Improvisación, experimentación, vanguardia. Vocablos cuya existencia parece negar/olvidar el rock mexicano. Sin embargo existen, han estado allí desde hace años, tantos que es necesario recordar su génesis.
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Si bien es cierto que el rock gestado en este país mostraba en la década de los setenta años de atraso con el resto del mundo, también lo es que siempre ha habido músicos inquietos, inconformes y deseosos de ir a la par con las tendencias de avanzada. Uno de esos músicos es Walter Schmidt, gurú poco reconocido que, desde las frecuencias de Radio UNAM o las páginas de revistas como Conecte o Sonido, difundía las corrientes más aventuradas y radicales del momento. Gracias a él, muchos escuchas-lectores tuvimos conocimiento del rock en oposición, el punk o el synth pop. Había varias plumas dedicadas a esa tarea y una de ellas era la de Schmidt.
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Pero lo que escribía lo predicó con el ejemplo y en su trayectoria el también bajista formó parte de bandas tan importantes como Decibel (todavía en activo), Size y Casino Shanghai, entre otras. Él y otros eran un retrato de la vanguardia, la muestra de que se podían explorar y buscar nuevos sonidos aunque las condiciones no fueran las más idóneas.
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En ese proceso exploratorio, antes de internet, el Museo Universitario del Chopo fue la cuna de desarrollo para una generación de músicos. Fue allí, a manera de tributo a un espacio y reconocimiento a una tradición, que se celebró, el sábado 22 de marzo pasado, el proyecto RE-Ensambles/ Sonidos de un futuro pasado, un concierto en el cual se reunieron algunos pioneros de la vanguardia con sus continuadores y en el cual un papel central lo tuvo El Armatoste.

El cartel, además del citado Walter Schmidt, incluyó como parte de la “vieja guardia”, a Germán Bringas, jazzista de amplia experiencia que transita por los terrenos del free jazz. Desde el Jazzorca, lugar de conciertos fundado por él, ha procurado impulsar la escena y su talento está plasmado en varias grabaciones de nivel muy digno.
 
De una generación intermedia es Ramsés Luna, saxofonista que militó en Cabezas de Cera y que ahora, en Luz de Riada, su actual agrupación, prosigue en su afanes por la música de fusión. El y Bringas, entregaron un set de improvisación libre.
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Exponente de una nueva camada, se presentó también Luis Clériga, DJ, diseñador sonoro y colaborador con URSS Bajo el Árbol, Coyoli y La Especialidad de la Casa, entre otros. Actualmente es tornamesista de la agrupación Extraños en el Tren. Como él, Sarmen Almond forma parte de la nueva sangre y presentó un performance basado en el uso de voz y música electrónica.

La interrelación entre futuro y pasado la tejieron José Álvarez, vocalista de Oxomaxoma, agrupación experimental que grabó seis discos y en la que él llevó el uso de la voz a planos rayanos en la demencia. Su set estuvo marcado por la presentación del Armatoste, extraño instrumento creado por los artistas visuales Mónica Romero y Pablo Castro.
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La construcción de este artilugio está inspirada en la descomposición, en el desequilibrio. Es una estructura que consiste en dos torres en las cuales están colocados objetos de deshecho (láminas, cuerdas, ligas, alambres) que simulan la función de instrumentos reales como percusiones y cuerdas y que produce un sonido ruidoso, violento, triste. Es, en palabras de sus creadores, “una especie de monstruo, híbrido que en su genética musical tuvo una alteración y es una especie de mutación”.
 
El armatoste, construido con recursos aportados por el Museo del Chopo y la galería AGM, se entrelazó con la voz de Álvarez para crear sonidos duros, cortantes, oscuros, densos, terroríficos, bellos y espeluznantes al mismo tiempo.
 
En pocas ocasiones, distintas generaciones de músicos confluyen en un proyecto. Re-Ensambles/ Sonidos de un futuro pasado fue como un tributo  a algunos de los pioneros y un bautismo para los continuadores. Fue un llamado a recuperar los espacios de experimentación sonora y de tendencias de vanguardia.