Fue el maestro Miguel García Mora, excelso pianista y gran personalidad cultural, quien me hizo notar que la música es la más sagrada de las artes porque tiene el nombre mismo de la diosa, Musa, y su vivencia reúne en sí todos los dones y saberes de sus hijas, las nueve musas. Así confirmé mi adoración apasionada por esta figura sublime del arte, algo que la lectura de Nietzsche me había iluminado, que no hay nada más trascendental y humano que la música sin letra, la música pura.
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De tal modo fue que descubrí como lo más sintético y puro de la música los cuartetos de cuerdas (dos violines, una viola y un violonchelo), obras en las cuales todo se concentra en lo más específico del acto musical, tanto en la melodía como en la armonía. Por dicho camino, un día me enamoré para siempre de los cuatro cuartetos compuestos por Silvestre Revueltas. A ellos y su grandeza les dedica todo un capítulo de su libro sobre Revueltas el maestro Julio Estrada, quien escribe: “Desde sus inicios en el Renacimiento tardío, el cuarteto de arcos es el laboratorio para la creación musical ajena al texto literario, al concentrar en la escritura el registro de sutiles diferencias para el oído, al pasar del ámbito vocal y de sus articulaciones a una extensión más ventajosa en los instrumentos y al procurar una nueva manera de pensar e imaginar que conduce a una noción antes inexistente: la música abstracta”.

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Con ello es posible decir que la música de Revueltas no es nacionalista o figurativa, como los murales de Diego Rivera, sino internacionalista, mexicana y abstracta como la pintura de Lilia Carrillo. Música del futuro, llena de buena memoria.

Revueltas era un buen violinista, estudió el instrumento con verdadera pasión, hasta convertirse en un experimentado conocedor de la técnica y la escritura para las cuerdas. Fue discípulo adelantado de un gran virtuoso del violín, el checo Otakar Sevcík, y se convirtió en un buen amigo del excepcional intérprete del violín que fue Higinio Ruvalcaba, un auténtico iconoclasta de la música, igual que de Jacobo Kostakowsky, quien también fuera discípulo de Sevcík.

De tal manera, es posible establecer que esos cuatro cuartetos de cuerdas que compuso, junto con los Cuatro pequeños trozos, para dos violines y violonchelo, constituyen la mejor expresión de su música y su genio. Son obras de vanguardia que expresan un alto grado de originalidad y un eficaz manejo técnico de la métrica, el ritmo y el sistema, pues con ello parte de una estética que arma un engranaje y pone incesantemente en jaque al oído.