Cuando era un adolescente de once años y me atraparon los Beatles, pensé que un día, con el paso del tiempo, cuando yo madurara, dejaría de escuchar rock. No fue así…

No maduré y no dejé de roquear.

Al cumplir veinticinco años, creí que eso ya había ocurrido, descubrí el free-jazz y lo que se conoce como música seria: Schoenberg, Berio, Nono, Varese, Boulez, Berg, etcétera. Pero, fuera como fuera, regresaba a los Rolling Stones y Led Zeppelin; aunque ya no estuviera al pendiente de los éxitos del momento.

Así fue como di con The Clash, Bruce Springsteen, The Cramps y Pere Ubu. Imposible dejar de oír la música de la gente joven, si es la que más rifa; aunque nunca deje de sonar adolescente y mal cocinada. Después vendrían Cypress Hill, Ice T, Queen Latifah, Afrika Bambaataa, etcétera.

Resultado: el rock no madura, no crece. Siempre es algo de gente menor de treinta años, en tiempo simple de 4/4 y con muchos tamborazos. Pero es encantador, seduce.

Hace unos años, en Teoría contracultural (Cuadernos de El Financiero, 2007) intenté establecer mis diez LP favoritos. Sólo pude nombrar siete:

1. Highway 61 Revisited (1965), Bob Dylan.
2. Aftermath (1966), The Rolling Stones.
3. Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967), The Beatles.
4. Electric Ladyland (1969), Jimi Hendrix.
5. Uncle Meat (1969), Frank Zappa.
6. LiveDead (1969), Grateful Dead.
7. Cheap Thrills (1968), Janis Joplin con Big Brother and The Holding Company.

Ahora agrego los tres faltantes, pero —en tanto que mi lema vital es que los volubles nunca cambian— no es algo definitivo:

8. Trout Mask Replica (1969), Captain Beefheart & His Magic Band.
9. Ummagumma (1969), Pink Floyd.
10. Creedence Clearwater Revival (1968), CCR.

Mi año clave para el rock fue, entonces, el de 1969. Cuando John Lennon declara terminado el sueño de los Beatles y cuando, a mi personal entender y vivir, se inició la revuelta contracultural permanente de la gente joven del futuro contra las momias lúgubres del pasado. ¡Nunca más Los Panchos con Eydie Gorme!

En fin, de tener un grupo favorito, es, sin lugar a dudas, The Beatles: dominan la época, desde 1963 hasta el momento presente. Lo más serio, creo que es Frank Zappa, un músico con la altura y calidad del súper underground Conlon Nancarrow.

Sin embargo, lo más mío y próximo a mi gusto es Captain Beefheart and The Magic Band. Tanto la persona de Don Van Vliet como creador de imágenes, como la de su Capitán Corazón-de-Bisteck expresan un alto grado de independencia e imaginación. Un modelo sobre el que he venido tejiendo mi vida.

Ya nada es como entonces. Ahora hay YouTube y se diluye en el aire la noción de álbum conceptual. ¡El moho nunca duerme!

Pero lo que más me conmueve de este nuevo momento sociocultural, ya en tal caso, es el videoclip: “Reginald and Julios playing mbira music”.

Es el origen de toda la música. Pues de África vienen la fundición de metales y los instrumentos musicales más antiguos y complejos, precisamente como la mbira de Julius. Ambos músicos viven de modo nómada y no buscan dinero o fama, sólo la buena vida en libertad. Pero lo trascendente, para mí, en este videoclip populárico, está en ese escuincle simpático que baila y baila cabalgado por algún oricha del monte. Es el porvenir del rock que nunca muere.