Un vaquero queer con antifaz de salteador de caminos en borlas y camisa al estilo del sastre Nudie Cohn; Orville Peck presenta una versión altamente estilizada de América con Pony (2019), su álbum debut. Las canciones, completamente narrativas, están pobladas de imágenes vívidas, de carreteras del desierto bajo la esfera radiante de un sol rojo, cuatreros y buscavidas marchitos que han escapado de las páginas de Denis Johnson o JT LeRoy.

Estas viñetas, que dramatizan eventos psicológicos del pasado de Peck, son arraigadas en la narración tradicional de los músicos de campo que, por lo general, están fuera de la ley. De hecho, su lista de personajes arquetípicos se consideraría como “pastiche”, ya que no están iluminados de un afecto tan genuino sino que son el resultado de la combinación de una idolatría.

Este acertado equilibrio entre homenaje y parodia se muestra en la música, tan convencional como la letra. Pony está dominado completamente por el country-pop de la década de 1960. Su rico y estridente tenor nos recuerda reciamente a Roy Orbison apropiado por David Lynch. Esto es evidente, principalmente, en el solitario y vibrante country noir de “Big Sky” que es una mezcla emotiva entre Morrissey y Lana Del Rey, otra intérprete que ha fomentado una imagen cuidadosamente calculada.

Hay momentos en los cuales todas estas referencias populares se reinician y cobran sentido, como en una clásica producción de los años 80, sobre todo con el ritmo trotón de “Winds Change”, y cuando el sintetizador gesticula en “Queen of the Rodeo” o con cortes más profundos dentro del género country, como en el breve interludio de sintetizador de “Old River” que honra al más acertado bluegrass de los Foggy Mountain Boys.

Ocasionalmente también surgen influencias esotéricas, como ese reluciente dream-pop en “Turn to Hate” y el intenso y post-punk riff de guitarra en “Buffalo Run”.

El sonido de Orville Peck se decanta en el pasado con una honestidad ilustrada. En “Dead of Night”, encontramos juegos de palabras líricos a lo Johnny Cash; mientras que ese lagrimal que es “Kansas (Remember Me Now)” tiene el chirrido decadente de una radio mal sintonizada, lo que sugiere el olvido de todo recuerdo e historia.

A pesar de esto, del conglomerado de referencias, sólo dos pistas se tambalean cerca del borde de la parodia. “Hope to Die” irrumpe casi al final del disco, con una clave demasiado dramática que parece ser favorecida por Whitney Houston cenando pancakes con Morrissey y la guitarra a lo Santo & Johnny en “Roses Are Falling”, la cual presenta uno de los fraseos más hermosos que lo relacionan también a la Bonzo Dog Doo-Dah Band.

No hay nada de Pony, en lo instrumental, que no hubiese podido ser fácilmente ejecutado por Elvis Presley o Chris Isaak en sus últimos periodos. Lo que sí define a Orville Peck es que ha jugado discretamente y se nos ha presentado como un genio. Independientemente de su raíz, arraigada a la historia introspectiva, rara vez auscultamos una grieta en la misteriosa persona que es este músico singular.