Día de muertos y el Zócalo lo mismo alberga catrinas, hombres lobo, Fridas (Khalo, por supuesto) o vampiros chimuelos. Ese sincretismo característico del lugar hoy se traslada a la parte musical, en la que cuatro grupos se dan cita para alegrar un día que, paradójicamente, debiera ser triste.

La plancha del centro histórico acoge a distintos exponentes de la fusión. Uno, cuyo nombre no recuerdo porque en realidad no me interesaba verlo, se encarga de abrir la sesión, de medio calentar el ambiente, aunque también logra ahuyentar a curiosos con poca paciencia.

Para quien esto escribe, la razón de estar en el Zócalo comienza con Klezmerson, agrupación que hoy “prueba” sobre el escenario Beriah –la placa forma parte del Masada Book III, un proyecto del saxofonista John Zorn–, nuevo disco que por complicaciones logísticas del sello neoyorkino Tzadik aparecerá hasta el próximo año. La música tiene algo de festivo, bebe del folclor europeo, de la música klezmer, del son, pero en ella también hay rock, jazz, ritmos latinos y el todo –no obstante su eclecticismo– suena coherente, equilibrado.

La banda (Carina López, bajo; Gustavo Nandayapa, batería; Federico Schmucler y Todd Clouser, guitarras; María Emilia Martínez, flauta; Mauricio Díaz “Osito”, flauta y saxos; Carlos Metta, jarana, percusiones) liderada por Benjamin Shwartz (viola, teclados) comienza con cierta cautela, ataca un tema lento, con poco movimiento, incluso irradian algo de nerviosismo. Algunos problemas de audio restan impacto a los minutos iniciales, pero una vez superados, la música fluye libre, sin cortapisas, es riachuelo que tornará embravecidos rápidos.

Hay rasgos de flamenco, destellos de funk, jazz. La música cobija poco a poco y los asistentes se dejan seducir y aumentan en número conforme avanza la tarde; no es necesario decirles, explicarles del nivel de los músicos que están sobre el escenario, porque los sonidos hablan por sí mismos, son atrayentes, subyugantes. Las flautas son gozosas, reminiscentes del cha cha cha por momentos y la viola ora dialoga con el bajo, ora deja paso a los  teclados que se enzarzan en tremenda batalla con la guitarra eléctrica.

Conforme se acerca el final, los integrantes de la banda, quienes habían estado sentados prácticamente todo su set, finamente se levantan. Ellos mismos han caído bajo su propio embrujo y Klezmerson cierra por lo alto, deja la plancha del zócalo más caliente que el sol que aún ilumina la tarde.

Troker, como la agrupación siguiente, es un peso pesado de la música de fusión en este país. Algunos cambios de alineación no han mellado el sonido de la banda que tiene en Samo González (bajo), Frankie Mares (batería) y Christian Jiménez (teclados) una férrea cimentación.

El primero crea momentos hipnóticos, a veces monótonos, pero también junto con la batería de Mares genera una base funk gorda, sucia, grasosa y hasta erótica que Jiménez aprovecha para deslizar  notas cargadas de sicodelia, jazz y funk.

En los alientos, Chay Flores (trompeta) y Diego Franco (sax) terminan de imprimir calor, color y variedad a una propuesta que ha atravesado los años sin saber de anquilosamientos. Si bien en el repertorio aparecen clásicos de la banda (“Príncipe charro”, “Chapala Blues”, “Tequila Death”), también hay temas de un nuevo disco de inminente aparición. DJ Sonicko, en tornamesas, ha dejado de ser el “colocador de efectos” para integrar su arsenal –¿viniles, cedés, sampleos?– a la sonoridad global del grupo: subraya, genera ambientes y el momento en que Chay Flores toca unas notas y él las replica, cual si fuera eco, es espectacular.

Troker dejó claro que, luego del regreso a las canchas de Rafa Márquez, ellos son la next big thing.

Si Klezmerson calienta el Zócalo y Troker lo pone a hervir, Francisco el Hombre, el combo méxico-brasileiro-colombiano, finalmente lo derrite. Con un despliegue importante de energía, el quinteto explotó con contagiosas canciones cuya temática es la solidaridad, la resistencia, la hermandad y en donde, además de folclor, inyectan un poco de hip hop y rock.

Francisco el Hombre es un volcán en el escenario, una agrupación que reivindica la necesidad de la unión para romper la hegemonía del poder, la clase de colectivo que siempre es bien recibido porque a sus buenas intenciones añaden hechuras y que cerró una muy buena tarde de día de muertos.

Klezmerson y Troker entregaron la música; Francisco el Hombre hizo el show.