Las luces se apagan con puntualidad inglesa. La efervescencia se desata. Al aparecer uno a uno los integrantes de la banda (Roger King, teclados; Gary O’Toole, batería;  Jonas Reingold, bajo; Rob Townsend, sax, flauta, percusiones), los gritos son ensordecedores; no obstante, cuando Stephen Richard Hackett, mejor conocido como Steve Hackett, finalmente pisa el escenario, las demostraciones de euforia rayan en el delirio. Esa electricidad que se ha acumulado en los días previos a esta noche que el guitarrista ha titulado Steve Hackett Genesis Revisited, Solo Gems & GTR 2018 Tour de Force, se desencadena con fuerza y no cederá hasta el final, tres horas después (incluida una pausa de 20 minutos).


Fotografías: Germán García para Dilemma Entertainment

El inicio es preciso, aunque un poco flojo, dada la elección del tema (“Please Don’t Touch”), pero sirve a la banda para ajustar aquello que se encuentre fuera de lugar; sin embargo, al escucharlos en los primeros minutos uno sabe que si algo caracteriza a la sesión de hoy es que nada está fuera de lugar. Perfección absoluta. Aunque en medio de este perfeccionismo hay  mucho nervio, víscera, garra, emotividad. Hackett y compañía tocan con extrema solvencia, alcanzan cuotas de virtuosismo, pero es la expresividad puesta en cada interpretación lo que da un toque de distinción.

Cuando el cantante Nad Sylvan aparece, la euforia se hace patente de nueva cuenta. La primera parte del concierto está dedicada a las composiciones del inglés en su faceta solista, canciones como “Behind the Smoke”, “Icarus Ascending” —una versión a la original de Richie Havens, salpicada con un poco de reggae—, “In the Skeleton Gallery” —con un cálido diálogo entre la armónica, interpretada por Hackett, y el saxofón que la acerca al blues—, pero los puntos climáticos llegan al desplegarse las primeras notas de “When the Heart Rules the Mind” , éxito ochentero con GTR y el cierre que hace de esta primera tanda con “Shadow of the Hierophant”, en la que la banda va creando una tensión que sube, sube, sube cual si fuera marea y amenaza con romper, pero nunca llega a hacerlo, aunque sí logra generar una atmósfera de una belleza abrumadora y sublime.

El segundo set se dedica íntegramente a rememorar algunas de las canciones de Genesis y por momentos, cuando eran cinco sobre el escenario, eso parecía más que una evocación, era como si el tiempo no hubiera transcurrido y estuviéramos frente al quinteto, ante la formación más sólida de la historia de esa banda. A diferencia de aquella vez que regresó a las canciones de su grupo madre —Genesis revisited (1996)—; Steve Hackett ahora no experimenta con los arreglos y en cambio recupera el espíritu primigenio de los temas. 

Desde que “Dancing with the Moonlit Knight” abrió este segundo momento, se opera una especie de encanto. El hilo invisible tendido entre la agrupación y el público se vuelve más férreo y a la respuesta de los asistentes Hackett y compañía responden con mayor entrega. Si algo caracteriza esta parte de la noche es que el guitarrista y sus compañeros no escatiman en musicalidad. Hacen alarde de virtuosismo, se regodean en los arreglos y los hacen llegar con energía, como si fuera la primera vez que los presentan.

Una a una, canciones como “Inside Out”, “One for the Vine” y “The Fountain of Salmacis” se despliegan. Una a una consolidan ese lazo entre los seis sobre el escenario y sus fanáticos. En “Firth of Fifth”, el solo de guitarra es sencillamente hermoso, uno de esos instantes en los que la conexión entre instrumentista e instrumento se ve triangulada por la intangible aparición de una deidad que vuelve el momento irrepetible.

Hackett y sus músicos están visiblemente emocionados —el guitarrista manifestará su contento en su cuenta de Twitter acabado el concierto— y esa emoción la imprimen en cada una de sus notas. El cierre llega con un combo impresionante. Primero “The Musical Box” y luego ese tour de force que es “Supper’s Ready”, la composición que ha marcado el fin de todas sus presentaciones en esta gira por América.

Sin embargo, la fe es poderosa, el clamor fuerte y ante la demanda  los seis regresan para rematar la noche con “Los Endos”. Luego de alcanzar el éxtasis, finamente la música se apaga, las luces se encienden, persiste el eco, las paredes parecen hablar, los murmullos son como un coro en el que se detectan fragmentos de lo escuchado. En medio de ello, queda la certeza de que este ha sido un concierto excepcional, una noche en la cual todo se combina para dejarla impresa en la memoria. Un pedazo de cielo en medio de un trozo de tierra.