Space Oddity

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1969
Iniciar una discografía con una composición de los tamaños de “Space Oddity” no es cuestión cualquiera y no puede augurar más que grandes cosas por venir. Space Oddity fue originalmente grabado en 1967 como David Bowie y relanzado en 1969 como Man of Words/Man of Music. Se trata de un trabajo impecable, un álbum impresionante que combina la psicodelia con el folk inglés, como si The Soft Machine y Donovan encontraran puntos de contacto. Gran variedad estilística y composiciones tan sólidas, además de la ya mencionada “Space Oddity” (la cual fue utilizada por la BBC como tema de sus transmisiones de la llegada del hombre a la luna en aquel 1969), como la extrañamente proto bluesera y fascinante “Unwashed and Somewhat Slightly Dazed”, la delicada y armónicamente crosbystillsandnashiana “Letter to Hermione”, la viajada “Cygnet Committee”, la irónica “Janine”, la muy a la Traffic “An Occasional Dream”, la bellísima “Wild Eyed Boy from Freecloud” y la estupenda y curiosa “Memory of a Free Festival” a la cual mucho le debe el Moby de Play.

 

The Man Who Sold the World

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1970
Más sólido y conciso pero también más oscuro, denso y ominoso que su predecesor, The Man Who Sold the World es el primer disco de Bowie en el que participó plenamente el hoy legendario guitarrista Mick Ronson. También es la primera colaboración entre el músico y quien sería su productor de cabecera durante varios años (por no decir el resto de su carrera), Tony Visconti. Se trata de un giro total con respecto a Space Oddity. Lo que en éste era luminosidad y cierto encanto sesentero que mucho debía a que la mayor parte de sus canciones fueron compuestas en pleno 1967, en el segundo opus se había transformado en una visión mucho más ácida, pesimista, sardónica. Con un tono pesado y un sonido protometalero, este Hombre que vendió al Mundo refleja a un David Bowie más cínico y descreído. En ese sentido, las instrumentaciones, la producción en sí y las letras de los temas reflejan la intención desencantada del disco. La voz de Bowie más de una vez suena distorsionada, alejada, deliberadamente afectada. The Man Who Sold the World es también un álbum pionero del glam rock (junto con los de T. Rex) y al respecto, cortes como “All the Madmen”. “After All”, “Saviour Machine” y la escalofriante “She Shook me Cold” no dejan lugar a dudas. Sin embargo, son dos los temas estelares: la inicial “The Width of a Circle” (prácticamente una suite de poco más de ocho minutos) y la extraordinaria canción que da título al disco y que Nirvana se encargaría de revivir veintitantos años después.

 

Hunky Dory

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1971
Nuevo giro estilístico. Después de las densas atmósferas de The Man Who Sold the World, Bowie retornó a los terrenos en los cuales había incursionado en Space Oddity, es decir, aquellos de las canciones más sencillas, con mayor sentido armónico y melódico. Hunky Dory es una obra más apegada al pop, sin que ello signifique un sentido negativo. Por el contrario, se trata de una magnífica colección de temas sólo en apariencia sencillos. Si en su segundo disco había caído en ciertas tentaciones metaleras, quizá debido a la presencia de Mick Ronson, esta vez la guitarra del peculiar instrumentista pasó a un plano más discreto y son los teclados de Rick Wakeman los que van marcando la pauta a lo largo de los once cortes del álbum. Hay aquí composiciones soberbias, empezando por la contagiosa “Changes” y siguiendo con pequeñas joyas como “Oh! You Pretty Things”, “Song for Bob Dylan”, “Kooks”, “Quicksand” (lejanamente neilyoungiana), “Queen Bitch” (claro homenaje a Lou Reed y The Velvet Underground) y la maravillosa “Life On Mars”. Un trabajo lleno de frescura e inventiva, de variedad y colorido, Honky Dory es quizás el primer gran disco de David Bowie.

 

The Rise & Fall of Ziggy Stardust and the Spiders From Mars

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1972
El disco por antonomasia de David Bowie, su obra mayor. ¿O es que se le ha sobrevalorado durante treinta y dos años? Si en The Man Who Sold the World hubo intentos de hacer uin disco conceptual, con The Rise & Fall of Ziggy Stardust and the Spiders From Mars esos intentos se cristalizaron de manera genial y prácticamente perfecta. La historia de una estrella de rock andrógina y de origen extraterrestre es el pretexto para llevarnos a lo largo de un viaje por las obsesiones, las fobias, las visiones y la posición crítica de Bowie acerca del mundo real extrapolado a la fantasía. Así, los diversos temas van narrando una historia pero también una falacia: la del ambiente del rock a principios de los setenta, un rock que comenzaba a padecer de gigantismo e hipertrofia. Y si las letras son duras y ácidas, la música las viste de una exacta envoltura instrumental, cosa que resalta en todos y cada uno de los once temas que componen el álbum. Con un Mick Ronson en plenitud de forma y un Bowie inspirado y apasionado-apasionante, cortes como “Five Years”, “Lady Stardust”, “Rock ‘n’ Roll Suicide”, “Moonage Dream”, “Soul Love”, “Suffragette City” o “Ziggy Stardust” mueven, remueven y conmueven al escucha con una fuerza que lejos de disminuir se hace más fuerte con el paso del tiempo. Un disco futurista que aún tiene un enorme y largo futuro. ¿Un disco pretensioso? Sí, pero que supera sus pretensiones. ¿Un disco sobrevalorado? No lo sé, pero definitivamente vale su peso en arte.

 

Aladdin Sane

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1973
Aladdin Sane tuvo la mala fortuna de ser el disco que siguió a Ziggy Stardust. La sombra de la obra monumental y el que muchos lo hayan considerado como un sucedáneo de ésta hizo que viera disminuidas sus posibilidades de ser un clásico. Sin embargo, se trata de un gran disco, un trabajo gozosamente rocanrolero, con temas espléndidos y una libertad y un disfrute por tocar que se nota en cada interpretación. Gracias al piano cuasi jazzero de Mick Garson, los arreglos adquieren un toque elegante y en ciertos momentos incluso naïve. Bowie se siente a plenitud lo mismo en las canciones más rítmicas –como la rollingstoniana “Watch That Man”, su versión a “Let’s Spend the Night Together” (precisamente de los Rolling Stones) y la deliciosa y yardbirdiana “The Jean Genie”– que en las de beat más acompasado –notoriamente la fascinante “Aladdin Sane” (con ese piano, con esa guitarra, con esa voz etérea) y la divina y decadente “Time”. Pero hay otras igualmente atrapantes, como el hermoso doo wop “Drive-In Saturday”, la festiva “The Prettiest Star”, la multiclimática “Panic in Detroit” o la hipnóticamente glam “Cracked Actor”. ¿Qué no es un disco cohesivo? ¿Qué se trata de una mera colección de canciones? Bueno, tal vez sí. ¿Y qué importa?

 

Diamond Dogs

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1974
Ziggy Stardust sin The Spiders from Mars. ¿Una mala combinación? No necesariamente. Cuando menos no se notó en este primer disco sin Mick Ronson et al. Diamond Dogs es como la continuación musical de Aladdin Sane y el proseguir conceptual de Ziggy Stardust. Basado en las visiones premonitorias de George Orwell en su novela 1984, este álbum contiene letras pesadillezcas y un espíritu teatral en medio de melodías estupendas y composiciones impecables. Desde la inicial “Diamond Dogs” (luego de la escalofriante introducción llamada “Future Legend” con su grito-proclama: “¡Esto no es rock and roll, esto es genocidio!”), con su stoniana guitarra ejecutada impecablemente por el propio Bowie, hasta la enorme y contagiante “Rebel Rebel”, pasando por las bellísimas “Sweet Thing” y “Rock ‘n’ Roll with Me”, la sorprendente “Candidate” (una joya injustamente poco conocida), las directamente orwellianas “Big Brother”, “We Are the Dead” y “1984” (extraordinariamente operístico-soulera) y la concluyente y bizarra “Chant of the Ever Circling Skeletal Family”, los temas de Diamond Dogs poseen una riqueza que merece ser reconsiderada.

 

Young Americans

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1975
Un disco “menor” francamente delicioso. La incursión de David Bowie en el soul negro norteamericano –tanto el de la Stax como el de la Motown, pero sobre todo el de Filadelfia– fue bastante criticada en su momento, pero Young Americans posee un encanto muy particular. Aunque algunos cortes de Diamond Dogs (muy especialmente “1984”) anunciaban el gusto del músico por la música soul, nadie esperaba que Bowie se clavara en ella de manera tan clara y contundente como en este disco. No se trata, como muchos críticos han dicho injustamente, del falso soul-de-ojos-azules a la Michael Bolton; más bien hay aquí un sentimiento muy británico, muy bowieiano, que se entremezcla con el mood de la Norteamérica negra de los sesenta y los setenta. Los arreglos, los coros femeninos, la participación de Luther Vandross, el feelin’ de rhythm and blues, las incursiones fonquis, todo se conjuga para hacer de temas como “Young Americans”, “Win” (preciosa), “Fascination”, “Right”, “Can You Here Me” y “Somebody Up There Likes Me” un gozo completo. Mención aparte merece la participación de John Lennon en dos temas del disco: el cover de “Across the Universe” y ese fastuoso homenaje a James Brown que es “Fame”, escrito por Lennon y Bowie y en los cuales el ex beatle toca la guitarra y realiza coros.

 

Station to Station

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1976
Un disco puente, un disco transicional entre el soul suave de Young Americans y la dureza casi techno de la etapa berlinesa por venir. Station to Station encuentra a un David Bowie existencialmente enganchado por la cocaína y la paranoia y ello se transmite en la forma de componer y sobre todo de interpretar los escasos seis cortes que conforman el álbum. “Elegante y robótico”, así define este trabajo el crítico Stephen Thomas Erlewine y no le falta razón. Aparentemente helado y hasta cínico e indolente, el Bowie de este Estación a estación es, sí, tan frío y calculador como puede serlo una puta en una calle londinense, pero al mismo tiempo demuestra que esa frialdad y ese aparente cálculo no son sino fruto de la soledad y la inseguridad que da una vida vaciada por la droga y la promiscuidad. De ese modo, canciones como la larga (más de diez minutos) e intensa “Station to Station” (título referido a las estaciones del calvario de Cristo), la fonqui “Golden Years” (la cual bien pudo estar en Young Americans), la casi himnóticamente religiosa “Word on a Wing”, la divertida y sarcástica “TVC 15”, la escalofriante “Stay” y esa maravilla que hiciera célebre la gran Nina Simone, “Wild is the Wind”, resumen melodramáticamente la situación emocional del Bowie de mediados de los setenta. Un disco artística y vanguardistamente impactante.

 

Low

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1977
El encuentro entre Brian Eno y David Bowie en el gris Berlín de la Alemania dividida trajo como consecuencia una tercia de discos tan impresionantes como tecnologizados. La primera señal de un nuevo cambio radical en la carrera de Bowie es que el tema inicial, “Speed of Life”, sea por completo instrumental, en un estilo cercano al ambient. En estricto rigor, Low es un disco que puede acreditarse tanto a Bowie como a Eno, ya que se encuentra claramente dividido en mitades: la una conformada por canciones extrañas y provocativas, altamente experimentales (con excepción quizá de “Sound and Vision” y “Be My Wife”, relativamente más convencionales), y la otra con piezas instrumentales de amplios ecos y densas atmósferas con el claro sello composicional de Eno. Sin embargo, en ambas partes se nota la interacción de los dos genios, cuyos talentos combinan de manera exacta, embonando en forma tal que no dejan hendidura alguna al descubierto. En su momento, Low significó un shock para los seguidores de Bowie, por muy vanguardistas que se consideraran a sí mismos. Su ídolo había dado un paso tan adelantado que los dejó atrás y tendrían que realizar un esfuerzo sobrehumano para más o menos alcanzarlo y entenderlo. Obra que aprovecha todas las posibilidades técnicas de un estudio de grabación sintetizado, Low es electrónica avant garde (o avant pop, como dijera alguien). Un álbum que aún hoy día desconcierta y fascina. Si no, pregúntenle a Philip Glass.

 

Heroes

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1977
Heroes es como la segunda parte de Low. O más bien ambos discos constituyen un todo, hasta en su estructura mitad canción/mitad piezas instrumentales. De nueva cuenta, la mancuerna Bowie-Eno funciona a la perfección, sólo que esta vez con un añadido: la guitarra de Robert Fripp. La participación del líder de King Crimson otorga a la música una dimensión distinta y una serie de texturas armónicas que la enriquecen con su estilo netamente vanguardista. Esto se nota desde el primer corte, el potentísimo “The Beauty and the Beast”, en el cual Fripp efectúa complicadas figuras guitarrísticas. Con una producción más diáfana que la de Low, Heroes es relativamente más accesible. No en vano, el tema homónimo se convirtió en uno de los grandes hitos de popularidad en la historia musical de Bowie. Pero hay otras composiciones igual de notables, como la excelente “Joe the Lion” que prefigura lo que sería el álbum Scary Monsters (en el que también participaría Fripp), la emotivamente rocanrolera “Blackout” o ese abierto homenaje a Kraftwerk que es “V-2 Schneider”. Respecto a la parte instrumental, se trata de un tour de force de Bowie y Eno, conformado por una especie de suite ambiental que incluye los cortes “Sense of Doubt”, “Moss Garden” y “Neuköln”. Heroes culmina con la extrañamente atrayente y sensual “The Secret Life of Arabia”, con Carlos Alomar en la guitarra.

 

Lodger

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1979
Comparado con sus contrapartes de la triada berlinesca, Lodger queda como un disco más bien discreto y convencional, con algunas muy buenas composiciones y otras que podrían pasar desapercibidas. Aquí ya no hay temas instrumentales, aunque Brian Eno siguió trabajando al lado de Bowie. Colección de canciones con un muy ligero dejo avant gard, Lodger tiene sus mejores momentos en cortes como “Fantastic Voyage”, “African Night Fly”, “Yassassin (Turkish for: Long Live)”, “Red Money” y, sobre todo, los cortes sexto, séptimo y octavo: “D.J.”, “Look Back in Anger” (nada que ver con Oasis) y “Boys Keep Swinging”. Un buen disco, pero al fin y al cabo un capítulo menor dentro de la obra discográfica de Bowie.

 

 

 

Un comentario en “David Bowie
Discografía básica comentada (I)