1) Keith Jarret es un grande de la improvisación. He escuchado un par de discos suyos y la ejecución es notable.

2) Yo no tengo obra de él, pero lo he oído en la casa de algún conocido. Los comentarios sobrevienen enseguida. La gente siempre emplea la palabra genio para salir del aprieto; es decir, se trata de un término que se adapta a cualquier ignorancia. Así las cosas, cuando se dice por enésima vez el epíteto genio, prefiero abandonar aquella casa e irme reflexionando en el camino.

3) Al parecer, lo que lleva a esa conclusión del talento de Jarret es su capacidad de improvisar y eso es lo que mueve mis cavilaciones. Pues la improvisación no es algo nuevo.

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4) Más bien es harto antigua. Tan lejana como la historia de la música. Aunque ha tenido etapas de señalado florecimiento. Por ejemplo, durante el periodo de la música barroca.

5) Ningún intérprete era tomado en serio si no improvisaba. Corelli, Vitali, Vivaldi, Tartini, improvisaban todas las mañanas cual ejercicio matutino, y, al momento de ofrecer un concierto, se daban el lujo de improvisar en su violín para demostrar de lo que eran capaces.

6) El auditorio —fuera de 50 o de 200 personas, lo mismo en el interior de un palacio que de un templo— se embebía cuando escuchaba a aquel artista. Porque resultaba de prodigio y maravilla deleitarse al mirarlo desafiar las posibilidades de su instrumento, como si se tratara de domar a aquel animal indomesticable.

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7)  Llegaba un momento en que el solista daba por concluida su faena. Entonces tocaba el concierto programado. Cuando menos, la improvisación le había servido de calentamiento.

8) Pero acaso los más diestros artistas de la improvisación hayan sido los maestros del teclado: Bach, Haendel y Telemann. No existen palabras tan sensatas como precisas para definir aquellas jornadas musicales. El público acudía desde lejanos puntos, de un país a otro, se apretujaba desde la entrada, atiborraba hasta el último espacio, con tal de no perderse un instante de aquella improvisación musical. Es de imaginarse cuando Bach ponía las manos en aquel teclado —digamos órgano, digamos clavecín. Entonces la emoción sobrecogía a propios y extraños. Lo extraordinario es que cada quien sabía que se encontraba ante un acontecimiento histórico. Irrepetible.

9) Por si la hazaña no fuera suficiente, por si alguien pensaba que había trampa y que el músico no estaba improvisando sino memorizando, el monarca en turno extraía de su cabeza un tema para que a partir de él aquellos genios improvisaran. Decía hágase la música y los ejecutantes tocaban y tocaban. Sin detenerse. Sin conocer tregua.

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10) Se cuenta que en un concierto, Beethoven, sentado al piano, se encontraba tocando un trío de su autoría para piano, violín y violonchelo. Que todo mundo estaba perfectamente concentrado en la música —y aquí todo mundo significa músicos y público—, cuando se llegó a un punto de silencio e introspección. Que entonces Beethoven empezó a improvisar. De un minuto pasó a dos, de dos a cinco, de cinco a diez, de diez a veinte, veinticinco. Algunos de los presentes se sintieron felices, y otros, los menos, francamente incómodos, hasta que el violinista tocó con su arco el hombro del compositor y le dijo: “Disculpe, maestro, estamos esperando”. A lo que Beethoven respondió: “Perdón, fui al cielo pero ya regresé”.

11) La improvisación habría de ser materia prima del intérprete. Que se suelte el pelo y se escuche. Porque la improvisación es el lenguaje del corazón. Cuando el ejecutante improvisa pone en tela de juicio todo lo que ha aprendido. Porque su propia voz se manifiesta sin dilación. Cual si fuera un niño al instrumento.

 

 

Un comentario en “Sobre el arte de la improvisación musical

  1. Genial, aunque al autor no le guste.
    o… cómo le llamaría él a Keith Jarret , o a Chick Corea, a Paganini?? Buenazos??? Grands de la improvisación?