¿Qué factores explican el hecho de que músicos o escritores que han construido a lo largo de sus vidas una obra sólida, original y creativa decidan en algún momento reposar en las aguas mansas de la nostalgia, de la tradición, que habitan sus propios pasados personales? ¿Porqué deciden romper con los rasgos distintivos de sus obras anteriores para sorprender a sus admiradores y críticos con un giro desconcertante, sorprendente o extraño en la hechura de sus obras aparecidas durante los años de su vejez o inclusive algunas de ellas póstumas?

Esas preguntas reaparecen una y otra vez, al observar no pocos de los perfiles creativos de artistas cuyas trayectorias, hacia el término de sus vidas, suelen ofrecer sorpresas cuando se mira el paisaje de sus obras completas. No se entiende muy bien porqué, al final de su existencia, deciden volcar sus energías a estilos, tradiciones o géneros con los que marcaron una ruptura generacional para construir una identidad propia, transformadora y desafiante de su pasado y su presente.

Ese puede ser el caso de Bob Dylan. Si uno mira el perfil de sus discos más recientes, vemos con claridad la aparición del fenómeno que Edward S. Said denominó como “estilo tardío”, ese lenguaje que suele aparecer al final de las vidas de músicos, escritores y poetas (Sobre el estilo tardío. Música y literatura a contracorriente, Debate, México, 2009). Shadows in the Night (2015), Fallen Angels (2016), y Triplicate (2017) representan con claridad el estilo tardío dylaniano. Las voces y los ecos de Frank Sinatra, Ray Charles, Ella Fitzgerald, Billie Holiday o Sarah Vaughan resuenan en cada una del medio centenar de canciones que se acumulan en estas tres obras, en las que Dylan el joven desaparece para convertirse en Dylan el viejo, un humilde trovador de covers de radio pertenecientes a los años cuarenta y cincuenta, en los orígenes del jazz y del blues, sonidos y voces que habitan las aguas profundas de su propia educación sentimental.

El Dylan de “Like a Rolling Stone”, el que sacudió las venas del folk con The Freewhelin (1963) y del rock con Blood in the Tracks (1975), que desconcertó con Street Legal en 1978 (que incluye esa joya que es “Changing of the Guards”), que escandalizó con sus conversiones religiosas en Slow Train Coming (1979), que cerró el siglo XX con el deslumbrante Time Out of Mind (1997) y que reapareció con un estallido de potencia creativa durante la primera década del siglo XXI con su trilogía discográfica maestra conformada por Love and Theft (2001), Modern Times (2006) y Together Through Life (2009), es el mismo que reaparece en Triplicate. Es otro y al mismo tiempo el mismo músico que llegó a sus setenta años en el 2011, que celebró con Tempest (2012), el antecedente inmediato y quizás último de sus arrebatos de originalidad alimentados por el gospel y el blues, el folk y el rock.

Pero, como sugiere Said, el estilo tardío no surge de manera espontánea. Si se mira con cuidado, hay en algún momento anterior la semilla de tradiciones reconocidas, las herencias culturales de los años de la infancia y la primera juventud. Son los residuos de voces y sonidos, de ritmos y atmósferas que habitaron las repúblicas de la niñez y de la adolescencia de Dylan. Self Portrait (1970) es quizás el antecedente remoto de Triplicate en la obra dylaniana. Ahí, en aquel disco que lanzó el ahora Premio Nobel de Literatura a sus entonces treinta años de edad y que en su momento fue duramente criticado por no pocos medios y admiradores como “reaccionario” y “nostálgico” —ya se sabe que para muchos nostálgico es siempre un sinónimo de reaccionario—, se encuentra toda una confesión de parte, una suerte de auto de fe, la revelación de que Dylan, el hombre/compositor/cantante que abandona la juventud para adentrarse en el territorio inhóspito de la madurez, es deudor legítimo de un pasado habitado por las grandes bandas, las canciones dulces e ingenuas que acompañaron los sueños y pesadillas de generaciones anteriores; la evocación de imaginarias noches de humo y alcohol que rodeaban la vida de los primeros músicos cantantes de blues y de jazz que dominaron las pistas de baile y las estaciones de radio en la costa este norteamericana, bajo el espeso clima cultural e intelectual de la posguerra, voces y ritmos escuchados por un niño que deambulaba vagando por las calles de un pueblo de Minnesota.

Ahora que muchos de sus compañeros de generación han comenzado a abandonar el barco (los últimos han sido J.J. Cale, Leon Russell, Leonard Cohen y Tom Petty), la propia vida de Dylan se va poblando poco a poco de sus ángeles caídos, observados en la soledad de un músico hermético, hosco, siempre alejado de los reflectores, de los medios, de la fama y de sus críticos. Hoy, en el ocaso de una trayectoria de prácticamente seis décadas, Dylan  construye en cada una de las treinta canciones distribuidas en los tres discos que integran Triplicate un mapa personal del mundo, una colección de  representaciones de su propio pasado a través de los estilos que otros construyeron antes que él y los miembros de su generación.

Quizás eso explica porqué el estilo tardío de Dylan es un inevitable giro hacia el pasado, el homenaje a sonidos y figuras que alimentaron su ruptura con el folk del medio oeste y, años después, sus divagaciones e incursiones en el mundo plástico del rock. No pocos de sus fans se han mostrado decepcionados por lo que consideran una traición, un ataque de decrepitud, acaso de senilidad, que han hecho presa del espíritu creativo de Dylan, el viejo. A sus casi 77 años de edad (los cumplirá en mayo próximo), la gira interminable de uno de los iconos del rock parece entrar al camino sin salida al que todos llegaremos más tarde o más temprano. Después de todo, tal y como lo escribió Said en su obra póstuma: “lo tardío como tema y estilo nos recuerda una y otra vez la existencia de la muerte”.