Weiß/Colonia (Alemania), 31.10.

Desde Montevideo, Jorge Risi me da, de una manera escueta, la noticia de la muerte de Viglietti. Como si no tuviese uno tristeza bastante a cuestas. En esta casa lo queríamos mucho. Y en la emisora, en la Radio Deutsche Welle, trabajamos bastante juntos. Le encargué la música para Adiós, Robinson, el único radioteatro que escribió Cortázar. E hice con él una serie, Del Río Grande al Río de la Plata, con trece relatos de viajeros alemanes por América, a la cual Daniel le puso el fondo musical con su guitarra. Y más cosas que ahora no recuerdo. ¿Y el lujo de haberle oído cantar algunas canciones por primera vez? Siempre que venía a Colonia, y vino muchas veces, se alojaba en el apartamento de César Salsamendi, amigo suyo desde Montevideo y amigo íntimo y compañero mío en la Deutsche Welle. Muchos días, cuando Daniel estaba en Colonia, después del laburo nos íbamos todos a casa de César, a platicar y hacer música. Y un par de veces nos sorprendió con premières de canciones que luego fueron cantadas por toda América Latina. Y por cierto que el traductor de las letras de sus canciones al alemán es mi querido Carlitos. ¡Qué tristeza, dioses todos, qué tristeza! Y en medio de la tristeza, ay, sonrío pensando en Daniel desalambrando el cielo.

 

Weiß/Colonia, 1.11.

Un comentario de Pepe Baena, desde Puta [sic, por Punta] Umbría me inspira escribirle a Miguel Sáenz, honra y prez de la traducción y de la Real Academia: «Te escribo porque la muerte de Daniel  Viglietti me llevó a mirar el diccionario para ver si está incluido el verbo “desalambrar". Y no lo está. Y creo que sería un lindo homenaje a DV el que la Academia homologara ese verbo tan unido a su persona. Si hay “atar” y “desatar”, “armar” y “desarmar”, “concertar” y “desconcertar”, ¿por qué sí “alambrar”" y no “desalambrar”? ¡Si la Academia ha admitido incluso “desbeber”! Te dejo la pelota en el tejado». Miguel me contesta al poco rato, diciéndome que le parece muy oportuna mi propuesta y se ocupará del asunto. Sursum corda!

 

Weiß/Colonia, 2.11.

Almorzamos Carlitos [Karl Julius Müller] y yo en La Modicana, platicando acerca de Daniel. Lo primero de todo es pedirle disculpas a Carlitos por haberle dado la noticia a palo seco, por teléfono: «Ha muerto Daniel Viglietti». Pero lo hice porque el domingo leí en el diario un reportaje con un policía de Colonia que ha tenido que comunicar 250 muertes a los familiares de las víctimas y lo que se me quedó más grabado es aquello que le dicta su experiencia, decir lo primero y a palo seco la noticia en sí: «Señora, su hijo ha muerto”, por ejemplo. Menos mal que Carlitos también leyó ese reportaje y entiende ahora mi sequedad en la comunicación de la noticia. Luego evoco un día en París, mediados los 80, cuando Daniel y Annie Morvan todavía eran pareja y Trilce una chamaquita y vivían en un apartamento en Ivry–sur–Seine, recién pasado el bulevar periférico, al sudoeste del bosque de Vincennes, nombre que siempre me hace evocar el recuerdo de la desdichada Mata Hari, fusilada en los fosos del palacio que hay (o había) allá. Aquel día lejano estaba de visita la madre de Daniel y nos hizo unos ravioles de los que no se olvidan. ¿Por qué será que muchos de los mejores recuerdos que atesoramos están relacionados con buenas comidas?

 

Weiß/Colonia, 3.11.

0:25 am : Veo recién ahora el nuevo posting de Ángeles Mastretta en su blog, motivado por ese día tan especial en México que es el de los santos difuntos. Una joya su prosa. Le dejo un comentario:

«Arcángeles querida, la que escribe como los ángeles, te cuento aquí inter nos que la primera medida tomada por Daniel Viglietti al llegar al cielo ha sido ponerse a desalambrarlo. Pronto cabrán todos nuestros muertos allí, dale un poco de tiempo a Daniel, que como buen oriental (uruguayos sólo son los futbolistas, decía Borges) es concienzudo y constante. No más dale su tiempito, tiene que desalambrar media eternidad. Pero tengo fe en el flaco, no desfallecerá. [Escribo esto y me entra un repeluz metafísico: ¿Y si des–fallecer fuese re–vivir?]»

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