“Time Waits for No One” (la cuenta del tiempo)

El tema “Time Waits for No One”, de los Rolling Stones, posee en su haber varias cosas de las que hablar. En primer lugar, del disco en el que está contenido: It’s Only Rock and Roll (el cual cumple 50 años de publicado) que muy bien puede estar entre los mejores del grupo. Su mala fortuna: haber aparecido aún con los ecos de aquella tetralogía maestra de Beggars Banquet, Let It Bleed, Sticky Fingers y Exile on Main St. y de un Goats Head Soup que pasaba por la misma penuria. Es un muy buen disco que contiene canciones memorables de rock, blues y soul y un himno que todavía se corea (el que da nombre al álbum y uno de los eslóganes más citados en la historia de la música: “Es sólo rock and roll, pero me gusta”).

Por otro lado, está el hecho de que fue el último álbum en que participó Mick Taylor. Renunciaría al grupo poco después. En el disco, el guitarrista mostró nuevamente su clase y entregó varias de sus mejores interpretaciones, entre las que destaca la de la canción “Time Waits for No One”, en la que ejecuta hasta tres solos diferentes, todos ellos elegantes y virtuosos.

Asimismo, esta pieza da pie para reflexionar acerca de un tema tan cercano como impreciso, el tiempo, su fugacidad y lo que significa para unos y para otros (“Time waits for no one, and it won’t wait for me…”). Porque una de las dicotomías más recurrentes en el mundo –tanto en el pasado como en el presente actual y más que probablemente en el del futuro–- es la que existe entre las personas para las que el tiempo pasa rápido y siempre se quejan por la falta del mismo (como el Conejo Blanco de Alicia en el País de las Maravillas) y para las que, a la inversa, transcurre lento, lento, como si estuvieran esperando a Godot. Y eso, la espera, es el veneno que deben tragar como pago por su estadía en la vida. Para los primeros, todo transcurre conectado al alto voltaje; para los segundos, la baja intensidad es su corriente. Las experiencias con el tiempo, por lo tanto, son diferentes para ambas partes y han quedado explicadas en diversas formas artísticas, como la de esta canción por ejemplo, una de las mejores vías sin lugar a dudas.

  “Yes, star crossed in pleasure the stream flows on by / Yes, as we’re sated in leisure, we watch it fly / And time waits for no one, and it won’t wait for me”.

En dichas contrapartes, por otro lado, siempre existen también los farsantes y los snobs. Unos dirán que nunca tienen tiempo para nada, que no les alcanzan las 24 horas del día, cuando en realidad les sobra, su labor es nimia y buscan hacerse los interesantes. Los otros, en cambio,  tienen un cúmulo de cosas y proyectos por realizar, pero jamás les llega la posibilidad al tener el destino en contra,  dándole largas a su realización.

Sin embargo, aquí, en esta ocasión, habrá que dejar de lado a los primeros y concentrarse en aquella gente para la que la ralentización es en verdad la moneda corriente, con la que deben lidiar en su quehacer cotidiano (las 24 horas del día y las 24 horas de la noche, así lo sienten) y saben que esa situación no cambiará jamás, porque han nacido bajo ese sino y por lo general serán víctimas constantes en toda clase de situaciones y circunstancias en que la vida los vaya colocando.

Un ejemplo simple. La virtud o defecto de la puntualidad. Estas personas respetan su tiempo, su valor, su distribución, su empleo, y por ende el de los demás, pero regularmente serán víctimas, como ya dije, de la impuntualidad de los otros y su infinita cantidad de excusas y pretextos que en el fondo será la misma: “No me importa en lo mínimo tu tiempo”. Y no tendrán escapatoria, ya que así es su naturaleza, y les repetirán la dosis porque no pueden y no quieren traicionarse.

Hours are like diamonds, dont let them waste / Time waits for no one, no favours has heTime waits for no one, and he wont wait for me”.

La espera es quizá la parte medular de estos seres. Porque ellos poseen una sensibilidad particular para percibir esos precisos momentos en los cuales el tiempo se vuelve en contra, no por su ausencia sino al contrario. En dichos instantes parece que les sobraran minutos, como los que se viven inmediatamente antes de una cita romántica, desde la primera hasta la última.

Igualmente sucede durante ese lapso que precede a la realización de un trámite burocrático, en esa fila donde los turnos se hacen eternos y las miradas se cruzan con empatía o con resentimiento. Lo mismo pasa en cualquiera de las formas de espera que van desde el alumbramiento de un bebé hasta la agonía de una persona querida y todo lo que hay en medio.

Es indudable que en cada una de tales modalidades se pone en evidencia quién o qué tiene el poder, desde una divinidad cualquiera, el destino, hasta el último representante del escalafón burocrático. Y cada uno de ellos, de manera regular, será quien haga esperar al señalado por la existencia. El dolor de la espera, en este caso, siempre estará ahí. El sufrimiento, por ello, será opcional para cada quién.

The dreams of the night time will vanish by dawn / And time waits for no one, and it wont wait for me”.

En tratar con la espera está el meollo de tales vidas, en su gestión. La literatura y el ensayo les han ayudado a comprender su situación y serán autores como Roland Barthes (quien ha disertado sensiblemente acerca de la espera en el espacio amoroso), Franz Kafka (nadie mejor que él para ilustrar la burocrática) o los pensamientos al respecto de autores que van de Gustave Flaubert a Peter Handke, pasando por Robert Musil, Marcel Proust o Emil Cioran, entre algunos de ellos.

En todos destacan siempre los cuestionamientos esenciales: ¿Qué es el tiempo y no sólo en su definición académica? ¿Ha sido siempre igual para todos, en cualquier época? ¿Hoy se cuenta con menos tiempo que antes? ¿Se le puede manipular a discreción? ¿Cuál es su percepción? ¿De qué manera las recientes eras sociales –modernismo, posmodernismo, hipermodernismo– lo han acelerado y fragmentado de manera consecutiva?

Obviamente, el rock ha aportado lo suyo a tal asunto, el cual ha sido de importancia en sus cantos y en sus conceptos. Es una materia que se filtró desde el inicio del género. Está en la esencia de su naturaleza, en sus cuitas y en sus deseos. Ha sido finalmente un compañero de viaje para la música, para apoyarse, para definirse, para expresarse o para exonerarse. La llave de muchas cajas de Pandora.

En sus comienzos fue una meta fundamental. El tiempo era una ganancia juvenil, el ocio. Era el objetivo a conseguir frente a las instituciones familiares y escolares, sus grandes sujetadores. El tiempo era algo que se le sustraía a lo impuesto, a la espera, y cada minuto ganado debía transformarse en diversión, en huida del aburrimiento. Era el momento para pasear en el auto sin rumbo fijo, sólo por la posibilidad de hacerlo; de bailar alrededor del reloj hasta la extenuación; de pasarla con los amigos y la novia. La velocidad de los discos de 45 rpm. Los años cincuenta.

Una década después, el tiempo significó el cambio. Las transformaciones, de lo interior y de lo exterior. De la conciencia frente al mundo, del movimiento entre el ser y el dejar de ser, el rechazo. La contracultura como espacio para ejercer el idealismo y la utopía, para adentrase en la dimensión mental y expandirla, para descubrir la naturaleza, la comunión. Fue el uso de los discos LP de 33 rpm para inaugurar musicalmente la largueza, no de una puntada, sino de una idea, de un concepto, de un momento. Los años sesenta.

Diez años después, el statu quo quiso eliminar todo aquello, todo ese tiempo, e implantó el hueco hedonista de la era disco, en el que el tiempo desaparecía, perdía importancia y era una piedra de fantasía en el zapato de plataforma de la industria. Sin embargo, llegó el punk y con él se volvió a hablar de él y del No future, del aquí y ahora y no más y se revolucionó todo para entrar en el Do it yourself y convertirse en dueño de su propia herramienta. Las compañías independientes, minúsculas, individuales, impusieron su ritmo y su tiempo.

Vendría entonces, con los ochenta, la diversidad, el resultado de ese big bang punketo, y ya no hubo que esperar sino ir hacia adelante. Interrelacionarse con otros géneros, sumarlos al propio que se vistió de techno, con hombreras, y se hizo peinado de salón y se mandó hacer videos con sintetizadores de fondo. El rock luchaba y reunía fuerzas para combatir el puritanismo y también para ayudar a restablecer una semblanza de conciencia social (sin dar tiempo al tiempo) en medio de las directrices mundiales, neoliberales, impuestas por el reaganismo y el thatcherismo.

La posmodernidad noventera atrajo al tiempo pasado, pero también la relación con los otros, con el resto del mundo. Fue la antesala de espera del fin de siglo, del milenio o de todo. No sucedió. Llegó la nueva centuria y con ella el hipermodernismo, la aleación de todos los pasados con el presente, actuando al mismo tiempo, en el mismo espacio y de manera fragmentada. El apocalipsis, deparado para 2012, tuvo que seguir a la espera. Como esos románticos que llegan minutos antes a una cita amorosa y siguen agonizando por la espera, su sino. El tiempo, por su parte, continúa en lo suyo. Sin esperar por nadie, como cantaran los Rolling Stones: “And time waits for no one, and it won’t wait for me…”.

 

Sergio Monsalvo C.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Historia de una canción

Un comentario en ““Time Waits for No One” (la cuenta del tiempo)

  1. El birócrata también es un esclavo. Le falta tiempo por la sobrecarga de trabajo; los sistemas burocráticos (de gobierno y sobretodo en las empresas) son inhumanos, no esperan a nadie y están diseñados para que todos sean sustituibles.

    Olvidan mencionar el tiempo gastado en el transporte publico. Mucha gente gasta larededor de cuatro horas diarias para ir y volver del trabajo a su casa.

Comentarios cerrados