Quien esto escribe llega cargado de expectativas, rumores, noticias confirmadas y otras falsas; pero también con la inquietud de, ahora sí, toparse de frente con el mismo chamuco. Tanto se le ha dicho acerca de esta música diabólica, nacida del averno, fruto de mentes enfermas y almas oscuras, que viene con ganas de constatarlo. Tal vez es una de las cosas que le han dicho, no ha trazado bien su pentagrama ni realizado los conjuros adecuados o no ha tomado la dosis necesaria de estimulantes.

Claro, piensa, el clima no ayuda mucho. Es una tarde soleada y con instantes de lluvia ligera, pero a pesar de las vestimentas negras y algunas apariencias rudas, la nación metalera desfila por los diferentes espacios en total calma. Los escenarios gemelos, a la manera del Wacken Open Air, son un acierto, dan continuidad a la música y tras la consola hay buenos ingenieros porque allí, como en los otros tres escenarios, el sonido será nítido, cualquier chirrido es advertible, porque aunque no lo crea, lector, en las vertientes metaleras hay matices, no todo es estruendo. Digamos que ese es uno de los lugares comunes que hoy se vienen abajo una vez más.

La segunda jornada del Domination México comienza a arder luego de las cuatro de la tarde y Trivium imprime el acelerador. Ha rato que los nativos de Orlando encontraron un sonido y hoy lo despliegan sin escatimar entrega y energía. A ellos les toca reventar la tarde, es el momento en que comienzan las bandas fuertes y el ir y venir entre escenario y escenario no cesa, pero se hace menos urgente.

Luego sube Ratt y quien esto escribe duda, y con razón, que tras ese heavy metal melódico, perlado de pop y muy limpio aparezca, aunque sea disfrazado, el mentado Belcebú. En los ochenta, los californianos querían ser más guapos que las modelos de sus videos y un par de éxitos (“Round and Round” y “Lay it Down”) les sirvieron de punta de lanza. Su set no es sorpresivo, aunque sí bien ejecutado. Rock directo, melódico, sin complicaciones, pero inspirador y suficiente para mantener en alto el ánimo.

Ánimo que Apocalyptica echa abajo, al menos para este escriba, quien en ese instante se percata de que en esas sábanas sedosas creadas con un arsenal de cellos, difícilmente se hará presente Asmodeo.

Hay que picotear un poco con Thrice, para llegar a donde los noruegos de Satyricon dejan ver algo de su colmillo retorcido. Aquí, la música es más oscura, ominosa si se quiere en instantes, potente y hasta perturbadora, pero también hay mucho de encanto y embeleso, porque desde el headbanger’s stage se desprenden oleadas de furia que golpean los oídos; pero mientras más duras son las acometidas, más enfebrecida es la reacción de los fans. En una hora, los hijos de Odín no dejan que surjan dudas: lo suyo es el black metal, pero si bien nunca han abandonado esa bandera, sí han sabido como evolucionar, cómo dar a su sonido vigencia y sorpresa. Uno de los puntos altos del día.

No, del famoso individuo del tridente no hay señales, pero hay que trasladarse otra vez al escenario principal, porque allí ya toca Dream Theater. No, aquí con menos razón se aparecerá Satán, pues los intrincados pasajes creados por los cinco que conforman el grupo no son de su agrado; en esas largas composiciones caería abrazado por Morfeo. Pero el paso de las huestes comandadas por el guitarrista John Petrucci es una muestra de virtuosismo y musicalidad. Aquello que en ocasiones no ha podido plasmar la banda en las grabaciones, lo hace aflorar en directo. Sí, impecables en su ejecución, pero también volcánicos.

A Alice Cooper le bastó un minuto o menos para rendir a la nación metalera. Su peso como leyenda fue suficiente y la música hizo el resto. Ya no hay la movilidad de antaño, pero la voz logra hipnotizar; cierto, su cabeza no fue guillotinada como solía hacerlo muchos años ha, pero canción a canción elevó la temperatura. Hay veces en que las palabras no alcanzan a reflejar lo acontecido y su paso por el escenario del Domination fue uno de esos.

Un cierre perfecto en una jornada en la cual el gran ausente fue Mefistófeles.