Puedo imaginarme a Brett Anderson con el espinazo arqueado, el rostro iluminado por la pantalla de la computadora y los dedos andando sobre el teclado; pulsando letras, armando palabras, soldando enunciados. Puedo verlo ordenando recuerdos, dejando ir un par de lágrimas y secándolas rápido con la manga de su camisa, preocupado porque nadie se entere de lo difícil que le está resultando contar su historia. Lo veo claro, en HD, escribiendo que espera “desenterrar algo nuevo” al hurgar en los fósiles de su pasado, revelando que siente “una urgente necesidad de compartir” pues ha llegado a una etapa de su vida en la que “quiero reconciliarme con quien soy”.

Me sorprende el decir de Anderson mientras lo leo. Luce tan descarnado. Mañanas negras como el carbón (Contra, 2018) es, según su propio autor, un texto que aborda “los jadeantes estremecimientos del amor, el aplastante dolor de la pérdida y la muerte”. Se trata, ciertamente, de una autobiografía, aunque harto lejana de la clase de obras que los rockstars suelen firmar pues, fundamentalmente, el hombre al mando de Suede se dedica a embalsamar a todos sus muertos, uno por uno, desde sus padres hasta sus propias ansias y remordimientos más profundos. Elude a toda costa detalles morbosos sobre adicciones y arrebatos, así como cotilleos y notas que la prensa rosada inglesa enmarcaría; prefiere centrarse en un asunto fundamental: la relación entre padre e hijo.

Fotografía de Monophonicgirl, Festival Corona Capital 2012 (para ROCKETS Musik). Bajo licencia de Creative Commons.

“Nací justo después del verano del amor. Mi madre era una aspirante a pintora que ganaba dinero cosiendo vestidos. Mi padre fue cartero, heladero, limpiador de ventanas y taxista”, comenta Anderson, consciente de que sus padres estaban “a años luz del cliché de los swinging sixties de Carnaby Street” y que más bien rimaban con “la deprimente grisura de la Gran Bretaña de la posguerra”.   El hogar de los Anderson era tan pequeño y desolador que el vástago se refiere a éste como una “fría y húmeda casa de muñecas que hacía juego con el ánimo de mi padre, un siniestro matón que suscitaba a su alrededor un ambiente preñado de tensión y amenaza”. En aquella humilde residencia todo era de segunda mano, desde ornamentos y libros hasta la ropa interior que sus miembros usaban. “Mi madre recogía ortigas silvestres y champiñones, para hacer ensaladas y sopas, y desplumaba aves muertas y despellejaba conejos para servírnoslos en estofados. Compraba cortes correosos y grasos y también asaduras e hígado venoso”, detalla el cantante.

De manera que Brett creció en el frío, buscando leña para entibiarse los huesos frente a una estufa de queroseno, mirando las copias de Hendrick Avercamp, Vincent Van Gogh y Aubrey Beardsley que su madre colgaba de las paredes mientras su padre escuchaba a Wagner, Berlioz, Elgar, Chopin y, muy especialmente, a Liszt (su obsesión) en un viejo magnetófono Philips. “Yo era un chico repelente, altanero y un tanto sensiblero. Ni nihilista ni depresivo, pero sí taciturno y ligeramente atontado”, analiza Brett en algún punto del libro, sin más ánimo que echar un vistazo al pasado sin glorificar el espíritu de derrota que lo rondaba, dejando espacio para incluso justificar los insultos que alguna vez el ex líder de los Smiths le lanzó: “menudo jovencito, profundamente aburrido, eso debía yo ser. Quizá Morrissey estuviera en lo cierto, al fin y al cabo”.

Al entrar a la adolescencia, aquel chico se vio perdido entre mods, heavies, rude boys y skinheads. En el punk encontraría lo que le faltaba para hacer llevadera su existencia con el auxilio del Never Mind the Bollocks, el primer elepé que se compró tras reunir dinero repartiendo periódicos y que, avisa emocionado entre páginas, hoy día le sigue produciendo respuestas pavlovianas. En ese sentido, resulta revelador descubrir que al vivir en Haywards Heath, la periferia londinense, las modas musicales le llegaban al joven Brett demasiado tarde; es decir, descubrió el debut de los Sex Pistols una vez que el grupo se había disuelto bastante tiempo atrás. Una anécdota excepcional: aquel joven ponía discos de Crass a 33 RPM, cuando se trataba de platos prestos para girar a 45 RPM. Cuando supo de su error y los escuchó a la velocidad intencionada, comenta, “de algún modo la magia de perdió”.

Gracias a un amigo de Blandine, su hermana, se introdujo en el mundo de Led Zeppelin, David Bowie, los Who, los Kinks y los Beatles, grupos que la moda punk había hecho a un lado a principios de los ochenta. Sin embargo, descubrir dichos sonidos llenó de una “emoción jadeante y arqueológica” a Anderson; “mientras otros se aficionaban al post-punk, yo desenterraba discos de The Jefferson Airplane, Robert Wyatt y Pink Floyd. Me regodeaba en la leve marginalidad de aquello, disfrutando de estar desfasado y de ser ligeramente perverso”. Estaba ahí, por vez primera, la sensación de ser distinto a los demás, de navegar a contracorriente; un asunto que con el paso del tiempo dejaría a Suede fuera de los planes de marketing que los artífices del concepto brit pop tenían planeados para quienes se dejaran engatusar.

Suave and Elegant sería el primer grupo del naciente creador, una banda que nadaba entre las aguas de UFO, Rush, Bowie y los Pistols y que ensayaba en el cuarto de Brett hasta que su padre tumbaba la puerta para reírse de lo que escuchaba. Aquellas burlas, proferidas por un tipo con “boca de alcantarilla” y “profesión precaria”, poseedor “de una testaruda y solitaria determinación así como de una arrogancia miope”, terminaron por influir en el modo de escribir del retoño, según él mismo certifica: “sus desvergonzados y feroces giros de lenguaje debieron impregnar el tono de muchas de mis primeras canciones que a menudo tuve consciencia de querer hacer igualmente lascivas”. Muy pronto la inspiración crecería gracias a The Cult, Joy Division, Cocteau Twins, Lloyd Cole y, sobre todo, The Smiths, quienes sonorizarían los efectos de las setas lisérgicas que había regadas en los campos cercanos a la casa de los Anderson y que terminaban siendo sorbidas en té por el incipiente músico.

Para entonces, el bachiller se paseaba en moto, con una chaqueta negra en cuya espalda había escrito Lou Reed y con un corte de pelo que lo hacía ver “como paciente de cáncer o fugitivo de laboratorio”. Con esa facha conocería a Mat Osman, a quien de entrada identificó como un tipo “sofisticado e inteligente, de presencia magnética y cautivadora”; un sujeto que “debatía de política y cultura con destreza y, lo mejor, tocaba el bajo”. Aunque aquí valdría la pena recordar el viejo cacharro Boots Audio de tercera mano en que Anderson escuchaba música, pues su falta de precisión y claridad forjaron el modo en que el joven apreciaba la música, como él mismo suelta; “aprendí a no fijarme en la sección de graves y realmente no entendí para que servía el bajo hasta los veintimuchos años”. Brett terminaría uniéndose a Paint it Black, el grupo que entonces Mat tenía y que luego se transformaría en Geoff, inspirado totalmente por el movimiento C86 y las shambling bands, además, claro, de los Smiths. En ese rol, vale la pena reproducir el modo en que Anderson describe el sonido de los de Manchester, sólo así es posible comprender lo importante que éste fue en sus años formativos:

“Era al mismo tiempo un grupo de culto e inequívocamente marginal que estuvo rondándome la cabeza hasta altas horas de una noche solitaria en la que estaba escuchando a Peel Radio 1, cuando oí salir por el minúsculo altavoz de mi transistor el insistente fraseo guitarrero de Johnny Marr y la promesa saturnina de Morrissey de interponerse de un salto en la trayectoria de una bala. Ya no hizo falta más. La suya era una química verdaderamente especial, singular pero a la vez familiar, una danza perfectamente equilibrada entre una arrogancia tintineante y un humor más negro que la boca de un lobo. Aquellos elocuentes himnos a la confusión y complejidad de la existencia tocaron la fibra de mi yo adolescente”.

Tras 25 años a su lado, finalmente la madre de Brett decidió abandonar a su padre. Considerando que se trataba de un macho podría creerse que el tipo la despidió con la mano en la cintura; nada más fuera de la realidad, pues se sumió en una depresión insondable. Su estado de ánimo terminaría quitándole la vida, no sin antes recibir la visita de su hijo (quien para esos días vivía en Manchester). Él lo cuidaría, le daría de comer y acompañaría en su tristeza escuchando a su lado a Chopin. Habría que subrayar que las páginas de Mañanas negras como el carbón se acaban justo en el momento en que Suede comienza a ganar reflectores, a la hora en que graba su álbum debut; de modo que no existe otro nudo en su haber que la muerte del padre de Brett: “un hombre barbado, elegante y sosegado, con una pipa de brezo permanentemente entre sus dientes manchados de nicotina”, cuyo obrar es analizado por su hijo sin afeites:

“Según voy desvelando cosas sobre mi padre, también desvelo cosas acerca de mí mismo y la clase de persona en la que probablemente me convierta si no se me pone freno. A medida que uno madura descubre que repite esas pautas y rarezas familiares que uno creía tan singulares. Pese a que jamás me hizo daño físicamente, los siniestros arrebatos de mi padre resultaban aterradores y seguramente me han dejado un legado de neurosis propio. Podía ser muy controlador: siempre exigía saber a dónde ibas cuando abandonabas la habitación. A la fecha, soy incapaz de ir a mear siquiera sin decírselo a mi mujer. Aún recuerdo cómo siendo niños mi hermana y yo nos encogíamos de miedo en nuestros dormitorios, inmersos en un trance horrible y compulsivo, escuchando a lo lejos portazos y vajillas estrellándose. Pero sé por experiencia propia que mantener a una familia puede llegar a ser una tarea abrumadora, así que las tribulaciones de mi padre  con lo que era efectivamente un salario de miseria adquieren ahora un matiz noble y abnegado”.

Según el autor de “Animal Nitrate”, los “demonios de mi padre fueron carcomiéndolo lentamente y acabaron matándolo”, provocándole “aislamiento, depresión y hemorragia”. Los recuerdos que el artista conserva de quien le diera la vida son mayoritariamente penosos. Incluso cuando alcanzó la fama, su padre seguía comportándose muy a su manera: “la única vez que creo que realmente lo impresioné con mi carrera musical fue cuando tocamos en el Royal Albert Hall y lo senté en el palco para que viera la actuación”. En esa ocasión, el progenitor le reclamó a su hijo que “las guitarras distorsionaban demasiado”, a lo que su heredero respondió: “bueno, papá, se suponía que eso tenían que hacer”. Brett disculpa a su padre, eso sí, avisando que éste creció en los días en que “la cultura obrera del chico que prospera aún no había llegado al cenit futbolero y pop de los años sesenta”. Sin embargo, el futuro del para entonces ya universitario Anderson iba a ser muy diferente al de su tutor, pues él sí que capitalizaría esa visión heroica del artista que escapa de la basura para darle forma a gemas pop de tres minutos de duración, aunque sin jamás alcanzar los números obtenidos por los hermanos Gallagher al mando de Oasis.

Instalado en Londres, específicamente en Finsbury Park, Brett forjó una pandilla de gamberros que sobrevivían comiendo kebabs y hummus, fumando hachís y escuchando a Felt y a Raymonde. Obsesionado con pulir su modo de escribir canciones y orgulloso de su origen, Anderson rehuía “del cliché de escribir sobre experiencias universales, convencido de que las resonancias más potentes se conseguían concentrándose en lo microscópico en lugar de los macroscópico”. El hombre lo tenía claro entonces: quería documentar el mundo que veía a su alrededor, “real, incómodo y en primer plano: la bolsa de plástico azul enganchada en las ramas de un árbol, el estrépito y el ruido sordo de una escalera mecánica: Londres en todos sus maravillosos y mierdosos detalles”. Esa visión lo llevaría a la cima, era cuestión de tiempo y, también, de desilusionarse amorosamente.

Brett platica que al conocer a Justine Frischmann se encontró con una mujer “sofisticada y cosmopolita, dotada de una especie de encanto torpe y desastrado que seducía a todo aquel que llegaba a conocerla. Sabia pero humilde, intelectual pero no pretenciosa. Me enseñó a extraer placer de la proximidad de las cosas bellas”. Casi nada. Pronto sabría que la chica “tenía un enorme poderío” aunque nunca supo “muy bien lo que ella vería en un tipo flacucho, torpe y provinciano como yo”.   Además, económicamente existía un barranco entre los dos: mientras Anderson vivía en un cuchitril, Justine habitaba en un departamento de lujo; sin embargo, se las arreglaron para acercar distancias escuchando a los Happy Mondays y creando música; él en la voz y ella en la guitarra al tiempo que una caja de ritmos disparaba bases y Mat se colgaba el bajo. Así, decidieron llamarse The Perfect.

El grupo requería de un guitarrista con garra e iba a encontrar el coraje que buscaba en las manos de Bernard Buttler. Ocurriría mientras Brett vivía el duelo de la muerte de su madre, luego de que la banda pusiera un anuncio en la NME: “se busca guitarrista para grupo sin experiencia pero importante. Influencias: Smiths, Lloyd Cole, Bowie, Pet Shop Boys. Nada de músicos ni de principiantes, hay cosas más importantes que la habilidad”. Cuenta Anderson que Buttler se presentó ante él como un músico “intensamente cautivador, a la vez violento y tierno, directo y resuelto”. Para el cantante, escuchar y ver al guitarrista en acción por vez primera significó darse cuenta “de que si de verdad aspiraba a los elogios y el estatus que creía que el mundo me debía, entonces me correspondía intentar ponerme a la altura de Bernard”.

Con su Epiphone entre manos, Buttler jugaría el rol de Johnny Marr, mientras Brett se enfundaría la piel de Morrissey. La dinámica compositora de los Smiths iba a convertirse en el modelo a imitar para el dúo, aunque sus primeros pasos no fueran más que “torpes apelaciones a una sexualidad latente, ligeramente desentonadas y amorfas, aún carentes de dramatismo real alguno”.

Es crudo Anderson a la hora de subrayar carencias. Nada se guarda en las páginas del libro y por momentos pareciera que se tira al piso para que sus fans lo levanten. En algún punto confiesa que al comienzo su expresión vocal y sus letras no estaban a la altura de lo que Bernard comunicaba con su instrumento, pues apenas transmitían jactancia y furia vana. Para él y sus colegas, el éxito era algo que le sucedía a otros, aunque atesoraban su marginalidad como sinónimo “de saludable insolencia”. Además, Brett consideraba desde entonces “que las voces de los márgenes son veraces y que en cuanto a uno lo aceptan plenamente como artista y pasa a formar parte de una élite, de algún modo ha sido castrado”. Luchando por ejercer el arte de la paciencia, el cuarteto unió esfuerzos con Mike Joyce (Smiths, PiL, Buzzcocks), quien “escuchó amablemente nuestras mediocres canciones, improvisó con nosotros y nos dio consejos. Durante cinco semanas nos tomó bajo su tutela y trató de apoyarnos y alentarnos. Quisiera pensar que debió ver en nosotros algún potencial pero quizá sólo le dimos lástima”.

Faltaba que la relación entre Justine y Brett se quebrara para que el destino fuera bondadoso con la banda que ya comenzaba a anunciarse como Suede, con la inclusión de Simon Gilbert en la batería (“su modo de tocar era primario y poderoso, áspero e iracundo”, abunda Anderson; “era la pieza que faltaba, pues desentrañó todos los elementos punk y post-punk que yacían aletargados. Con él comenzamos a componer temas más maliciosos y punkies”). La versión de Anderson respecto al por qué Justine decidió dejarlo obedece a un gen familiar: “es posible que, al igual que mi padre antes de mí, me hubiera dejado arrastrar a una cómoda indolencia; mi ridícula idealización del romanticismo de la holgazanería y mi rechazo a la ambición debían de hacer que la vida conmigo fuera ligeramente aburrida. Supongo que emocionalmente seguía siendo una persona frágil”.

Fotografía de Ed Webster. Bajo licencia de Creative Commons.

Justine, continuó al lado de Suede, pese a que las presentaciones que ofrecían eran tensas en buena medida debido a que tocaban ante cinco personas como máximo y otro tanto porque la chica ya coqueteaba con Damon Albarn (Blur). Terminó yéndose de la banda mientras Brett se arrojaba al vacío: “ella conoció a otra persona con la que vislumbraba un mejor futuro. Para mí, la ruptura fue terrible, horrible incluso. Un amargo nubarrón de recriminación, frustración y traición, con toda la alegría y la armonía de nuestra vida anterior horriblemente convertidas en lo contrario”. El siguiente paso fue sustituir la presencia femenina en el grupo, curiosamente, gracias a que uno de sus miembros tomó la determinación de comportarse como mujer. Claro, Brett fue esa persona. “Acabé por asimilar la pérdida en forma de una feminidad manifiesta que exploré durante esas primeras oleadas de éxito. Estoy convencido de que intentaba sustituir la presencia femenina en mi vida con un sucedáneo de mi propia cosecha. Era una manifestación de dolor. Fue una época confusa. Emocionalmente seguía estando en carne viva, así como, en muchos aspectos, sin formar como persona”.

De modo que no fue premeditado el movimiento, esa androginia tan exacerbada en los primeros días de Suede, tanto en el obrar de Brett como en la facha del resto del grupo. Tampoco era un guiño al glam de los setenta ni ganas de caerle bien a la comunidad gay. Fue pura entraña. Pura víscera trabajando. “Yo compraba ropa de segunda mano, barata”, relata Anderson, “y por ósmosis o conveniencia los demás comenzaron a tomar prestadas esas prendas o a comprarse parecidas”. No era turismo social lo de ellos, cabe aquí contar. Alguna vez Mat lo puso muy claro, cuando la prensa les preguntó quién les diseñaba su vestuario: “todos hemos trabajado limpiando retretes para ganarnos la vida”, respondió el bajista. Por su parte, Brett va más allá en su libro: “cuando la gente echa una mirada retrospectiva nos imaginan brincando por Camden, pero nunca formamos parte de esa fea caricatura con olor a cerveza que definió la segunda mitad de la década. Y gracias a Dios. Yo nunca celebré el hecho de que fuéramos británicos: simplemente lo documenté. Un mundo envilecido y fracasado que nada tenía que ver con la interpretación inmadura, patriotera y cargada de francos aires de superioridad que llegaría después”.

A esas alturas Anderson sólo tenía una cosa en la cabeza: Suede. “La vida real se había vuelto irrelevante. Yo no hacía nada que no estuviera relacionado con el grupo. Éste absorbía absolutamente mi atención. Esa es la única manera posible de abordar el asunto: tirarse de cabeza y ahogarse en su salvaje marea”. Según el compositor, fue entonces que “los planetas comenzaron a alinearse, la gente a murmurar y las cabezas a girar”. Y las testas que arrancaron con los movimientos rotatorios fueron las del cantante y el guitarrista; “en el momento en que Bernard y yo comenzamos a indagar en lo más profundo de nuestro ser, a acceder a deseos primarios como el odio y la lujuria, fue el momento en que crecimos como compositores”.   Así, dieron paso al nacimiento “de canciones que reflexionan sobre el remordimiento, imponentes, apasionadas, rebosantes de elegancia, dramatismo y violencia, fracaso y celos”. Un buen modo de describir el contenido del plato debut de Suede. Sin duda.

La llegada al éxito para la banda tendría lugar después de que se presentara en el programa On for ’92, auspiciado por la NME. En esa ocasión, por primera vez en la historia del cuarteto hubo más gente abajo del escenario que encima de él. Tras hacer su espectáculo, los músicos arrojaron sus instrumentos al suelo, un gesto de arrogancia que algún ejecutivo de Nude Records encontró encantador. El resto sería historia, una historia que Anderson no relata en Mañanas negras como el carbón, un libro que, su propio autor refiere, tiene como objetivo primordial que su hijo lo lea alguna vez, para que no padezca lo que el propio Brett ha sufrido respecto a su padre, para que las lagunas del desconocimiento no crezcan más de la cuenta, para que nadie jamás se pierda en sus densas aguas. Estamos pues, ante una obra honesta hasta el sonrojo, hasta la pena ajena; una pieza totalmente alejada de los clichés que a las autobiografías suelen caracterizar y, de paso, fiel muestra de las inusitadas facultades como narrador del firmante.

Resta sólo transcribir un párrafo más, en el que Anderson desmenuza su visión sobre el sonido de Suede, la seriedad con la que la música merece ser tratada y, claro, de paso le guiña el ojo a la tumba de su padre, dándole las gracias a su manera por haberle permitido existir y así darle combustión a una banda que, como pocas, emergió del alcantarillado para erigirse como un ente ineludible en el riquísimo espectro del pop inglés:

“La prensa nos describió como el grupo más carente de humor desde Joy Division. Un inmenso cumplido. ¿Por qué algo tan transformador, reafirmador de la existencia y celestial como la música no debería tener un peso y una gravedad que trascienda lo trivial y lo cotidiano? Siempre he odiado intensamente la ironía en la música, porque la considero una forma de cobardía, una máscara que permite ocultarse a aquellos que no tienen el valor o la convicción de desnudarse ante la verdad. Tengo que agradecerle a la desaforada pasión de mi padre el hecho de ser culpable en ocasiones de tomármela muy en serio, así como el hecho de que durante largos episodios de mi vida la música haya sido absolutamente todo para mí”.