Para mi gusto, se trata del disco más rocanrolero que Elton John hizo jamás. Y se trata de su segundo álbum, luego del buen pop de su iniciático Elton John de 1969. Además, Tumbleweed Connection (Factory Records, 1971) posee una virtud única y envidiable: del mismo no se desprendió un solo éxito radial, una sola canción que pudiera llegar a las siempre malhadadas listas de popularidad. Sin embargo, ninguna de las doce piezas que constituyen esta grabación puede considerarse como menor, como mero relleno. Por el contrario, todas son estupendas –unas más, otras menos– y conforman un trabajo sólido, sensible y de grandes alturas musicales y letrísticas por parte del dueto compositor conformado por Bernie Taupin y el propio Elton John.

Grabado en los estudios Trident bajo la impecable producción de Gus Dudgeon, el álbum tiene como conceptual denominador común el tema del Viejo Oeste estadounidense; de ahí el arte gráfico del disco, con antiguos grabados alusivos y la impresión en sepia que hace recordar la época y la épica western que legaron no tanto la historia real sino las películas de John Ford o Raoul Walsh. Por supuesto, en las letras de las composiciones de Taupin hay referencias a forajidos, comisarios, paisajes espectaculares, pistolas y misiones en llamas. No se trata sin embargo de un disco de música country, aun cuando haya elementos de la misma en los arreglos y en la estructura musical de los temas. Tan sólo en la inicial “Ballad of a Well-known Gun” participan Caleb Quaye en la extraordinaria guitarra punteada y en los coros están Dusty Springfield, Lesley Duncan, Madeleine Bell y Tony Burrows. No obstante, se trata de una obra esencial y eminentemente rocanrolera y eso hay que enfatizarlo.

“Letrística y musicalmente, Tumbleweed Connection es probablemente uno de nuestros discos más perfectos”, dijo alguna vez Elton John. “No creo que haya una sola canción ahí cuya melodía no encaje perfectamente con la letra”. Por su parte, Bernie Taupin apuntaba que “todo el mundo piensa que en ese disco fui influenciado por las canciones del Oeste e incluso creen que yo conocía perfectamente esa región de la América del Norte. Sin embargo, escribimos y grabamos el álbum sin haber pisado antes el territorio de los Estados Unidos. Lo que sí es que fui totalmente influenciado por el disco Music from the Big Pink de The Band y por las composiciones de Robbie Robertson. Siempre he amado al Viejo Oeste y sus filmes clásicos. Siempre he dicho que “El Paso” fue la canción que me hizo querer escribir letras, pues era la perfecta combinación entre melodía y narrativa. Al escucharla, pensé que había ahí algo que casaba a la perfección el ritmo musical con la palabra escrita”.

“Come Down in Time”, el segundo tema del disco, es uno de sus puntos más altos. Se trata de una joya plena de delicadeza y sutil belleza, mientras que “Country Comfort” es eso: una pieza que proyecta comodidad y gusto por la vida. “Son of Your Father” es un rock sólido de concisa factura (Spooky Tooth le hizo una versión memorable) que narra de manera casi cinematográfica la historia de dos hermanos, uno de los cuales era ciego y tenía un garfio en lugar de mano.

Luego de las irresistibles “My Father’s Gun” y “Where to Now St. Peter?” aparece la bellísima “Love Song” –la única que no fue compuesta por el binomio John-Taupin, sino por Lesley Duncan–, cuyas armonías vocales y guitarra acústica (interpretada por el propio Duncan) recuerdan marcadamente a Crosby, Stills and Nash.  “Amoreena”, por su parte, es una canción de amor en la cual tocó por vez primera la que sería por largos años la sección rítmica de Elton John: Dee Murray en el bajo y Nigel Olsson en la batería. En cuanto a “Talking Out Soldiers”, se trata de una dramática canción en la cual el piano y la voz de Elton John son los únicos elementos, más que suficientes para reflejar la angustia de una letra llena de melancólicas frases.

Tumbleweed Connection culmina a todo tren con la majestuosa y casi gospeliana “Burn Down the Mission”, todo un himno que ha trascendido en el tiempo y que muchas veces ha servido para cerrar los conciertos del de los espectaculares anteojos. Es un gran final, digno de la obra maestra discográfica de Elton John y su inseparable (bueno, no del todo) Bernie Taupin.