Un día del año 2012, en Moscú, se me ofreció ir a un planetario. Hayan sido los soviéticos muy duchos en asuntos espaciales, mis sensibles globos oculares rehuían un poco la idea. Pero inmediatamente después se me informó en ruso algo así como “va a tocar Pink Floyd”. Cosa muy extraña aquella: Pink Floyd ya no existía y era altamente imposible que se juntaran los tres miembros restantes para tocar en un planetario en Moscú. Cuando me repitieron más lentamente, entendí mejor: “van a tocar música de Pink Floyd”. Bueno, me dije, así ya cambia la cosa. Luego pensé, erróneamente, que al son de Pink Floyd íbamos a ver planetas, estrellas y cometas, acaso el lado oscuro de la Luna.

Craso error. El “show” se trataba, sí, de poner todo un disco del grupo —yo atendí a la puesta de Wish you were here (1975)—, pero en vez de astros nos pasaban imágenes cambiantes y terroríficas, bolas de color azul vincapervinca que se convertían en triángulos color carmín y luego en rombos argentados. Preferí cerrar mis ojos y escuchar la música de mi banda de rock favorita en vez de marearme con aquel espectáculo visual. En el último acorde de Shine on you crazy diamond, parte IX —en la que Rick Wright cita musicalmente See Emily play—, y en cuanto el planetario se quedó en silencio, un ruso que se quiso hacer el chistoso gritó “Na konets-to!”, o sea “¡Por fin!”/”¡Ya era hora!”/”¡Al carajo, yo me voy!”. No lo culpo (bueno, un poco; ¿para qué paga un boleto sin saber a lo que va?). Sintetizadores chirriantes, guitarras cósmicas y ritmos lentos no son para todos.

Algo parecido ocurre con el último disco de Pink Floyd, The endless river (2014). No es para todos. Ningún disco lo es, en realidad. Pero era algo que muchos anhelábamos no con esperanza, sino con abierta resignación. Un oasis en medio de un prolongado desierto musical. Algo que uno sabe que no va a pasar y, sin embargo, tiene la ilusión derrotada de que pase: un auténtico milagro. Si la reunión de Roger Waters, David Gilmour, Nick Mason y Richard Wright durante el Live 8 en 2005 fue algo que nadie esperaba, dejándonos boquiabiertos y derramando lágrimas, un nuevo disco de estudio era ya mucho pedir.

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El 15 de septiembre de 2008 murió Richard William Wright, tecladista (espantosa palabra) de Pink Floyd. Era callado, de bajo perfil. Su introversión se trasladaba a su música y a su canto. Jamás se le escuchó un “solo” como los de Keith Emerson, Rick Wakeman, Tony Banks, Jordan Rudess. A la altura de la banda, Richard rellenaba espacios, creaba texturas: su órgano Farfisa, el Hammond y más tarde el Kurzweil constituían la sola armonía de Pink Floyd. Gran improvisador, en su estilo. Y con una voz baja, dulce, rasposa e íntima. The endless river está dedicado a él: de hecho, Wright “toca” en casi todas las piezas mediante grabaciones viejas y recientes.

Pink Floyd ha lanzado un disco fiel a su estilo, y a la vez diferente al resto de su catálogo, porque es enteramente instrumental salvo por una canción, Louder than words, la cual supuestamente resume la historia de la banda. En realidad ha sido un álbum hecho para fanáticos, pues difícilmente quien congenie con la música moderna encontrará algo rescatable en su contenido.

Hay cosas que se agradecen en el nuevo lanzamiento. Que Pink Floyd siga existiendo en 2014, para empezar. O que Gilmour tenga a sus casi 70 años la voz que tenía en 1968, con una guitarra que va más allá de una simple progresión de acordes. Se escucha en Nick Mason, aunque sea por momentos, una batería audaz, una exploración de su instrumento como no lo había hecho en treinta años. El exquisito piano póstumo de Wright en The lost art of conversation y su exploración de vibráfonos, sintetizadores, órganos y pianos eléctricos en cada pieza es también algo que merece celebrarse. Incluso un órgano (de tubos, pues) que Wright tocó en el otoño de 1968 antes de un concierto suena por algunos segundos en Autumn ’68.

Que el disco sea instrumental casi por completo sintetiza al mismo tiempo originalidad y limitación. Desde su primer álbum, The piper at the gates of dawn (1967), Pink Floyd se había caracterizado por balancear sus discos entre piezas instrumentales y vocales. Pero en ese tiempo estaba la cabeza de Roger Waters, uno de los más grandes compositores y escritores de letras musicales en la historia.

Hoy Waters ya no está, y su ausencia es funesta. No porque no haya estado ausente antes, como en A momentary lapse of reason (1987) y The division bell (1994). El año 2014 presenta un contexto muy distinto para la aparición de un disco bajo el nombre Pink Floyd: Live 8 los reconcilió y se abrazaron ante los ojos de millones —además de haber tocado impresionantemente bien—; en su tour de The Wall en 2011, Waters trajo a Gilmour y Mason a tocar en un par de canciones. En los videos se mostraban todos muy sonrientes. La oportunidad era propicia para que un futuro disco de estudio vislumbrara la posibilidad de traer de vuelta a la principal fuerza creadora de la banda, pero no fue así. En una entrevista reciente para la BBC, Gilmour dijo que jamás se habló de que Waters estuviera involucrado. No, no, no, no… no, dijo.

Sabíamos desde hace un par de meses, pues, que Waters no estaría allí. En lo particular, fue por esa razón que muchos no nos hicimos ilusiones en torno a escuchar un Pink Floyd consolidado o siquiera completo, ni por supuesto algo que estuviese a la altura de los álbumes de los setentas. ¿Por qué no invitar a Waters a componer un par de piezas y tocar en algunas otras, como se invitó a Syd Barrett a hacer lo propio en A saucerful of secrets (1968)?

Como eco de que las ausencias pesan, el propio disco tiene algunos “bonus tracks”, o sea piezas que se quedan fuera del original —TBS9, TBS14 y Nervana, disponibles en el CD de lujo— donde se viven varios de los puntos acaso más álgidos de estas sesiones, y que por alguna razón fueron sustituidos al final por grabaciones de minuto y medio. ¿Por qué?

Y si la nostalgia abunda en el álbum es precisamente porque no se trata de algo nuevo, o no en parte, sino de cerrar un capítulo en la vida del grupo (y de Gilmour en particular). Hay referencias clarísimas a lo largo de The endless river a muchas composiciones pasadas como Welcome to the machine, Keep talking, Another brick in the wall (part 1), Run like hell, High hopes o Comfortably numb, e incluso en Anisina se escucha la misma base de piano que en Love scene (version 4) del soundtrack de Zabriskie point (1970), más tarde retomada para Us & them en The dark side of the moon (1973).

En una época en que 95% de la música producida en el planeta se hace por negocio y en donde la música mediocre apabulla a la que tiene calidad o algo útil para decir, uno esperaría, sí, que un disquito que en la portada dice “Pink Floyd” trajese no novedad, sino lo contrario: una lección de cómo se deben hacer las cosas. Una crítica, un mensaje; algo. En un momento histórico en que el director de EMI proviene de una empresa que hace galletas —o sea, sin una pizca de experiencia en producción musical— para jugar al mercadito y vender, vender y vender, uno tendería a pensar que Pink Floyd regresa para mostrar a esas personitas que la música es otra cosa.

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En ese sentido, The endless river aporta tanto como decepciona. Lo primero porque es un disco fuera de todo convencionalismo —así lo sostuvo Nick Mason hace unos días—, incluso si se le compara con el resto del catálogo de Pink Floyd, y lo segundo porque no alcanza a tener la supremacía necesaria, ni entre los fanáticos ni en el mercado de producción musical contemporáneo, para ser un referente de la(s) otra(s) músicas(s) posible(s), y es ahí donde pesan las ausencias.

Podemos comparar el caso del efímero regreso de Pink Floyd con el aún más efímero retorno de King Crimson, quizás la única banda de rock que se ha mantenido fiel desde 1969 a la creatividad por encima del negocio. Los primeros hacen un disco sin ninguna posibilidad de gira, mientras que los segundos realizan un tour sin ningún deseo de sacar un nuevo disco, hastiados de la industria musical. En octubre de 2014, Robert Fripp organizó una gira de un mes en contadas ciudades de Estados Unidos, donde se dio una verdadera campaña por suplicar a la audiencia, no que apagara sus teléfonos, sino que ni se les ocurriera sacarlos. El primer teléfono que Fripp viera en manos de una persona, hubiese significado que la banda dejaba de tocar. “Usen sus oídos para grabar y sus ojos para tomar video”, advertía antes de cada presentación. El tour duró un mes y se acabó. Fue conciso y en auditorios con menos espacio que el extinto Teatro Pedregal. Pero la lección de King Crimson fue sublime, penetrante para quienes nos interesamos más por la música que por el sonsonete. Es la prudencia de ser imprudente. Hacer más haciendo menos.

A Pink Floyd le falta ese pequeñísimo paso adelante en The endless river. Pero quizás soy injusto porque no es ése su objetivo. Es un disco hecho, amén del egoísmo, para ellos, para los dos individuos que aún componen la banda y para la memoria de Wright. Nada más. Por eso es que sólo el fanático empedernido, o el pretencioso empecinado —los que por “Pink Floyd” entienden esas bolas vincapervinca fosforescentes y otras tonterías—, hallarán en él momentos de grandeza, pero sobre todo de nostalgia. Nostalgia de los buenos años, de cuando eran cuatro individuos, de las giras conceptuales, de las canciones de 20 minutos y no de 60 segundos.

Con su nuevo álbum, Pink Floyd nos hiere tanto como nos complace. De ninguna manera cae bajo como la porquería de disco que sacó Yes también en este año, pero tampoco es la modesta y callada gira de King Crimson que —al menos para mí— revolucionó la forma de hacer música y de dialogar con la audiencia.

The endless river es, sin temor a equivocarme, otro ladrillo en la pared.

 

 

 

6 comentarios en “Pink Floyd: un interminable río de nostalgia

  1. Hola Rainer, me gustó tu artículo aunque todavía no escucho el nuevo álbum. Cuando se anuncio que iba a salir un nuevo material de Pink Floyd sin Roger Waters, como fan que soy de ésta banda, me obligue a publicar en mis timeline de redes sociales que sabía que iba a estar gacho el nuevo disco y también sabía que me iba a gustar. Sí, estoy de acuerdo, es otro ladrillo en la pared. Saludos.

  2. Como todos, soy un fiel seguidor de la banda, el disco me ha parecido excelente, el sonido, un sonido muy Pink Floyd, más las ausencias duelen, un disco más maduro, con más camino recorrido y como bien dicen otro ladrillo en la pared.

  3. Si bien, Gilmour y Mason son capaces de lograr sacar adelante ese característico “sonido Pink Floyd” en este álbum, definitivamente se siente màs que nunca la ausencia del talento compositivo de Waters, y aunque varias atmósferas de Wright lograron permanecer en este àlbum, uno aùn se cuestiona si quizàs no habría sonado más gigantesco este álbum con ideas frescas del músico en vez de sus viejas grabaciones. Muy acertado el comentario “hiere tanto como complace” al respecto. Grandiosa reseña.

  4. Aunque Gilmour y Mason logran producir en este àlbum el característico “sonido Pink Floyd” la verdad es que la ausencia de Waters es totalmente perceptible, y aunque varias grabaciones de Wright lograron quedarse en el álbum, uno forzosamente se pregunta si algunas ideas más actuales de Wright (si éste no hubiese fenecido) hubieran hecho el sonido de este álbum más gigantesco. Siempre creí que Pink Floyd debió de haberse dejado de llamar Pink Flyd en dos de sus momentos: al partir Syd Barret, y después, al escindirse de Roger Waters, pero en fin ¡Gran reseña!

  5. La mayoría estábamos seguros que no iba a generar la misma empatía que con los discos pasados, pero saber que siguen vigentes nos da un respiro a quienes tratamos de revivir sus glorias pasadas todos los días. Me hubiera gustado algo más agresivo comoneran en los ochenta. Pero se disfruta por el simple hecho de saber que tocaron la cima y esto nos recuerda lo qque hicieron por varias generacioned que lloran al escuchar unos pocos acordes de ellos.