A mediados del siglo pasado, el jazz tenía que evolucionar. No podía pasar demasiado tiempo estancado. La radio y las recientes técnicas de grabación iban a aportar mayores ingredientes para su difusión masiva. Por parte de los músicos, fue necesaria la creatividad y potencia musical de uno de ellos: Art Blakey (1919-1990).

Nacido y criado en Pittsburgh, este futuro jazzman comenzó a trabajar a los catorce años en una planta de producción de acero. Después de las largas y pesadas jornadas laborales, la música era parte fundamental de su recreación. Así que, por las noches, Blakey tocaba el piano en los locales musicales de aquella ciudad. Ese fue el primer instrumento con el que incursionó en el jazz, ya que tiempo atrás había recibido algunas clases y demostraba tener una gran habilidad para la música.

Años más tarde comenzaría a tocar el instrumento que lo acompañaría por siempre: la batería. Poco a poco, Blakey se convirtió en el más salvaje y vital de los bateristas salidos del bebop. Son famosos sus redobles de tambor, sus rolls y sus explosiones. Con ella lograría desarrollar potentes y consecutivos beats que crecían hasta semejar el golpeteo peligroso de una tormenta.

Con toda esa carga emotiva, era predecible que su incursión en el jazz moderno estaba por llegar. En los años cuarenta, comenzaría a tocar en la big band de Billy Eckstine, la cual estaba orientada hacia el bop y se llamaba Cradle of Modern Jazz. Ese paso fue uno de los más importantes de su carrera. Ahí tocó junto a los grandes: Dizzy Gillespie, Charlie Parker, Miles Davis y otros músicos que lo influenciarían durante toda su larga carrera. A partir de aquellos momentos, Art Blakey desarrolló un sonido de batería enérgico y preciso, marcado por un feroz ataque a los platillos y los bombos.

Al desintegrarse aquella banda, Blakey formó la suya propia, una de las más importantes de la historia del género: Art Blakey and the Jazz Messengers. Algunos datos mencionan que su origen data de finales de la década de 1940. Sin embargo, es más preciso considerar que su hegemonía y posterior éxito fue a partir de los años 50. Por su intensa labor, se consideraría como una de las bandas de mayor innovación en el jazz durante los siguientes treinta años.

Su producción musical fue tan prolífica que durante más de tres décadas Blakey fue considerado “el padrino” de muchos jóvenes jazzistas, quienes consideraron a los Messengers como una especie de escuela superior. Tocar ahí era la mejor graduación a la que aspiraban muchos jazzistas. Implicaba tenacidad y agotador esfuerzo, pero las recompensas eran enormes.

Las antologías de jazz consideran que Blakey hizo más por los florecientes jóvenes músicos que todos los conservatorios, escuelas superiores de música y clínicas con sus teorías y seminarios juntos. Así, The Jazz Messengers fue una “universidad” de intensidad jazzística, teórica y práctica. Por ella pasaron una larga lista de músicos que, tiempo después, harían carrera como solistas, entre ellos Wayne Shorter, Lee Morgan, Freddie Hubbard, Woody Shaw, Keith Jarrett, Chick Corea, Curtis Fuller, Wynton Marsalis y Johnny Griffin.

La música de los Messengers se caracterizaba por la precisión con la que todos los instrumentos se articulaban en el sonido y el dinamismo de sus integrantes, dándole especial énfasis a la calidad de las improvisaciones de cada solista.

Recordemos que, hasta antes de 1923, no había ejecuciones de solos en ninguna grabación. En las formas tempranas del jazz no existen solos de batería. No había bateristas de marcada individualidad, su aportación se limitaba a acompañar con la mayor regularidad posible todos los ritmos. Fue en una época tardía cuando se descubrió que un baterista podía producir uno de esos momentos de tensión que tanta importancia tienen en el jazz moderno.

A partir de entonces, la improvisación en el jazz semeja al discurrir de una conversación nocturna ante amigos inseparables. Cada uno, por turnos, retoma el hilo argumentativo con su propio tono de voz y la extensión queda limitada de acuerdo al alcance de su elocuencia.

Es por eso que el beat de un baterista de jazz no es un simple efecto. Él crea el espacio en que la música ocurre. Por lo tanto, el acto musical no tiene sentido si no es posible medirlo con el beat de un baterista. Blakey lo sabía. Tenía bien claro que el ritmo, el swing, constituye el factor de orden con cada golpe de baquetas que se produce.

Pero Art Blakey no se estaba en paz. Quería perfeccionarse y conocer otros ritmos. Así que viajó a África, a comienzos de los años cincuenta, para estudiar ritmos africanos e incorporarlos a su manera de tocar. Fue el primer baterista de jazz en hacerlo. Además, a partir de la segunda mitad de los años cincuenta, formó verdaderas orquestas de batería. En ciertas ocasiones, juntó a cuatro bateristas de jazz –entre ellos el potente Jo Jones– y cinco músicos latinoamericanos, quienes ejecutaban enérgicos rítmicos inimaginables, muy al estilo orgy in rhythm. Y vaya que era una orgía rítmica.

Otra de sus grandes aportaciones al género –y que le daría nombre a todo un estilo peculiar de hacer música– se produjo al grabar un álbum con los Jazz Messengers titulado Hard bop, término con el que a partir de ese momento se conocería todo un movimiento musical.

Eso no fue todo. En 1958 grabaría otro éxito, el disco Moanin’. Con ese material, dejó estupefactos a sus contemporáneos. La pieza musical, del mismo nombre que el álbum, fue compuesta por el pianista Bobby Timmon. Agreguemos también a esa lista de éxitos las composiciones “Blues March” y “Along Came Betty”. En conjunto, este material es una de las muestras más representativas del hard bop.

Parte de su incansable actividad musical se debía a que le gustaba integrar a su banda a músicos muy jóvenes, creativos e impulsivos. “Creamos los Messengers porque alguien se tenía que ocupar de la cantera del jazz”, repetía el buen Blakey.

Cuenta la leyenda que tuvo siete hijos. Pero no le bastó esa cantidad, así que adoptó otros siete. Su motivo era, en sus palabras, “seguir con estos jovencitos. Cuando nos hagamos viejos, tomaremos unos cuántos jóvenes más para mantener la mente despierta, con la intención de tocar jazz hasta la muerte”.