ornettePor Sergio Monsalvo C.

El jazz ha prosperado de forma constante, al adquirir nuevas técnicas y nuevos conceptos y con cada cambio legítimo, amplía sus alcances y extiende su creatividad. Los cambios periódicos en su historia han implicado rupturas, pero han sido las inevitables de un crecimiento orgánico, vital. El free jazz (surgido  en 1960 con el disco homónimo del doble cuarteto de Ornette Coleman, subtitulado “A Collective Improvisation”) representó la primera reflexión fundamental sobre el procedimiento y los materiales básicos del género tras las innovaciones de Charlie Parker.

“El bebop se había convertido ya en una cuestión de ‘dame los acordes y yo me ocupo del resto’: lo que yo hago es exactamente lo contrario: llegar a los acordes desde la melodía”, dijo Coleman y tras la pasión y el profundo convencimiento con que la hicieron sus representantes (Cecil Taylor, Eric Dolphy, Archie Shepp, Don Cherry y Freddy Hubbard, entre otros) ya no hubo vuelta atrás.

Hubo la irrupción del deseo en la liberación de las frases musicales; el empeño en la búsqueda: sin estereotipos, sin fórmulas previsibles en la manera de interpretar y proceder. Se abolieron las limitaciones y se consolidó una actitud antiacademicista. “No hay una sola forma válida de tocar el jazz”, comentó Ornette, y el jazz se volvió una aventura loca y emocionante. Se improvisó colectiva, salvaje y duramente, con líneas que se cruzaban y friccionaban entre sí.

El choque no se hizo esperar. Se dio en lo musical, en lo social, en lo político, en lo estético, en lo racial, en lo religioso. El bebop y el blues se convirtieron en las fuentes musicales. El free aportó una nueva concepción rítmica y desató la exploración sobre la música del mundo más allá de Occidente: hindú, japonesa, africana, árabe, caribeña, hispanoamericana.

Se creó una tendencia entre los negros hacia el islamismo (incluso muchos de ellos cambiaron sus nombres). Se puso énfasis en la intensidad interpretativa (éxtasis orgiásticos o místicos) y a la par de todas las demás aportaciones, se buscó una extensión del sonido musical al invadir el ámbito del noise. El free jazz se convirtió así en una forma de expresión ricamente articulada que comandó toda la escala de las emociones humanas.

Se trató de aprehender toda la historia del jazz y más allá de ésta: la música negra, la historia trágica del pueblo negro, la mutilación sociopolítica de sus individuos. Una historia que quiso romper sus cadenas por medio de la música cuando la ira se apoderaba de ella. Este subgénero no acompaña a un movimiento revivalista sino es la clave perpetua para un futuro posible. Para dominar una situación perturbadora, sus autores tuvieron que inventar un sistema original de referencias, forzosamente heterogéneo, utilizando los elementos africanos de los que disponían pero practicando también, en su nuevo entorno, una auténtica apropiación cultural de otros lares.

El free es una música que cambia de curso naturalmente, como un río; que escucha a su tiempo, lo abraza y se adapta. Hoy, tras cincuenta años de existencia, sus intérpretes (en todo el orbe) continúan transformando el eco de aquella declaración de principios en forma de un eterno amanecer, pero ya no sólo negro, sino multicolor. Ya no es el puntal de la evolución del jazz, sino uno de sus caminos. En todos ellos, en cualquier caso, se mantienen elementos aportados por él: recursos atonales, ritmos globales e improvisación colectiva, entre otros.