban el Atlántico con el Mediterráneo.

Con el lento paso del tiempo, se fueron haciendo de una cultura propia, mezcla de distintos pueblos y tradiciones, pero fuertemente interiorizada. A finales del siglo XIX, el colonialismo francés entró en su escena y ellos se rebelaron contra aquella autoridad que les acotaba su libertad al trazar fronteras en las dunas del desierto y centralizar un poder que ellos no reconocían. Pero la lucha fue inútil. Los franceses se instalaron en la zona a principios del siglo XX y trajeron con ellos nuevos medios de transporte que dejaron inservibles a las caravanas de camellos y significaron la pobreza para los tuareg.

Este proceso se agudizó con la descolonización y los procesos de independencia de finales de los años cincuenta. El territorio de estas tribus y su gente fueron parcelados entre los distintos países de nueva creación: Malí, Níger, Argelia, Libia, Mauritania y Chad. Las nuevas fronteras supusieron el colapso final de sus ancestrales formas de vida. Con la independencia de Malí en 1962, los tuareg pasaron a habitar el rincón nororiental de dicho país, dominados por extraños gobiernos.

Su primera revuelta contra ellos no se hizo esperar (1963) y aunque fue brutalmente suprimida, dejó una estela revolucionaria y un caldo de cultivo para las nuevas generaciones. Una década después, hubo otra rebelión y otra masacre que obligó a miles de tuareg a esconderse y buscar suerte en los países vecinos. A estos refugiados se les conoció entonces como ishumar (desocupados).

El núcleo central de Terakaft (el ya mencionado Liya Ag Ablil, sus sobrinos Sanou y Abdallah —guitarrista y bajista, respectivamente— y el percusionista Mathias) se conformó de ese modo, mientras vagabundeaban ilegalmente por el desierto y en las ciudades de Argelia, donde improvisaban guitarras con botes y cajas. En los ochenta, Muammar al-Gaddafi, mandatario libio, llamó a los rebeldes tuareg para que acudieran a los campos de entrenamiento que Libia ponía a su disposición para la lucha de guerrillas. Los futuros músicos fueron parte de esos reclutados. Paradójicamente, en estos campos tuvieron por primera vez acceso a la música de Jimi Hendrix y Bob Marley, al blues y a instrumentos occidentales, guitarras y bajos eléctricos que desde entonces constituirían nuevos elementos en la música tradicional de todo su pueblo. Con ello, las nuevas generaciones tuareg creaban su propia música contestataria.

La posibilidad de grabar sus cantos en los campos libios convirtió a los diversos grupos musicales en el único medio de comunicación en un mundo arenoso, sin periódicos, radio o televisión. Sus cassettes pasaron de mano en mano, se copiaron, se compartieron en las renegadas caravanas de camellos y su música viajó por todo rincón del Sahara y fue prohibida en Malí, Argelia y Níger.

En los siguientes años, Terakaft y demás formaciones se convirtieron en la voz de las víctimas de un conflicto silenciado por diversos intereses: los gobiernos africanos, Europa, la ONU e incluso Gaddafi, más preocupado por las explotaciones de uranio del Sáhara que de la suerte de la revolución tuareg. Fueron la conciencia de un pueblo convertida en música y poesía bereber. El movimiento ishumar, marginado y carente de todo, fue abandonado a su suerte en un conflicto que en los primeros años noventa del siglo anterior alcanzó niveles de exterminio tales que se llegó a hablar de genocidio.

En dicha década hubo un golpe de estado en Malí que puso fin a años de dictadura. Se nombró un Consejo Nacional de Reconciliación y se llamó a los tuareg a participar en el nuevo gobierno. Las guerrillas quemaron sus armas y desde entonces una precaria paz reina en la tierra de los hombres del velo azul. Terakaft abandonó las armas, pero continúa con su movilización para hablar, en los festivales internacionales de música y en los discos, de la paupérrima vida tuareg. Ahí se encuentran la música tradicional y la historia de su pueblo, interpretadas con guitarras eléctricas, mezcladas con las arenas del desierto y, sobre todo, con el blues (al estilo Ali Farka Touré) de una etnia que presiente su desaparición.