eli2Por Sergio Monsalvo C.

A finales de los años noventa. el panorama era desolador para el rhythm and blues y para el soul de raíces. Las disqueras le habían torcido el rumbo a estos géneros históricos e inventado “representantes” de ambos a la medida de sus intereses comerciales (léase Mariah Carey, Whitney Houston y sucedáneos semejantes), mientras en clubes y tugurios de mala muerte languidecían, física y socialmente, los veteranos de tal escena que aún quedaban vivos: Solomon Burke, Sam Moore, James Hunter, Betty LaVette o Sharon Jones.
Los jóvenes negros de la Unión Americana habían abandonado en masa esas músicas en beneficio del hip hop, el gangsta y sobre todo el R&B de fabricación mediática: de estilo uniforme, edulcorado, sin pasíon y sin sorpresas, muy etiquetado. A ello habían colaborado los productores afroamericanos, quienes una vez en las grandes ligas ya sólo tenían la vista puesta en la caja registradora y en la meta de borrar todo vestigio del pasado, ése que exigía el sello de autenticidad. El poder evocador de aquellas músicas había sido relegado al rincón del coleccionismo o de la marginalidad.
Sin embargo, alguna semilla de la primera siembra había llegado a un lugar insospechado: Boston, donde un muchachito blanco oía una y otra vez la producción del sello Stax para aprender a cantar. Otis Redding y William Bell alternaban con Sam Cooke y Jackie Wilson en las preferencias del adolescente. Música siempre vibrante y joven, contenedora de energía pura. Con estos elementos en mente, Eli Reed comenzó a aparecer en Harvard Square (donde estudiaba), acompañado de su guitarra para obtener unos dólares extra. Como solía hacerlo con una gorra hecha de papel periódico, se ganó el apodo de “Paperboy”.
Terminada la escuela se lanzó a un viaje rumbo al sur, en semejanza a la película Crossroads de Walter Hill. Él no iba a buscar la canción perdida de Robert Johnson, sino la atmósfera y el espíritu del Delta. Al llegar a Clarksdale, Mississippi, se dio cuenta de que no iba a ser fácil. El trabajo prometido con una radiodifusora del lugar se había esfumado y no le quedó más que ponerse a cantar en el circuito de bares, acompañado por un viejo baterista negro, Sam Carr. Entre la pobreza y la violencia, obtuvo una gran instrucción musical y confianza en sus propias facultades. Salir vivo de ahí se la proporcionó.


Luego siguió la antigua ruta hacia Chicago, donde cantó y tocó el órgano en una iglesia evangelista, bajo la tutela de la cantante Mitty Collier (ex estrella de la Chess Records). Tras ello, regresó a la universidad, en Boston, donde fundó la banda The True Loves y grabó su primer disco Walkin’ and Talkin’ (for My Abby) y siguió trabajando en los márgenes y con fe inquebrantable en aquellos sonidos clásicos. Fue entonces cuando llegó (otra vez) de Inglaterra una nueva ola, otra invasión. Esta vez con puras mujeres blancas al frente, quienes interpretaban el soul de siempre: Joss Stone, Amy Winehouse, Duffy y Adele.
Hubo apoteosis y el público estadounidense miró apenado hacia su casa para ver qué tenía. Descubrió ahí a un tipo que cantaba en estos tiempos el soul con una convicción inusual, de manera arrolladora y lo mejor de todo: creíble Supo entonces también que tenía grabaciones como Roll with You, un segundo disco potente, realizado con técnicas analógicas para darle más calor al asunto, con una banda compacta y aceitada, así como una colección de piezas tan buenas y maduras como para hablar del renacimiento de un género que siempre ha estado presente aunque muchos traten de ocultarlo. Eli “Paperboy” Reed es su evangelista.