Gallina negraPor David Cortés

Durante años, el rock que se hace en México ha buscado hacerse de una identidad sonora, a partir de la mezcla de elementos autóctonos con la instrumentación propia del ritmo anglosajón. No es una idea nueva y podríamos mencionar a varias bandas, solistas o proyectos que, a lo largo de la historia, han tratado de llevar a cabo esta alquimia.
En esa tradición que sería necesario inventariar en otro momento y con mayor amplitud, un lugar preponderante le pertenece a Gallina Negra, colectivo que ha mirado hacia la música mexicana para encontrar fuentes de inspiración y las ha obtenido con creces. Originalmente se hacían llamar Similares y Conexos y editaron un par de álbumes con ese nombre, el segundo titulado precisamente Gallina Negra. Fue el público, merced a su confusión, quien se encargó de cambiales el apelativo. Hoy, el grupo está formado por Jorge Calleja en voz, guitarras, trompeta y marimba; Mario Contreras, violín y arpa de boca; Iván Esquivel, batería; Omar López, saxofón; Juan Carlos Pacheco, coros, teclado y acordeón; Alberto Salas, bajo; Eduardo Velázquez, flauta.
Pero pensar a Gallina Negra como un grupo de rock tal vez sea incómodo incluso para sus integrantes, especialmente en el momento en el cual las etiquetas en vez de definir o precisar, se han convertido en un lastre; sin embargo, es una banda nacida en el circuito del rock marginal del Distrito Federal y, aunque se ha movido por otros circuitos con cierta soltura, una y otra vez regresa al puerto de donde partió.
Si pedimos a la imaginación una ayuda, podríamos considerar a esta ave palmípeda como algo similar a un mosaico o crisol de voces. Un mosaico porque, al ver al todo en su conjunto, es imposible no percatarse de la diversidad sonora que cohabita en él y maravillarse con la armonía lograda. Un crisol de voces porque es un coro polifónico que sirve de amplificador para que escuchemos y prestemos atención a sonidos que, no obstante estar allí, al alcance de la mano, han sido olvidados o, en el mejor de los casos, relegados.


Si los sonidos pudieran imprimirse en imágenes, la música de Gallina Negra sería como uno de esos vestidos multicolores que, con arrogancia y garbo, muestran las mujeres de algunas de las etnias de este país. Hay, sí, una base afincada en el rock progresivo, pero también otros sonidos, otras músicas. Está, por supuesto, el folclor. Su incorporación aquí es como una fragorosa corriente marítima que impulsa a la música y al mismo tiempo la refresca y la dota de colorido y riqueza. También está la música contemporánea, el diálogo entre secciones instrumentales por el cual sin temor la agrupación avanza hacia nuevas rutas, se interna en la búsqueda de atmósferas diferentes, propone paisajes multicolores y funciona como un pincel que retoca aquí y allá e imprime el rasgo, en ocasiones final, a las composiciones.
Gran mérito es en este país dar rienda suelta a la creatividad; lo es todavía más cuando en ese proceso de búsqueda se mantienen incólumes los principios y se logran vencer las tentaciones. La banda bien podría dedicarse a la recreación, a la simple interpretación de música tradicional; no obstante, en Parachicos y paraviejos, su más reciente entrega —una producción independiente, doble y con un empaque muy atractivo— optó por el riesgo de apropiarse de esa música para resignificarla.
En sus manos, composiciones tradicionales, del dominio público, reciben nuevas lecturas y los resultados no dejan de ser halagüeños, al incorporar pasajes sicodélicos y cósmicos, arreglos con tintes de jazz y un atractivo diálogo del saxofón y la flauta con los otros instrumentos, por ejemplo, y si en el disco resultan atractivos, en concierto hay una fuerza extra que los vuelve altamente recomendables.
En una etapa de la música mexicana dominada por lo convencional, la apuesta de este grupo por construir un sonido propio con el folclor nacional y el rock resulta verdaderamente encomiable.