Concluida la participación del explosivo, extravagante y tremendamente rabioso dueto de punk y hardcore Segundos Auxilios, el multi instrumentista de origen tamaulipeco Samuel Ortiz se despojó de su máscara y parte del atuendo de crash test dummy del que se valió en su demencial acto, para adueñarse del micrófono e iniciar un potente discurso ante los exaltados y sudorosos asistentes:
Hemos estado acatando ciegamente un modelo de pensamiento y producción cultural que ha sido prefabricado dentro de oficinas corporativas, donde egresados de comunicación y de marketing, buscando algún salario estable, han sido instrumentalizados para ejecutar la misión de nombrar con sus nuevos nombres lo que después sería más fácil de empaquetar para futuras ventas masivas… Han secuestrado a todas luces la música y el sonido con la implementación de un lenguaje que nosotros creemos entender, pero que la verdad nadie sabe con exactitud definir, por ejemplo, line up, booking, escena, headliner, festival y demás…
Sin embargo, la velada roquera intitulada “La provincia también existe” no principió bajo vehementes y subversivas palabras. En realidad, arrancó como cualquier otra prometedora celebración, con jóvenes de diversas estampas bebiendo, fumando apaciblemente, platicando y riendo entre ellos, mientras aguardaban pacientemente los primeros ruidos coherentes procedentes de las bocinas al interior de la céntrica y centenaria cantina chilanga “La Dominica”.
En opinión de varios músicos y entendidos, Ortiz no es un elemento más dentro del gremio subterráneo del país, pues amén de poseer una enorme vitalidad y creatividad, la cual manifiesta efusivamente en agrupaciones como Tía Rosa, Cáustica Espástica, El Desconchinfle, El Jaibo y las Glosolalias, etcétera, también sostiene una ideología a contracorriente de las jerarquías, las élites, los grandes capitales, la industrialización y la mercantilización del “fenómeno sonoro”.
Esto lo llevó a organizar, junto a otros amigos de convicciones similares, un encuentro de grupos del centro del país y de otras regiones: No Te Debemos Nada (también llamado N.T.D.N), del Estado de México; Grito Exclamación y Madoromi Odori, de Ciudad de México; Delirio y SAM SAM SAM, de Tamaulipas; y los ya citados Segundos Auxilios, de Zacatecas. Estos proyectos refrendaron su apoyo y confianza en eso que Ortiz refirió en las amplias mantas colgadas dentro del vetusto recinto con el lema: “Magnética amistad sónica”.
“Nos dimos cuenta de que, con cotidianidad, son aparentemente los centros los que llevan la batuta en la producción cultural que después llega a las periferias y las inunda con su lenguaje, maneras, cachés, estructuras, management, etcétera, y se sugiere a la provincia que repita ese mismo proceso a su escala, con tal de adherirse a la lógica centralista”.
Dos chicos ocuparon su sitio en el improvisado escenario. El baterista portaba lentes, una camiseta negra y pantalones cafés, mientras que al guitarrista y cantante lo distinguía su cabello oscuro, rizado y enmarañado, apenas contenido por una gorra deportiva. No estaban anunciados en el flyer y tampoco pude averiguar sus nombres, aunque sí rescaté el apelativo artístico del dúo: NFDL.
Con una intervención de apenas dieciocho minutos y cuatro canciones cercanas a las vibraciones del punk rock, la pareja excitó grandemente a los presentes, quienes a pesar de las constantes fallas técnicas del audio, no dudaron un segundo en lanzarse ferozmente al eslam y continuar danzando y aullando por largo rato. Con ello, la temperatura dentro de la cantina se incrementó de súbito, sin importar la pertinaz y fresca lluvia del exterior.
Terminada la intervención de NFDL y luego de unos pocos minutos de reacomodo entre cables y demás enseres emisores de ruidos y efectos extraños, fue el turno del trío electrónico SAM SAM SAM, conformado por el mismo Samuel, Samantha y otra joven de nombre casi idéntico. Juntos echaron a andar los botones, las perillas y los interruptores de sus numerosos aparatos, para extraerles una mezcla sonora amorfa, inorgánica y caótica, pero sin duda fascinante. De vez en vez, alguno de ellos tomaba el micrófono y profería exclamaciones o gritos que le inyectaban a sus creaciones un cariz medianamente sobrehumano. La figura esbelta y agitada de Ortiz contrastaba con la parálisis momentánea de sus embelesados oyentes, quienes degustaron tres actos improvisados, los cuales sin duda fueron el apartado introspectivo de la noche, aunque en adelante el estruendo absoluto ocuparía su puesto.
“Deberíamos tomar por lunáticos a los que nos dicen que tenemos que nombrar a la música por géneros y que debemos buscar preventas, servicios de boletaje on line a meses sin intereses, para festivales con marcas de cerveza, porque la meta del lenguaje de la música y el sonido no debería requerir del capitalismo para ejecutarse y crear entornos sónicos de convivencia”.
El slam se reanudó más colérico y vertiginoso con los primeros retumbos procedentes de la batería del terceto de hardcore punk N.T.D.N. Al tiempo que las iracundas y guturales vocalizaciones del bajista Deniss Glam se entretejían con los fuertes acordes del guitarrista Gael García, un tipo corpulento, ataviado con ropas oscuras y gorra, el grupo dominó fugazmente la pista de baile hasta que numerosos danzantes detuvieron a fuerza de empellones sus grotescos y pesados pasos. Entonces el ambiente volvió a incendiarse y pronto se impregnó de un aroma salobre, producto del profuso sudor que emanaban los irrefrenables concurrentes. Sobre las canciones de N.T.D.N sólo pude distinguir algunas provenientes de su demo homónimo (2021), como “Falsa realidad”, “Mi mierda” o “Inconformidad”. También interpretaron otras de nuevo cuño, entre ellas “Transformer”.

A esa tercia le continúo Segundos Auxilios, integrada por “Parásito gemelo” (guitarra) y nuevamente Ortiz (batería). Ambos, infundidos en sus disfraces de maniquíes de prueba, brindaron desde el principio un espectáculo atractivo y repleto de ferocidad, energía y estridencia. Con maniobras de batería y riffs esquizofrénicos, interpretaron piezas de su primer LP homónimo: “No voy a chocar”, “Salió mal el ritual”, “Golpe de calor”, “Fuego en la central” y “Oso siamés”.
La catarsis colectiva afloró mediante brincos, alaridos, flashes de cámaras, embestidas, secreciones, muecas, sofocaciones, golpes y otros tantos desvaríos entre los instrumentistas y sus seguidores. Por otra parte, el temerario guitarrista no vaciló en integrarse al eslam, saltar sobre los amplificadores, dejarse alzar en hombros e inclusive ser socorrido por la turba cuando perdió el equilibrio y aterrizó aparatosamente sobre los platillos de su colega, en un estado completamente desaforado, empapado en transpiración y con el pecho al descubierto. Grande fue la ovación que marcó el cierre de ese acto, al cual le sucedió la insurrecta disertación ya en parte descrita al comienzo de esta reseña.

“Por eso vinimos hoy aquí una bola de provincianos, al punto de descentralización por excelencia que simboliza el centro histórico de la ciudad de México, que a su vez es centro del país, pero una provincia global de otros centros más importantes… Esta noche tomamos este centro para emitir un mensaje de unión en contra de las grandes industrias musicales, empresariales, explotadoras y corporativas. Esos a los que lo último que les importa es la música”.

Al filo de la media noche y cuando algunos pensamos que lo tremendo había pasado, la nueva sensación tampiqueña del noise, el rock punk y la experimentación llamada Delirio volvió a atizar la cantina, pero ahora bajo el mando de Lía (bajo), David (guitarra), Ari (batería) y Cristian (como tecladista y trompetista invitado), quienes se despojaron de su calzado y otras prendas para interpretar las composiciones de su disco debut, Guácharo. Para entonces, los frágiles micrófonos fenecieron y los amplificadores apenas si funcionaban, aunque eso no pareció molestar en absoluto a la convulsa concurrencia, la cual levantó en hombros al tecladista y lo paseó grácilmente por el recinto, mientras él aferraba inútilmente a su cuerpo un bongó. Así transcurrieron varias canciones: “Guácharos”, “Me metí un cuadro en el centro de Tampico”, “El Cerezo”, “Gata en celo”, “Bachoco” y “Mordida de caballo”.
Pese a todo lo vivido, el culmen del evento inició ya bien entrada la madrugada y en medio de un infernal bochorno. Al respecto, sólo resta decir que el tumulto conjurado por Grito Exclamación (Nana Punk y Paulina Villagrán en las voces, Eduardo Gante al bajo, Rafael Romay en la guitarra y Sebastián Palacios en la batería) excedió todo lo acontecido, pues otra vez la enajenación se adueñó de los presentes, pero de manera más salvaje, violenta y bulliciosa. Esto a causa de las composiciones de su primera placa homónima (“El squash”, “OH!”, “Aullido”, “Despojo”, etcétera), las cuales transitan por los sonidos del punk, la experimentación, el indie y el no wave.

“Construyamos algo por una vez que venga desde abajo, sin voltear a ver hacia arriba… Inventemos algo desde cero, entre amistades sónicas, donde de verdad nos apoyemos mutuamente, donde de verdad nos sensibilicemos con las variadas necesidades que nuestras amistades tengan y seamos recíprocos… Dejemos de reproducir esa lógica de que las metrópolis son el centro del planeta y en torno a sus intereses las demás poblaciones deban arrodillarse y ser alabadas”.
La terceta de free jazz Madoromi Odori, conformada por la saxofonista Eli Piña, el guitarrista Klaus Sour y la baterista Reona Sugimoto, fue responsable de concluir una función musicalmente destacada, pero sobre todo orientada a promover y transmitir un mensaje de resistencia, solidaridad y cambio. Estos avezados improvisadores explayaron su técnica y su inventiva en el transcurso de quince minutos, en los que por instantes el saxofón discurrió con fuerza y mando, para después dar paso a sus frenéticos compañeros. Todo ante un público reducido en cantidad, pero no en efervescencia, que los exhortaba a continuar con su set hasta que los instrumentistas decidieron finiquitar definitivamente el atípico recital.
“Rompamos esa estúpida ley no escrita de que el centro tiene que ir como profeta a las periferias, cuando la realidad es que las formas más genuinas de expediciones sónicas se encuentran lejos de los focos empresariales, de las revistas supuestamente independientes. Venimos hoy a decir: ya basta de los centros y las periferias. Construyamos un tercer espacio, un espacio transversal, autónomo y molecular. Ni céntrico ni periférico, sino que sea un enlace que por su fuerza autónoma desequilibre a las lógicas del poder”.
Polo Bautista