La prensa rockera mexicana regularmente ignora el lugar de procedencia tanto de las obras que aborda como de sus autores, una omisión que impide analizar con certeza ciertas manifestaciones artísticas. Habrá quien esto niegue, pero, en el mejor de los casos, ¿en verdad basta con mencionar que determinado guitarrista es de Zacatecas o que cierto cantante vive en Polanco? La respuesta es no, muchas veces hay que ir más allá. Porque en ocasiones el fin antecede a la forma, el primero define a la segunda. Hay momentos en los cuales la música merece una valoración en la que el acta de nacimiento sea más que un pretexto para acumular caracteres.
Electric Shit es la clase de grupo cuyo hábitat define el perfil de su propuesta estética. Sobrevivir a orillas del Gran Canal, en la periferia capitalina, significa redimensionar las postales pantanosas que Creedence Clearwater Revival proponía con su sonido Bayou; allá, en los rumbos de Ecatepec, habría que referirse a los manglares de desecho humano que desborda el Río de los Remedios y sus alrededores. Hablar, pues, de un pueblo desértico y sin ley que haría a Sergio Leone replantearse los protocolos que anteceden a un duelo a muerte.

Fotografía: cortesía Electric Shit
Los hermanos Eduardo y Marco Hortiales llevan años haciendo “rolas sobre nuestros pensamientos recurrentes y la miseria que rodea nuestro entorno”. Es decir, a la pareja le importa poco lo que Schönberg alguna vez sostuvo (“La música no tiene más relación con el mundo exterior que la que pueda tener una partida de ajedrez”), pues el agreste paisaje que rodea su temario infecta sus composiciones, sin remedio. Esto es palpable en su más reciente entrega, Canciones para la miseria Vol. I (Misery Train Recordings, 2020). La primera de tres partes que la pareja irá dando a conocer conforme el viento pútrido de Ecatepunk sople a su favor.
Dos temas integran el paquete inaugural: “La gran ciudad” y “Backstabber Blues”. Una dupla grasienta y atascada, para estómagos duros. Un banquete similar a una gordita sumida en aceite requemado a las afueras del metro Plaza Aragón (sazón de garnacha en buena medida debido a la mano de Jim Diamond en la masterización).
“La gran ciudad”, canción que abre el trabajo, es un grito impotente que antecede rezos funerarios: “Fue por la mañana cuando llegó el hedor desde el viejo canal / Y es que al fin apareció, mutilado y rendido / El cadáver de Juan”. La historia retrata la cotidianidad que se vive por los rumbos polvorientos de la Av. Central y de paso opera como homenaje al estilo lírico que caracteriza a Banda Bostik. En su papel, Marco prácticamente está cantando la nota roja del día, mientras las pastillas de su destartalada guitarra cruzan cables para hallarse con una distorsión silvestre. Por su lado, la batería de Eduardo pasa de acompasarse con maracas rellenas con frijoles a abollar platillos sin clemencia. Mención honorífica a la lira con slide que despide el tema.
“Backstabber Blues” cuenta con la adición de Walter Daniels y Ricardo C. Betancourt en las armónicas. El desempeño de ambos es sobresaliente. Y aunque por desgracia el tema está cantado en inglés, se trata de una composición que, sin defraudar al blues, explora cambios rítmicos que por momentos la internan en los callejones del punk e, incluso, por ahí algún guiño incluye a los soplos precolombinos que entre pirámides elevaron nuestros ancestros (cortesía de la flauta del mencionado Daniels y los sonidos de campo registrados en algún manantial de Neza). “¡Blues is the teacher, punk is the preacher!”, firman los carnales Hortiales en su sitio en Bandcamp (electricshit.bandcamp.com), algo que refrendan cabalmente en los más de cinco minutos que dura el blues del traidor.
El primer volumen de Canciones para la miseria se va como caguama en tianguis a mediodía. Deja con ganas de más. Pero no sólo de música, sino de adentrarse en los ecosistemas en los que muchos creadores, no sólo de la mancha urbana capitalina, sino de todo el país, se desarrollan para así abordar sus propuestas con rigor periodístico. Mientras esto se materializa por arte de magia, sigamos en lo que estamos como agonizante prensa musical rockera, comportándonos como si habitáramos en Viena a principios del siglo pasado, eludiendo responsabilidades básicas. Total, la tribu de consumidores de envases de cerveza tamaño familiar, recurriendo a las teorías de Elie Siegmeister, ya encontró en Electric Shit el canto que necesitaba para exorcizarse.
Alejandro González Castillo