Doug Ingle tomó la mano de aquella mujer que se le había resistido hasta entonces y caminó por esa tierra ignota donde ambos entrarían juntos en el mismo sueño: “Oh, won’t you come with me / And take my hand / Oh, won’t you come with me / And walk this land / Please take my hand…”.
Así se cerraría el círculo de aquella canción que lo inmortalizó —junto con sus compañeros de grupo (el baterista Ron Bushy, el guitarrista Erik Brann y el bajista Lee Dorman)— y con su muerte, acaecida el 24 de mayo pasado, a los 78 años, reverberará para siempre en el solo de su órgano y en uno de los riffs más reconocidos y trascendentes de la historia del rock.
La historia del género son sus mitos –porque una historia sin mitos termina siendo una simple cronología– y los mitos, como buenos herederos del romanticismo, están compuestos básicamente de biografías, tanto de personas como de grupos o bien de la poética y la leyenda que rodea a la hechura de sus discos y carreras.
Las biografías de los personajes del rock suelen ser largas, porque regularmente se hacen sobre artistas que alcanzan muchas décadas de existencia, tanto dentro como fuera de la escena musical. Las de las auténticas rockstars superan a las creaciones más imaginativas, aparte de exhibir el latido de lo real. Así sucedió con la de Doug Ingle que transcurrió desde la lejana Nebraska, donde nació, hasta San Diego, en California, donde fundó al grupo Iron Butterfly en los años sesenta (1966), para finalizar sus días en la tercera década del XXI como pintor de casas “a domicilio”, como rezaba humorísticamente su tarjeta de presentación. Por el contrario, también hay biografías que tratan acerca de una breve estadía en la vida, lo que les confiere otro estatus y otro estigma.

La historia de los grupos varía según su longevidad y trascendencia y la de los discos posee un andamiaje de hechos concretos (demos, número de tomas, productor, estudios de grabación, etcétera), resultados verificables (venta de ejemplares y obtención de discos de oro o platino, por ejemplo), subjetividades (las reseñas, entrevistas y artículos o reportajes) y leyendas concebidas a su alrededor (la parte romántica en la concepción y recepción de la música del álbum o alguna de sus canciones).
En ciertos ejemplos, el idilio artístico de estas leyendas sólo puede ser o estar en algunos momentos en concreto, momentos en los cuales lo sublime o lo extraordinario nutre de savia sagrada al quehacer de su música. El modelo de Iron Butterfly es de tal catadura.
Fue éste un grupo que estampó su nombre en los anales del género, debido a un lapso (des)medido de tiempo musical (17’10”) y dentro de él a unos momentos que le otorgaron la permanencia en la fama, la fragancia del éxito y, sobre todo, un sitio en la eternidad de la psique genérica. Esto lo lograron con aquel riff y tres solos que abatieron la fugacidad.
Aquí es necesario señalar dos elementos que influyeron notablemente en el perfil último y trascendente de ese referente sui generis llamado “In-A-Gadda-Da-Vida” o “In the Garden of Eden” (“En el jardín del Edén”), como se titulaba en un principio. En primer lugar, la escucha, señalada por parte del autor del tema, Doug Ingle, del estilo de un tecladista que ya gozaba de reconocimiento y nombre en la escena musical: Ray Manzarek, de los Doors, cuya manera de tocar el instrumento le había generado muchos adeptos.

Por otro lado estaba el estudio de la música culta, del periodo barroco en particular, que había hecho Ingle, cuyo padre (organista de iglesia) lo había instruido, afinándole el oído y atrayéndolo hacia ese vasto campo musical del que muchos otros músicos de rock noveles y algunas vertientes musicales también se nutrirían, enriqueciendo al género.
Aquel track fue una de las muchas cosas que ocurrieron durante el ya remoto año de 1968, en el que Iron Butterfly llegó a las listas y adquirió notoriedad por el mencionado tema. Algo tenía que estar pasando en aquella época y en aquella escena musical, porque por lo general se procuraba que las canciones no se extendieran mucho y fueran rotundas y breves.
Nadie sabe a ciencia cierta el significado de “In-A-Gadda-Da-Vida” (hay variadas interpretaciones), pero el mensaje se parece al de otras tantas composiciones de aquellos días. A todas tal mensaje las llevó hacia adelante, hasta alojarlas en las suntuosas cavernas del surrealismo. Es decir, en los sueños, las remembranzas temporales, las irrealidades, el simbolismo, el flujo de conciencia, la composición automática, etcétera. Así, Oniria adquirió nuevos habitantes por obra de “A Whiter Shade of Pale”, “Strawberry Fields Forever”, “Mellow Yellow”, “Flaming” y “You Doo Wright”, entre otras muchas composiciones.
En aquellos años despertaban esos intrincados contenidos, como cuando los miembros originales de Iron Butterfly (hoy todos fenecidos) soltaron aquello de “por favor toma mi mano y ven conmigo por este paraje” y el grupo se volcó en una sucesión de solos: guitarra, órgano, batería… para lanzar al escucha a la búsqueda de nuevas imágenes dentro de sí, a lo largo de los diecisiete minutos y diez segundos que le ofrecía la pieza.
Al respecto, hay en “In-A-Gadda-Da-Vida” —con su ritmo primitivo y su órgano gótico— una recreación de atmósferas baudelaireanas que hace recordar experimentos anteriores, como la misa luba congoleña (“Me lanzan grandes selvas como catedrales sonoras”, escribió el poeta) o el homenaje a Bach del grupo coral The Swingle Singers que también lo evocaron.
“In-A-Gadda-Da-Vida” tiene un extraño encanto que también sirve para entender un nuevo concepto, el de la psicodelia. Explicaba el grupo a propósito de su nombre, en la contraportada del disco homónimo que contiene la pieza, que “Iron” procedía de la vocación pesada de sus sonidos, de su dureza y “Butterfly” era el elemento justo para compensar lo anterior: el vuelo, la luminosidad y el atractivo de ambos.
Es cierto que el tema que hizo célebre al cuarteto tiene una densidad y una magnificencia expansivas, pero “In-A-Gadda-Da-Vida”, con sus peticiones y su candidez en medio de la atmósfera heavy, les proporciona esa ligereza de mariposa con su imaginería ensoñadora que remueve el inconsciente y abre las puertas del placer en el tiempo interior. En ese largo track hay algo atemporal. En él está la visualización, lo parapsicológico, el estímulo mágico. Pura herencia surrealista.
En el Manifiesto de tal corriente —un texto publicado el 15 de octubre de 1924 (que por estas fechas cumple cien años)—, el escritor André Breton define al surrealismo de la siguiente manera: “Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral”.
El surrealismo se caracteriza por su exploración de los sueños, el inconsciente y lo irracional. Los artistas inscritos en ese movimiento buscan liberar la creatividad y la imaginación al romper con los cánones y crear obras que desafían la lógica y la razón. En la música comenzó su influyente andar con compositores como Igor Stravinsky y John Cage, quienes experimentaron con estructuras inusuales, sonidos inesperados y colisiones de elementos musicales.
Desde entonces y como herencia se ha reflejado en el rock, con su enfoque en la liberación del subconsciente y la exploración de lo inesperado. A partir de los años sesenta. el surrealismo ha inspirado a subgéneros como el rock psicodélico, el art-rock y el progresivo, cuyas letras a menudo se sumergen en lo abstracto y lo enigmático. La música experimental también debe mucho a dicho movimiento artístico y literario que ha dejado una huella profunda en la cultura contemporánea por medio de su enfoque en lo irracional, lo onírico y lo inconsciente.
Grupos como los Beatles incorporaron elementos surrealistas en sus letras, las portadas de sus álbumes y sus sonidos espaciales. El álbum Revolver (1966) marcó un paso evolutivo en su carrera. Influenciados por lecturas filosóficas y musicales orientales, crearon canciones que exploraban temas más profundos, como el de El Libro Tibetano de los Muertos de Timothy Leary. La obra maestra “Strawberry Fields Forever”, como muestra, surgió durante este período de inspiración y experimentación.
Por su parte, Pink Floyd —en el álbum The Dark Side of the Moon (1973)— también se sumergió en dicha corriente. El diseño de la portada, un enigmático prisma luminoso, fue creado por el colectivo británico Hipgnosis con Storm Thorgerson a la cabeza. El prisma refracta la luz y descompone los colores, evocando al arcoíris y la locura. De tal manera, la música de este grupo, con su espectro luminoso y su atmósfera psicodélica, se alineó con los principios surrealistas.
El enfoque y la materia del surrealismo siguen inspirando a músicos en todo el mundo y gracias a su legado se han explorado formas de expresión siempre nuevas. También en el rock dicho legado sigue vivo y desafiando la percepción de la realidad, como en “In-A-Gadda-Da-Vida”, una muestra que marcó el punto en el cual el rock psicodélico, por intermedio de Iron Butterfly, Blue Cheer y Steppenwolf, entre otros, produjo el heavy metal, luego el rock progresivo y los presagios del art-rock y del vanguardismo experimental desde aquel jardín del Edén.
Sergio Monsalvo C.