Para escuchar a las mujeres en el blues no bastan las expectativas o los manierismos en el dibujo de lo esperado. Ellas generan con sus historias ese placer impagable del desarrollo histórico argumentado y cifrado en sus intersticios creativos, en los relatos biográficos, en las obras conseguidas. En líneas generales, las mujeres en el blues no traicionan la poética del género, como muchos pudieran pensar; es más, le brindan un interés que trasciende las perspectivas habituales.

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Durante la mayor parte de la historia de esta música, aparentemente han sido pocas las mujeres que han formado parte de dicha comunidad. En el pasado, una mujer decidida a no dejarse intimidar por el ambiente duro con frecuencia tuvo que pagar precios tendentes a ponerla en su lugar: la pérdida de respetabilidad (familiar y pública) encabezaba la lista, además de la desaprobación general y a veces el ostracismo.

Cora Walton (que ostentaba el apodo de “Koko” por su afición al chocolate) era considerada al morir, hace cinco años, la máxima representante del blues contemporáneo en su rama tradicional y se enfrentó a todos esos avatares y más. Su familia aparcera la apoyó como cantante de gospel, pero al elegir el blues que era lo que más le gustaba –influenciada por Bessie Smith y Big Mama Thornton–;le retiraron el apoyo con el que había contado tras quedar huérfana. La comunidad cristiana del lugar en el que había nacido y en cuya iglesia cantaba (Shelby, Tennessee, 1928), hizo lo mismo. Así que cuando su futuro marido, el camionero Robert “Pops” Taylor, le propuso irse a Chicago no lo dudó. De ese modo pasó a convertirse en Koko Taylor en 1952.

La llegada a la modernidad tuvo que pagarla haciendo la limpieza de casas ricas durante el día, pero al llegar la noche se presentaba en los escenarios de pequeños tugurios donde el blues eléctrico comenzaba a labrarse su camino entre el campo y la urbe. A la resistencia general a las mujeres en el blues, durante aquellos años cincuenta, se le podía agregar una buena proporción de temor masculino ante el aumento en la competencia económica, puesto que en el blues de antaño los empleos eran muy apreciados y relativamente pocos.

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Asimismo, las escasas intérpretes –en el caso de Koko quizá la única por entonces en Chicago– debían tener un carácter fuerte para hacer frente a los espesos ambientes de aquellos centros nocturnos, al acoso sexual, a los tiránicos horarios, al alcohol, las drogas y demás tentaciones del camino. Taylor lo supo sobrellevar y eso le permitió encontrarse finalmente con Willie Dixon en 1962. Cuando esto sucedió, ella ya tenía un estilo propio forjado en las brasas de los podios más ríspidos y brumosos y en la escucha de músicos como Muddy Waters, Sonny Boy Williamson y Howlin’ Wolf.

Dixon era una celebridad como contrabajista, arreglista y compositor, así que cuando se le acercó a Koko para decirle que “nunca había escuchado a una mujer cantar el blues como ella” y ofrecerle presentarla en la Chess Records, la intérprete vio colmadas sus aspiraciones artísticas. Pero ése era sólo el inicio. Dixon no sólo la descubrió, sino que la afincó estilísticamente en el terreno de los shouters y le proporcionó el material para su primer disco, así como el exitoso sencillo que sería, desde entonces, su tema de presentación: “Wang Dang Doodle”.

A partir de ahí la cantante vio desfilar piezas y piezas a las que les insufló vida; a la banda Blues Machine que la acompañaría en los doscientos conciertos que brindaba en el mundo por año en promedio; a la desaparición de Chess; al surgimiento de Alligator Records, de la que formó parte del elenco; a los premios y reconocimientos de la industria y de la cultura (Grammys, Salón de la Fama en varios rubros y su arte elevado a la condición de Patrimonio Nacional Viviente); a los epítetos de “Leyenda” y “Reina del Blues”, cuando en realidad todo lo había considerado como un reto de vida al que hizo frente con una actitud y una voz que unidas eran una desatada fuerza de la naturaleza.

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Uno escucha los discos de las blueseras como ella no sólo para saber cómo argumentan sino para disfrutar con su transcurso en la construcción del argumento. Esta es una manera de defender un género, desde su esencia, en el panorama creativo. Es decir, las mujeres como Koko Taylor han tenido en el blues el mismo problema que los hombres: la necesidad de un público que realmente las escuche.

Algo parecido se podría decir de sus personalidades, un filón de literatura, ensayo o biografía inagotable en sus caracteres y en toda esa pátina de claroscuros con que suelen estar muchas de ellas construidas. Sumergirse en esas historias, adentrarse en sus territorios musicales, implica la ruptura de esos límites con los que se señala lo que recibe el nombre de “normal”. Ellas trascienden los arquetipos y los clichés o fomentan unos nuevos encarnados en la concreción de sus estilos, en los que el tiempo pierde toda consistencia y no impone su rígido orden. ¡Salud por Koko Taylor!

 

Sergio Monsalvo C.