Los encuentros musicales entre Oriente y Occidente por lo común implican un desafío, particularmente en el jazz. Así lo afronta el libanés Rabih Abou-Khalil (nacido en Beirut en 1957) con el instrumento de cuerdas denominado oud y la música árabe clásica.
rabih-abou-khalil-1

El dulce clamor de los saxos, el piano, la batería o los trombones de sus compañeros, en exploraciones, representa tan sólo una prueba de la eficacia y el alcance logrado por Abou-Khalil en su búsqueda de interacción, en sus paseos incondicionales por los vericuetos de la fusión. Otra prueba son los contenidos ritmos cruzados de percusionistas caribeños o sudamericanos, así como las ágiles líneas extraídas por bajistas de jazz y las pulidas meditaciones del acordeón, la trompeta o el flugelhorn, todos instrumentos variados que hábilmente agregan sustancia a los temas cadenciosos, magros, casi inasibles del músico árabe, los cuales apoyan sus solos muchas veces vertiginosos y que aparecen a todo lo largo de su extensa discografía y de su carrera musical, que se prolonga ya a tres décadas.
rabih-abou-khalil-2

Cabe suponer —como apuntó el escritor y etnógrafo francés Michel Leiris hace treinta años— que el éxito de la world music (corriente en la que se inscribe este personaje) se sustentaría en el deseo de los históricos centros de la cultura occidental por buscar novedades en la fuerza de ritmos creados por los pueblos de su extrarradio, como los africanos, los caribeños, los asiáticos, los hispanoamericanos, etcétera y viceversa. Ritmos que alentaban, encantaban y hechizaban con su exotismo. Hoy, ese escritor ha podido confirmar su suposición, pero también asombrarse ante el alcance que han tenido la proyección musical y las distintas diásporas étnicas, así como su disolución en diversos géneros.
rabih-abou-khalil-3

A más de tres décadas de distancia de aquella aseveración, la world music se ha convertido -a la par que sus derivados del world beat, el world-jazz y la música glocal- en una directriz estética: el sueño de la unidad transcultural que se erige en un remedio para la civilización enferma de nacionalismos demagogos y chauvinistas.

En relación con la música del Medio Oriente, la situación agrega  complejidad a lo anterior por sus disyuntivas ideológicas. Por una parte, están los músicos que se separan por completo del tradicionalismo y tratan de crear sus propias mezclas; por otro lado, existen los autonombrados custodios de la música árabe clásica. Estos fundamentalistas incluso disfrutan de la simpatía de algunos musicólogos occidentales convencidos de que sólo es posible saborear la música árabe si suena pura, igual que hace siglos.

Al final de la línea se hallan los talibanes extremistas, quienes están en guerra no sólo con los músicos locales sino con todos los músicos del mundo en general y que, cuando arrebatan el poder, quieren acabar totalmente con quienes practican tal arte y punto. Rabih Abou-Khalil se trató de mover entre los extremos de su país de origen, pero finalmente tuvo que exiliarse por lo mismo en Munich y luego en el sur de Francia.

Al instalarse en Occidente, se encontró, a su vez, con los copistas ad infinitum. Con aquellos que quieren mantener intacto el purismo étnico y por lo tanto las diferencias excluyentes. Son los promotores del exotismo regresivo en nuestro hemisferio que no quieren ningún enlace, puente o asimilación y mucho menos el intercambio de bienes culturales.

Así que Abou-Khalil se encontró de nuevo en otra encrucijada. Obviamente optó por su propia ruta, sabedor de que el progreso musical siempre ha sido estimulado por los encuentros entre distintas culturas.

Su obra, desde entonces, constituye con sus distintos álbumes (más de una veintena: desde Compositions & Improvisations de 1981 a Hungry People de 2012) un punto de encuentro y entendimiento para músicos de Oriente, Europa, los Estados Unidos y Latinoamérica. En su compañía, el instrumentista y compositor libanés ha recorrido el estrecho sendero entre el jazz contemporáneo y los diversos estilos árabes. Su propuesta ha sido canalizada hacia una bella sonoridad con horizontes de lo más amplio en el siglo XXI.