El agua se aprende por la sed;
la tierra, por los océanos atravesados;
el éxtasis, por la agonía.
La paz se revela por las batallas
—Emily Dickinson
Nunca he contado por escrito acerca de la noche de 1992 en que acudí a un pequeño bar ubicado en la zona portuaria de Boston, para asistir a un concierto de una banda llamada Malachite —si es que la memoria no me traiciona—. Se trataba de un pequeño reducto y el estallido de lo que se llamaría grunge al poco tiempo estaba en pleno ascenso; en aquel lugar diminuto, pude sentir como nunca antes el poder de las guitarras a todo volumen y no fui el único: todos los asistentes terminamos pegados a la pared contraria al escenario, pues la música daba una patada absolutamente brutal…, se sentía en cada parte del cuerpo.
Tuve una experiencia parecida con Soda Estéreo en el Gimnasio Juan de la Barrera, cuando el bajo se sentía al interior del estómago y sacudía las entrañas. También es oportunidad de rememorar un concierto del Festival de Benicassim 2008 del que la prensa acotó que se ofrecía a la entrada tapones para los oídos en prevención de la potencia característica de My Bloody Valentine; muchos asistentes no quisieron recibirlos y durante el concierto terminaron pertrechados a la orilla del mar y casi con las olas mojándoles los pies.
Evoco esos conciertos para subrayar el poderío guitarrero que siempre he asociado a Dinosaur Jr. Sencillamente, escuchar lo que el grupo hace es rodearse de una forma única de energía que transforma el entorno y que se asocia al rock. Un fenómeno que sigue siendo totalmente pleno e increíble, así de simple.
En la actualidad, uno puede rodearse de muchas músicas: de electrónica densa o de baile a expresiones que transforman diversas formas de folclor, de metal extremo a pop edulcorado. ¡Hay tantísimo por escuchar que por momentos acometen el extravío o la saturación! Y es entonces cuando resulta menester recurrir a esa forma de magia pura que emana de la fórmula básica de guitarra, bajo y batería. ¡Volver al rock en estado puro!
Y es por ello que convino comenzar por el recuerdo de aquel estridente toquín en un antrillo bostoniano, dado que Dinosaur Jr. desde unos años antes rolaba por aquel circuito (la agrupación se formó a mediados de los años ochenta) y hacía gala de un sonido sucio y rudo (que fue cambiando con los años); el trío procedía de Amherst, Massachusetts, localidad en la que vivió la poeta Emily Dickinson.
Queda expuesto pues que J. Mascis (guitarra y voz), Lou Barlow (bajo y voz) y Murph (batería) han atravesado varias décadas manteniendo los decibeles bien en alto y reivindicado lo que aporta una guitarra a las canciones de rock. Hoy día son considerados unos héroes de la llamada Nación Alternativa e incluso se les atribuye una influencia directa para el surgimiento del grunge.

Fotografía: Danilo Bandeira bajo licencia de Creative Commons
El asunto es que nos encontramos ante su duodécimo álbum. Sweep It Into Space forma parte del segundo periodo creativo del terceto que se recuperó de una ruptura de varios años con Barlow, quien desde su regreso aporta un par de canciones por disco y santo remedio.
Dinosaur Jr. ya no tienen nada que probar —su carrera es larga y estruendosa—, son respetados por público y prensa, pero lo mejor es que sus integrantes no se han echado en la cama a rememorar sus glorias pasadas. Lo que hay que resaltar es que se han exigido a fondo, conservan la calidad para componer y una fiereza en su más alto nivel. Aquí no hay conformismo, los tres siguen tirando de garra y nervio por más que el sonido se haya purificado un tanto y aprovechen tanto el estudio como la masterización. Ni queja de que llevan unos años atraídos también por las melodías.
Un público más joven habrá de celebrar la presencia de Kurt Vile, pues este músico tan versátil y guitarrista delirante bien puede pasar por un hijo putativo de los miembros del grupo. Juntos nos han entregado doce canciones para seguir rockeando al estilo de la vieja escuela y ello no es un asunto menor. La gracia de lo que hacen pasa por no necesitar el descubrimiento del hilo negro: ellos a lo suyo y sus seguidores a disfrutar, esa es la clave; algo más que evidente desde el arranque a todo fuzz en “I Ain’t”.
De mi parte, el enganche inmediato vino con “I Met the Stones”, en la que Mascis cuenta del momento de gloria en que conoció a Charlie Watts… y no es para menos. Ni hablar, para quien no guste de la cultura clásica del rock puede resultar algo intrascendente. Allá él.

Por otro lado, “And Me” es uno de esos temas inmediatos y contundentes —impecable base rítmica—, pero no dejan de sorprenderme los apuntes de la crítica, que la encuentra cercana a “In Between Days’ de The Cure, lo que no sería raro si consideramos que ellos hicieron de su versión de “Just Like Heaven” un éxito de enorme penetración. Al respecto de esas sinuosas conexiones, seguro que “Garden” será muy atractiva para los fans de Pearl Jam. Es una enorme aportación de Barlow a un disco que ahora es cobijado por el maravilloso sello disquero Jagjaguwar.
Y no es posible soslayar el aporte de Kurt Vile pulsando la acústica en “I Ran Away” que precisamente evoca esa vitalidad suspendida en el tiempo de la que goza la agrupación. En repertorio sobran las piezas de una épica doméstica, como si las grandes batallas se libraran al interior de las casas o como si el Caballo de Troya fuera un transporte universitario.
Mucho se dice que la verdadera juventud no es una cuestión de edad y Dinosaur Jr. confirma tal noción. En ese sentido, no se podría considerar al rock un renacido, porque en realidad jamás ha muerto. Estas canciones llameantes son totalmente hijas de su tiempo: el presente. Quizá sea parte de un tópico, pero sin duda que existe música que nos hace transpirar espíritu adolescente todos los días. Al escuchar a Dinosaur Jr. nos seguimos sintiendo eternos.