Cualquier día de cualquier mes de cualquier año es bueno para escuchar música. Pero de pronto, por alguna extraña razón, diciembre parece un mes ideal, más apto que los demás, para prestarle oídos al arte de la música. Hay algo en el ambiente, en la atmósfera, que invita a la reflexión o, más que eso, a sumergirse en estanques de tristeza. Quizá los responsables de este soplo mórbido sean escritores como Dickens, Andersen o Dostoievski, grandes narradores que vieron en la Navidad la coyuntura para capitalizar su cacería de conciencias. Es como si la pobreza, la soledad, la nostalgia, estallaran en forma incontrolable. Pero cabe preguntarse: si el ambiente se presta al abatimiento, ¿por qué no escuchar música que nos permita respirar sin sentir el pecho oprimido? Porque la música extiende sus manos y procura alivio a los corazones maltrechos.

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¿Cómo no escuchar el Oratorio de Navidad de Bach que hunde a sus escuchas en climas de meditación y gratitud, que bien visto extrae las impurezas del alma? Pero no nada más esta obra de Bach cumple ese cometido. Cima elevadísima del barroco, la humildad que precedía al padre Bach torna su música una fuente de consagración. Sus suites para violonchelo solo, por ejemplo, o su concierto para dos violines o sus Variaciones Goldberg, cualquiera de esta música que se seleccione hace de los tiempos navideños el mejor terreno para revestir de optimismo la vida cotidiana. Pero no sólo es Bach. En general, la música calma y serena. Precisamente Bach tenía en su mesa de trabajo ciertas líneas de Lutero: “La música es una semidisciplina que vuelve a los hombres más pacientes y más afables, más modestos y más razonables. Es un don de Dios y no de los hombres; por eso ahuyenta al demonio y produce alegría. Con ella se olvidan la cólera y todos los vicios (…) La música es el bálsamo más eficaz para calmar, para regocijar y para vivificar el corazón del que está triste, del que sufre. Es un regulador que suscita en las personas afabilidad, benevolencia, modestia y sensatez”.

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Digo, que cómo no sentarse a escuchar las sonatas para viola de Brahms, o su quinteto para clarinete y cuerdas, que colman el corazón de esperanza. ¿Y qué decir del divino Mozart, que con su alegría imperecedera imbuye de aliento y ganas de vivir al alma más triste? ¿Cómo no escuchar atentísimos su vigésimo concierto para piano y dejar que aquellas notas llenas de dicha y de vigor nos imbuyan y tornen luminosa nuestra existencia gris? ¿Y Beethoven, el grande, inmenso Beethoven, que abrevaba del dolor humano para nutrirse de vida y vaciarlo en su obra, transmutado en estado de gracia? No en balde se le escucha y la transformación se produce. Como luego de sumergirse en agua benigna y tonificante. Basta con escuchar su Missa Solemnis. Pocos, muy pocos han logrado establecer esa interlocución con Dios. Es como si Dios nos amara a través de la música. De esa música. Como si nos tendiera la mano a través de las pulsiones beethovenianas. ¿Y Schubert?, ¿el delicioso Schubert bajo cuya música nos brotan las alas y despegamos el vuelo? ¿Acaso no es La Trucha una de esas obras que nos hacen levitar de tan frescas y desparpajadas, tan libres? ¿Y Mendelssohn, ese hombre tan alejado de los conflictos habituales, no es el remanso para toda alma abandonada? ¿No es su Concierto para violín obra cumbre que nos aleja del desconsuelo de estar vivos? No son nada más estos compositores los que nos apartan de la tristeza proverbial navideña. La música toda tiene esa virtud. La música que eleva nuestro espíritu nos aproxima a un amanecer luminoso.

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