A sus 42 años, Rogelio Sosa cuenta con un impresionante CV. De 1999 a 2001, estudió en el Institut de Recherche et Coordination Acoustique/Musique (IRCAM) y dos años después realizó una maestría en Música y Tecnología en la Universidad de París VIII. Dirigió el Festival Radar (2007-2010) y el Aural del Festival de México.

A las innumerables becas y distinciones de las cuales ha sido objeto, hay que añadir producciones discográficas como Raudales (Subrosa), Daturas (Bocian Records, 2014), Feto Talk (del dueto Pig, Irradia, 2007) y el reciente Eclíptica (Substrata, 2019).

Eclíptica es un álbum doble en el cual su autor explora la oscuridad y sus gradaciones, una obra en la que encontramos resabios de la vieja escuela de música electrónica, combinados con toques —nada obvios—de música  prehispánica mexicana, así como de otras culturas originarias del continente que dan al trabajo un toque peculiar y que posiblemente marca el fin de una etapa en la vida del compositor.

Acordes y desacordes charló con Rogelio Sosa a propósito de su reciente álbum, un disco para escucharse continuamente, hasta agotar sus secretos.

La eclíptica es la línea imaginaria que traza el curso del Sol alrededor de la Tierra, ¿por qué titular así tu más reciente disco?
El título viene inspirado en el tipo de proceso y técnicas que utilicé para generar el sonido en él. Lo que hice, a diferencia de otros proyectos en los cuales he utilizado voz, computadora o guitarra, fue hacer un circuito cerrado de audio. Hice un sistema de feedback controlado en donde conecté la entrada a la salida de la consola que es algo que en términos tradicionales no se hace. Se genera un ciclo, pero evidentemente no lo dejé solo sino que lo extendí a más dispositivos, a más pedales. Lo que se genera es un sistema de ciclos que están  en constante circulación, a diferentes velocidades y frecuencias y que  dan como resultado diferentes tonos, texturas y estos cruces de ciclos son lo que dan la sonoridad y el tipo de morfología al álbum entero. Imaginaba cómo se visualizaría y había una especie de microuniverso que se gestaba en estas frecuencias que estaban dando ciclos y me vino inmediatamente un pensamiento muy cósmico y me inventé una especie de mitología personal en la cual muchas culturas aún le dan importancia al orden celeste, cosa que nosotros ya hemos perdido, pero me inspiró mucho cómo la cultura prehispánica entendía un orden o le daba una importancia particular al orden celeste. Todo el disco está inspirado en esta cuestión.

Ese circuito del que hablas está compuesto de varias unidades, ¿es como una especie de loop al cual tú puedes intervenir?
Exactamente. No de audio, sino de señal en la que la salida va a la entrada. Se empieza a generar una matriz y si yo la intervengo empieza a variar, se vuelve una especie de síntesis. Es como un sintetizador hecho de una manera más arcaica. Siempre he tratado que mis herramientas hablen un poco de mi proceso de trabajo, de la manera en que cuestiono el orden establecido. Por eso hay un gesto muy claro de no usar computadora, no me gusta estar siguiendo esta cuestión de la vanguardia tecnológica, cuestiono mucho el espectáculo, no me gusta la idea de esas piezas espectaculares pero vacías de contenido. Cualquier guitarrista –mi vecino creo que tiene mas pedales– podría agarrar  y hacer el mismo disco. Me gusta esa idea de que algo tan común, tan sencillo pueda volverse tan rico expresivamente y tan complejo.

Ambos discos son distintos. El primero traza imágenes muy oscuras, sin llegar a ser densas ni terroríficas, tal vez  “Figuras de Lumbre” se acerque a eso; pero es una oscuridad a la cual ya no estamos acostumbrados los citadinos.
Totalmente. El primer disco comienza con la idea del “Novilunio”. Quienes hemos estado en el campo, en la luna nueva sabemos que es una sensación apabullante; esa oscuridad es también el comienzo de los ciclos de crecimiento y luego están “Los cantos del crepúsculo” con esta idea más ritual, de la adoración a la oscuridad. “Las figuras de lumbre”… He tenido muchas experiencias con sustancias como el peyote, estar  en el campo, viendo la lumbre, y de repente empezar a ver cosas o el clásico chamán que ve el futuro o descifra el fuego.

Para mí el disco 1 habla de transformaciones y cito como ejemplo “La noche del nahual” que me remite a la cosmovisión mexicana. La pregunta es, ¿por qué el interés por lo nacional?
Soy de una generación que creció volteando, en tanto a formación, admiración e influencia, a Europa. Mi maestro fue Julio Estrada, quien se formó allá, y un poco siguiendo sus pasos acabé en París. También soy de una generación que tenía una reticencia a lo nacional y a lo prehispánico. Había referentes como Jorge Reyes. Yo los leía antes como con un manejo de estereotipos, con una carga de profundidad muy formal y con esta idea de lo postal, muy de mexican curious, y había como esta idea que ahora aborrezco del aura universal, limpia, abstracta. Así crecí. Cuando regresé a México y decidí establecerme aquí, me empecé a dar cuenta de que hay muchas cosas mas interesantes, para mí en dado caso, y ha sido un proceso muy gradual en el que he ido entrando o inspirándome más que nada de manera muy empírica, sin ser un etnomusicólogo o un estudioso de la antropología, pero sí me he encontrado cosas muy interesantes en términos de ritual, de chamanismo, de ceremonias, de ritos, de cosmovisiones y creo que en este disco por fin me animé a hacerlo evidente. El disco no sólo voltea a lo prehispánico nacional, sino también a muchas influencias de lo prehispánico en América del Sur o de culturas del Norte de América que se han resistido a la colonización; todo eso está permeando el disco y creo que es una fuente de inspiración.

Eclíptica es como una vuelta a la electrónica de la vieja escuela, los dos discos son intimistas, ¿cómo pasaste al segundo disco de Eclíptica? Porque no es que sea más luminoso, pero sí se trata de una oscuridad diferente.
El “Entierro celeste” me vino justo platicando con un amigo. Le decía que este track me sonaba como a pájaros gigantes que están picoteando (hace el sonido), como gallinas monstruosas y me dijo que viéramos un video donde aparecen unos buitres  comiéndose unos cuerpos. Si escuchas ese corte y piensas en los pájaros al estar picoteando, quizás allí viene la resolución programática. Siempre me  gusta la idea de programar un poco al escucha para que también su imaginación abra otras vertientes, otros rumbos de  interpretación y sobre todo con una música que evidentemente puede ser abstracta o poco referencial.

En tus más recientes producciones hay procesos de cambio fuertes, ¿cómo visualizaste Eclíptica?
No soy de esos artistas que funcionan bien cuando preconciben una idea. No tengo ese talento. Más bien lo que acabé haciendo fue dejarme guiar un poco por el material, por el error, por lo que no sale, por lo que hay, por lo que sí funciona. Evidentemente mis procesos implican mucha búsqueda. Yo empecé con este set en 2014, que fue cuando lo presenté por primera vez en vivo. Fue mucha maduración, muy decantada y obvio no siempre tengo un solo proyecto, sino muchos que corren en paralelo. Hay muchas líneas de búsqueda y de pronto una llega a su fin. Cuando decidí grabar este disco, no tenía muy claro cómo iba a funcionar; cuando lo empecé a hacer, me impuse hacer un track por día. Sabía que eran doce tracks, dos discos, y cada track está hecho en un día.

¿Y luego fuiste recortando, recortando y todavía aplicaste más efectos?
No, ya estaba muy cargado. Meterle más hubiera sido innecesario y sí hay un nivel de edición pero por secciones, porque para hacer un disco hay que compactar, pero a final de cuentas no hay edición composicional. No puedo repetir nada de lo que está ahí.

¿No lo puedes reproducir como estaba?
Imposible, no hay forma.

A menos que pongas el disco y hagas playback.
Eso sí.

Eres un referente para los músicos de esta generación, ¿sientes que hay avances, no en tu trabajo sino como escena? He escuchado comentarios de personas que creen que quienes se dedican a la experimentación lo hacen porque  son incapaces de tocar otra cosa.
Ja ja. Es parcialmente cierto, hay una realidad en eso. Nos pasa lo mismo que ha pasado al arte. Está esta cuestión de preguntarse qué es el arte de vanguardia y el “yo lo podía haber hecho” y está la respuesta: “sí, pero no lo hiciste”.  Eso no quita que evidentemente sí haya muchas cosas muy reiterativas, con poco nivel de búsqueda y poco profesionalismo. Esa respuesta de “sí, pero no lo hiciste”,  también englobaría a quienes son miméticos y dicen: “yo quiero hacer ruido” y se ponen a hacerlo. Por eso hacer ruido es muy delicado, porque es muy homogéneo. Hay mucha repetición, esa sería mi crítica.

¿Crees que Eclíptica pueda sentar nuevas rutas para la música experimental mexicana?
Siento que es un proyecto de consolidación mío, de un tipo de búsqueda; no lo siento como de apertura. Sí se que cumple las cuestiones en torno a que es un instrumento muy propio, con una sonoridad particular, con una forma de tocarse particular, una propuesta personal, estética, pero no es el tipo de proyecto que sienta que tiene esa cuestión para abrir; siento que tengo otros proyectos que sí lo hacen, o lo hicieron, que marcaron algún tipo de diferencia. Este, como lo mencionas, es bastante estable, no tiene ese nivel de agresividad o de abstracción, es muy equilibrado.

¿Es como si estuvieras entrando en una etapa de madurez?
Yo creo que sí, porque los proyectos de choque que hice con el ruido y con cosas muy confrontativas también las siento ya muy trilladas, el mismo noise. A mí me siguen catalogando como un noisero, cuando siento que dejé de hacerlo hace muchos, muchos años. He tratado de voltear más hacia la música y estoy quizás en esa búsqueda, con menos prejuicios y aceptando más influencias que han estado allí, incluyendo lo que tú mencionabas, la influencia prehispánica o lo ritual que ya estaban allí, pero que estaban más latentes y ahora están más presentes.

Entonces, la pregunta que te hice hace rato de si abría nuevas pautas probablemente no lo estés pensando para la escena en  general, pero sí para ti mismo.
Totalmente. Sí es mi disco más logrado, por mucho. Daturas, el anterior, está hecho con guitarra eléctrica, es otro tipo de búsqueda que dejé de hacer desde entonces (2014), pero Eclíptica cumple con muchos niveles de lo que a mí me gusta como obra, es mi disco más redondo y con el que me siento más a gusto, más maduro en cuanto a técnica, forma, estrategia, escucha, concepto, disfrute; de repente hay cosas incluso como medio ambient, serenas.

¿Qué sigue para un disco como este?
Lo que haré la segunda mitad del año será promoverlo y sí, ya estoy planeando mi próximo set, no tanto el disco; estoy interesado en utilizar la voz en las prácticas rituales y creo que por ahí va. No soy un etnomusicólogo, no soy antropólogo, no me interesa eso, pero sí me interesa la apropiación, el sincretismo, la idea de juntar dos cosas, mi mundo de electrónica, circuitos y experimentación con cosmogonías y misticismo, agarrar todo y sacar mi propia creación.