Cierta noche, por cuestiones de trabajo, me encontré en un bar compartiendo tiempo, tragos y palabras con dos DJ y productores de gran convocatoria que se encontraban de visita en la ciudad de Amsterdam: Nick Hollywood y Parov Stelar. Acudieron a la cita para responder a preguntas que deseaba plantearles: su opinión sobre la originalidad en dicha escena y, la otra, una explicación que enriqueciera el concepto estético en el que basaban su propuesta: el electro-blues.
Asumieron el asunto deportivamente, apagaron sus teléfonos e iniciamos la plática.

“El suyo es un trabajo sobre lo esencial, lo ya oído, pero singular en su entramado, en el manejo de la alquimia musical con elementos ya dados. Ahí es donde radica el atractivo para el público que acude a sus sesiones y colecciones”, les dije. Ambos echaron el cuerpo hacia atrás y dejaron ver los alfileres de sus miradas.
“Ustedes dos, por fortuna, cuentan con seguidores que poseen mayores cuotas de información con respecto a la música. Tienen más cultura que, por ejemplo, los de Paris Hilton, quien también oficia de ‘DJ’ y se presenta en lugares del jetset. Están a años luz de ese otro extremo del espectro, de esos bobos frente al espejo que se mueven lo mismo con el dance que con la incontinencia de lo trendy”, expliqué.
Habló el primero: “Tienes razón en cuanto a la esencialidad en nuestro trabajo y también en cuanto a su alquimia. Creo que cada bluesman –y yo me siento como uno– que ha pasado a través de los cien años de existencia posterior a Robert Johnson es un experimento en sí mismo y un logro singular, como dijiste. Lo que yo hago ahora, en este siglo XXI, el electro-blues, se parece muy poco o mucho a otras de sus formas originales o derivadas, pero además de evocar de alguna manera a aquella barra de doce compases primigenia, explora además zonas diversas de la experiencia tecnológica actual y de su lenguaje. Incluso pienso sinceramente que cada uno de los intérpretes de su historia ––y yo soy uno de ellos, repito– cambia de una época a otra y a veces lo hace radicalmente, como en nuestro caso”.
Parov, a su vez, se inclinó hacia adelante, juntó las palmas de las manos frente a sí y dijo concentrado: “Yo he pensado que siempre existen otras maneras de hacer música. Quizá no plasmando notas en un orden ni en un papel o en un instrumento, sino aprovechando lo que ya hay, pero con una construcción distinta, con las herramientas que nos proporciona el ahora. En este momento, en estas décadas del siglo XXI (entrelazó los dedos de las manos y las agitó levemente), lo que intento es encontrar esa nueva forma, el blues electrónico, buscando que contenga al máximo todos sus anteriores elementos expresivos, los que ha acumulado a lo largo de su historia, pero sin demérito frente a las tecnologías nuevas, entrelazándose con ellas, amalgamando lo vital. Creando un nuevo lenguaje para expresarse en este tiempo. En ese sentido, lo que vino a mí fue el country blues, el jump blues, el swing del jive y sus quiebres sucesivos, pero con énfasis en el funk. Lo que hice y hago fue quintaesenciarlos, canalizar sus expresiones mediante la electrónica: fusionarlos, mezclarlos y dárselos al público para que se divierta con ello. Al parecer he tenido suerte al respecto y aquí mi colega también”.
Así continuamos charlando hasta la medianoche. Uno de ellos se despidió porque tenía una sesión privada en un club cercano y el otro tenía que levantarse temprano para ir al aeropuerto. Yo me enfilé hacia la avenida cercana donde pasaban los trams.
En el camino fui pensando en todo aquello de lo que habíamos discernido y en qué escribiría para narrar este encuentro. Algo que hablara de esa frescura vintage que representa el electro-blues, con el funk de fondo. De esa música que cautiva y que electriza al mismo tiempo. De cómo pioneros como estos DJ y productores sientan las bases para trazarle una nueva modernidad al vibrante blues de siempre. Sobre cómo están desarrollando un subgénero alegre, terrenal, con sus tonos de rispidez y sumergido, sobre todo, en el sonido contemporáneo. Y voilá!, ahí está, un naciente lenguaje musical sometido a la alta tensión de sus diversas influencias musicales e instrumentales. Ahí está, y parece que simula instrumentos o canciones tradicionales, pero no.
Este estilo nació en el cínico e hipermoderno siglo XXI y no esconde de manera alguna el hecho de ser totalmente electrónico. Su contenido está compuesto de un material irresistible en el que hay algo primario y excitante. Es un verdadero fenómeno actual que se creó en el Reino Unido y se ha adaptado como parte del amplio menú musical de esta época.
Con un poco de memoria, se puede recordar que la escena musical de Inglaterra, enfilada hacia el final del pasado milenio, se fundamentó en el soul y el jazz de importación estadounidense. Surgió así el acid jazz que dio vida en los noventa a toda una corriente que relacionaba aquellas raíces afroamericanas con el hip-hop y la electrónica europea y su aportación a la historia del género sincopado.
De esta manera y con tales antecedentes, se llegó a este siglo. Cuando el suministro agotó sus posibilidades al echar mano, sus peores intérpretes, de la música disco y volverse aburridísima y monótona, algunos DJ mostraron una creatividad increíble para encontrar alternativas a lo que parecía un callejón sin salida. Forzados a investigar más allá de la década de los setenta y del mainstream del dance, que había explotado la espuria veta mencionada, volvieron a la raíz de todos los géneros y la música evolucionó en curiosas y pequeñas subespecies de electro y house.
La electrónica permitió entonces el mix y el remix. De esta forma apareció el electro-blues o blues electrónico y los DJ más avezados, librados de las cadenas del dance-pop, se dieron a la tarea de hacer que las nuevas audiencias apreciaran lo creado, al principio de todo, por los afroamericanos: el blues. Un siglo después de que éste fuera grabado por primera vez, celebran una nueva vida a los cien años con la inyección electrónica.
Los desarrollos tecnológicos no son el único factor determinante en los cambios producidos en nuestra forma de percibir, utilizar, pensar y construir la música. Es fundamental igualmente considerar los elementos sociales que determinan las diferentes formas de comprender y utilizar las tecnologías y que nos llevan a la historia intelectual, a los recursos económicos, a la creación de mercados y de la estética e histórica del gusto musical.
La labor de DJ como estos responde a la necesidad vivencial por hacer algo en ese sentido. Entre las tantas cosas que me dijeron esa noche, hay una que me parece sustancial: “Nosotros buscamos hacer ese algo con una pieza que nos haya gustado profundamente. Pero no es cuestión de reproducirla una y otra vez, así, sin más. La fijamos en la memoria, la aprendemos con el corazón y justo ahí empezamos la apropiación de la misma, ahí comienza nuestro trabajo. Tenemos que poseerla y transformarla, además de utilizarla. Se vuelve de extrema urgencia hacerlo ahí en el podio y hacer también que participe la gente en su transformación, hacer feedback con el entramado. Hay una necesidad esencial que hace que queramos dejar huella en el tema, huella equivalente a las que éste dejó antes en nosotros. El meollo de nuestra labor está en lo que permanece de tal música, pero lo que suscita y atrae el avance está en lo que cambia”.
Mientras evocaba aquello, pensé que lo que estamos escuchando con el electro-blues no es un simple añadido en el mapa cultural –el borrón de unas cuantas fronteras, el dibujo de algún pintoresco horizonte– sino la alteración de los principios mismos en la manera de hacer el mapa. Algo debe sucederle al modo en que pensamos la música.
“Lo estético describe la calidad de una experiencia (no la del objeto)”, escribió el sabio Simon Frith. Eso significa experimentarnos a nosotros mismos de una manera diferente. El electro-blues (con cualquiera de sus afluentes, del country al funk) es una demostración de ello.
Sergio Monsalvo C.