Compré mi primera harmónica a los 18 años. Robert Allen Zimmerman, a.k.a Bob Dylan, tendría sus buenos 64 años y seguramente habría comprado miles de harmónicas para ese día. Yo viajaba sola por primera vez en mi vida, y pretendía recorrer el mundo con tres pesos en la bolsa, unos tenis usados, música y varios libros.

Sería falso decir que crecí con Bob Dylan y que lo conocía bien desde chica, mi papá lo escuchaba de vez en cuando pero sus melodías no me recuerdan mi infancia; realmente descubrí a Dylan a mis 18 años. En ese momento de mi vida, en que los padres presionan para tomar decisiones que creo que ni siquiera a mis 25 estoy lista para tomar; esa etapa en la que la rebeldía no es una opción sino una regla de vida; esa época en la que todo te conquista, el mundo flirtea contigo y todo es digno de asombro y reacción. Fue ahí cuando conocí a Dylan.

Siempre había sido una fanática de conocer las letras de las canciones que escucho, no importa el idioma, encuentro las palabras tras la melodía y me sumerjo en las historias de la canción. Las letras de Dylan me conquistaron desde el principio, contestatarias pero utópicas; rebeldes pero clamando unión.

Recuerdo como la primera vez que rompí un corazón no encontré otra explicación que la honesta pero dura “It ain´t me you´re looking for babe”. Y me pregunto cuanta gente me habrá cantado lo mismo, con o sin saberlo. Me parece casi imposible resistirse a la tentación de unirse a un grupo de gente que entona “Like a Rolling Stone” o “Mr. Tambourine”. Es esperanzador, ante la resignación del eterno conflicto en este mundo, tener la opción de cantar “Blowin´ in the Wind”.

Desde ese día han pasado casi 6 años, y ayer Bob Dylan cumplió 70. Sus letras me siguen conmoviendo profundamente, y la harmónica en sus melodías me transporta automáticamente a algunos de los momentos más felices de mi vida. Sigo creyendo que los cuestionamientos de Dylan son vigentes, sigue pareciéndome pertinente encontrar respuestas en el viento. Sigo esperando que alguien nos convoque a reunirnos, para darnos cuenta de que los tiempos están cambiando. Los tiempos cambian, pero Dylan permanece, para siempre joven.