“A lo mejor hay miedo, miedo a comprometerse”.  David Cortés es contundente cuando responde a la pregunta de por qué en México casi no se editan libros —y cada vez se publican menos artículos con rigor periodístico– dedicados al rock nacional. “Me parece que la actitud de preferir escribir de lo que pasa afuera tiene varias explicaciones —argumenta el periodista—: es malinchismo o es ignorancia. La realidad es que hace falta escribir de lo que nosotros, como mexicanos, somos y hacemos. Porque yo podría escribir un libro sobre King Crimson, pero quien vive en Inglaterra lo haría mejor, ¿no? Aquí, en México, aun quedan muchas cosas por contar, por explorar”.

Las consideraciones de Cortés tienen lugar debido a que recientemente puso en las librerías una nueva edición de El otro rock mexicano. Experiencias progresivas, sicodélicas, de fusión y experimentales (Grupo Editorial Tomo, 2017), un trabajo que pone el día lo hecho por él mismo tiempo atrás. “Pasaron 17 años desde la edición original del libro”, ahonda el autor. “La primera llegaba hasta 1997, así que a la segunda le agregué casi veinte años de una historia que arranca en 1974”. Con 35 años de trayectoria periodística, David cuenta que no ha perdido un gramo de pasión a la hora de afilar los oídos y que sostiene el mismo ímpetu que hace décadas lo llevó a tomar una máquina de escribir para hablar de música. “Es que es ella, la música, lo que más me apasiona”, ataja el también responsable de La vida en La Barranca. “Con el paso de los años, me he dado cuenta de que con quien verdaderamente me casé, desde muy temprano, fue con ella”.

La remasterización de El otro rock mexicano es el pretexto de esta charla. Sin embargo, con su habitual animo incendiario, Cortés detalla por qué es una suerte de hazaña editar un libro de rock en México, al tiempo que abunda sobre la falta de compromiso de las nuevas generaciones de periodistas. “Yo tuve que hacerla de paleontólogo”, señala el escritor al hablar de quienes nacieron luego del mundial del 86 y ejercen el periodismo musical. “Ellos llegaron cuando el dinosaurio ya estaba ahí”.  

¿Por qué editar de nueva cuenta El otro rock mexicano?
Decidí retomar el trabajo de manera circunstancial. Para mí, el libro ya había muerto, pero hace como cuatro años Elena Santibáñez (Rhythm&Books) dijo que estaba interesada en hacer una reedición y de palabra quedamos que la obra aparecería pronto. Sin embargo ella tuvo dificultades de índole personal que le impidieron seguir con el proyecto. A mí muchas personas se me acercaban para pedirme el libro y yo no tenía ejemplares; sacaba fotocopias y las rolaba. Entonces decidí actualizar el trabajo para reeditarlo yo mismo. Al hacer esto vi que no podía abarcar todo lo que había ocurrido de 1997 para acá porque iba a salirme un volumen de más de 600 páginas y ¿cuál editorial se aventaría el tiro de editar un libro así? Hablé con los de Ediciones B y de plano me dijeron que no estaban interesados. Fui a Editorial Tomo y ya, ellos me dijeron que sí, que lo editaban.

Para esta versión decidiste usar una foto de Decibel como portada, ¿por qué?
1974 es el año en que se funda Decibel y la fecha que yo tomo como punto de partida para el libro. Decibel es un grupo que significó una ruptura respecto a lo que sucedía en México entonces, cuando estaban Javier Bátiz, El Ritual, Dug Dugs o Náhuatl, músicos que no tenían que ver con un espécimen raro como Decibel o como El Queso Sagrado y Como México No Hay Dos. Quien dude de lo que digo que escuche El poeta del ruido y lo compare con  un disco de Bandido, por ejemplo. Notará que entre ambos no existen puntos de encuentro.

No es la primera vez que sacas a la luz estudios sobre la escena nacional. Como experto en el tema, cuenta, para editar un libro donde se hable de rock mexicano de modo serio, ¿hay que ser sociólogo, periodista, musicólogo, antropólogo, todo al mismo tiempo? Es que pareciera una labor titánica que muy pocos estarían capacitados para concretar.  
Se necesita disciplina. Sentarse, trazar un plan y concretarlo. Yo he escuchado a personas decir que van a hacer un libro, pero no hacen nada; en el tiempo que yo ya hice dos, otros siguen sin concretar cosa alguna. A la gente no le gusta trabajar en proyectos a largo plazo, porque quizá no tiene claro cuáles son los beneficios que de ese trabajo pueden obtenerse. Para hacer mis libros he tenido que pepenar en la basura con tal de encontrar discos y luego escuchar y re escuchar varias veces; pero también leer, leer mucho. Varios creen que al empezar a hacer un libro se recibe un adelanto económico –eso pasa cuando eres un escritor amparado por una gran editorial–, pero en el terreno del rock no es así, no hay editoriales que se arriesguen. Dos puntos clave: en esto uno no se hace rico y hay que abrir brecha. Es decir, no se debe tener miedo de decir cosas porque si bien uno puede equivocarse, al mismo tiempo se forjan avenidas sobre las cuales muchos otros pueden transitar. Otra cosa: nadie llega a tocar a tu puerta para decirte que eres un chingón y que por eso se te va a dar un adelanto económico, para que investigues y escribas. Eso nunca va a suceder. Hacer un libro ofrece beneficios que pueden capitalizarse a la larga.

¿Qué has ganado tú con El otro rock mexicano?
Si la pregunta es si he ganado dinero, respondo que no. Pero tampoco he perdido. Evidentemente, he ganado una reputación. aAlgunos conocen mi trabajo, saben que soy profesional, confiable. No escribo a la ligera y aunque a veces suelto opiniones que pueden calificarse como temerarias, procuro hablar con cimientos. En este libro abarco muchos años de historia, analizo una escena que varios desdeñan y por eso estoy orgulloso de él. Porque sí, siempre hay que batallar con la gente que considera que el rock mexicano no existe, pero para ellos también escribí este texto. Somos poco dados a reconocer el trabajo de otros, no somos agradecidos. En México hay músicos que yo calificaría como genios, pero cuyas relaciones públicas son nulas. Hablo de gente que no ha podido grabar decentemente, pero cuya obra, a pesar de las carencias, permite rastrear la existencia de una mente maestra detrás (como ocurre con Arturo Meza, por ejemplo). Al final, independientemente de que guste o no el rock progresivo, si alguien está interesado en la música y el periodismo, debería leer El otro rock mexicano. Porque parte de nuestra historia está ahí, esa historia no oficial que opera como un foco de resistencia.


David Cortés

Hablas de música y periodismo, de la importancia de dar cuenta de la existencia de focos de resistencia. ¿Es que los periodistas estamos haciendo mal nuestro trabajo? Es decir, inamovible para la generalidad, prevalece la tendencia de hablar siempre de los mismos grupos bajo los mismos términos; se publican entrevistas diseñadas en serie, con un esténcil mental. Huelgan textos rebosantes de verborrea, con sobredosis de hype, basados en el prejuicio, flojos a la hora de investigar.
Hay que separar. Evitar las generalidades. Hablas de los periodistas. Pero, ¿quiénes son exactamente los que no hacen su chamba? Existe una nueva generación de periodistas que yo no encuentro tan comprometida. Es decir, cuando esta gente llegó, el dinosaurio ya estaba ahí. En cambio, yo, por ejemplo, tuve que hacerla de paleontólogo (y de personas como José Luis Pluma, Arturo Castelazo o Walter Schmidt, que estuvieron antes que yo, ¿qué te digo?, todavía más la hicieron de paleontólogos. Ellos llegaron a remover la tierra y a mí me enseñaron por dónde seguir cavando). Las nuevas generaciones están viviendo en un parque de diversiones, en la onda de “ah, qué bonito, qué padres los dinosaurios”. Pero no saben lo que hay detrás. Aunque algunos hemos procurado informárselos, para ellas nada hay en el pasado. Pareciera determinante que para escribir de música fuese básico ser joven, como si los veteranos no tuvieran nada por decir, pero, claro, en esta apreciación han colaborado justamente los miembros de la vieja guardia que se han enquistado. ¿De qué manera? Argumentando que la mejor música es la que ellos escuchaban en su momento. A mí ya no me sorprenden muchas cosas, pero hago el ejercicio mental de quitarme treinta años de encima para escuchar a una banda nueva y wow, entiendo muchas cosas. No se vale censurar desde la postura de quien cree que ya lo escuchó todo. Finalmente, en las nuevas generaciones, así como en las veteranas, hay arrogancia.

¿Qué ha pasado en tu caso, por qué no te has enquistado?
No sé. Soy muy curioso. A veces me siento ignorante cuando alguien me menciona un grupo y yo no sé nada al respecto. Vaya, en muchas ocasiones luego indago y descubro que no me estaba perdiendo de nada; pero a veces descubro algo bueno, algo que ya tiene años de historia y yo por idiota no lo conocía. Y es que es ella, la música, lo que más me apasiona. Con el paso de los años, me he dado cuenta de que con quien verdaderamente me casé, desde muy temprano, fue con ella. Por ejemplo, ahora tengo cien discos, aquí, en mi casa, esperando ser escuchados. Se acumularon, no sé por qué.  Y los tengo que escuchar. Yo me arriesgo, me encuentro un disco de rock mexicano, lo veo y me pregunto: “Bueno, ¿esto de dónde salió?”. E investigo. Otros periodistas siguen esperando a que les lleven a las manos las cosas; yo tengo otra forma de acércame a la música.

Son los tuyos 35 años de trabajo en el ámbito periodístico, David. ¿Alguna reflexión al respecto?
35 años… Bueno. Hay que seguir trabajando. No estoy donde quisiera estar. Creo que quienes hemos trabajado en este ambiente deberíamos tener más reconocimiento. Es decir, los periodistas, los músicos, los productores. Todos. Pero también necesitamos concretar más cosas, más libros, más discos, que las estaciones de radio posean propuestas sólidas, que los escuchas estén conscientes de lo que hay en su entorno inmediato. Hace falta mucho trabajo. De momento, yo ya puse otro granito de arena con El otro rock mexicano. Pero habrá más.