Rockeros enmascarados (como crooners)

En los genes de la época que estamos viviendo hay un gusto esencial por la cultura vintage, es decir, por la primacía de un tono emocional melancólico que ya se encuentra por doquier (en el cine, en lo culinario, en la moda, en las artes plásticas, etcétera). La música ha reclamado también esa experiencia para sí, pero con algunas condicionantes: un nuevo orden para interpretar los valores conocidos y la ruptura de la linealidad temporal que lleva implícita, por mencionar algunas.

A la vista y escucha de los muchos ejemplos que existen en la actualidad y que han intercambiado al rock por el swing y viceversa, no queda más que aplaudir espontáneamente sus expresiones. Aplaudir eso que ya se conocía, pero ahora parece nuevo bajo su estética.

Brian Setzer. Fotografía: ceedub13, bajo licencia de Creative Commons

La forma básica del swing le ha dado una vuelta de tuerca más a su historia en las primeras décadas del siglo XXI y ha encontrado nuevas formas de expresión. Al swing originado en los años treinta y cuarenta del siglo XX, los rockeros reconvertidos en solistas (en realidad acompañados de septetos, octetos o con bandas completas) le han agregado elementos musicales diversos para enriquecer la propuesta actual.

Así, se pueden escuchar en esta modalidad, por ejemplo, además del swing blanco, la rítmica del jump blues, el concepto de los metales del rhythm and blues, algunos detalles de músicas afrocaribeñas y hasta sugerentes compuestos del rockabilly. Un caldo contemporáneo pleno de sustancia.

En los años noventa, surgió una rama muy particular de tal fusión con Brian Setzer al frente. A este cantante y guitarrista se le conocía como exlíder de los Stray Cats. Sin embargo, con el proyecto The Brian Setzer Orchestra abordó un género musical muy distinto.

Tanto con composiciones originales (“Lady Luck”, “Ball and Chain”, “September Skies”, “Drink that Bottle Down”) como con versiones de standards (“Sittin’ on It All the Time”, “Good Rockin’ Daddy”, “Brand New Cadillac”, “Route 66”, entre otras), rindió tributo a la época de oro de las big bands estadounidenses, si bien los títulos de sus canciones también podían considerarse un homenaje a la música de los primeros días del rock and roll. Con una big band bajo su guía que le entró al swing de verdad, con Michael Acosta como director y sax tenor de la misma, Setzer emprendió su tarea nostálgica con un sonido auténtico.

Así pues, los lenguajes musicales empezaron e intercambiar ideas y, de manera ocasional, a unir fuerzas. La fusión combinó sobre todo la imaginería y la suntuosidad del swing con el carácter más directo y agresivo del rock.

También en el aspecto comercial dio resultados, pues ha tenido éxito entre ambos públicos. Sus intérpretes han hecho que el sonido de la big band ingrese en el rock.

En lo que va del presente siglo, ha surgido esa rama muy particular denominada swing-rock, una fusión armada tanto con composiciones originales como con covers, y ha emprendido su tarea evocadora con un sonido auténtico que merece por lo menos el calificativo de sugerente.

Hasta ahora, hemos visto cómo ha reaccionado favorablemente el mercado a este reciclamiento musical. El efecto causado viene instrumentado por un rock y un swing en modo turbo, así como con un estilo de balada que moderniza las tonalidades.

Con este equilibrio estético, se pone de manifiesto claramente hacia dónde dirige el subgénero su tren a todo vapor, rememorando a Count Basie, Duke Ellington y Stan Kenton o a cantantes como Frank Sinatra, Tony Benett o Bobby Darin, entre otros. Son nombres que guían a este suculento platillo musical que ha enriquecido el cuatro por cuatro con unos cuantos patrones del swing, así como un cúmulo de instrumentos (cinco saxofones, cuatro trompetas y cuatro trombones), para trasmitir no sólo una buena porción de alegría por la música sino también un nuevo sentir hacia la fusión, una especie donde perviven lo estruendoso y lo calmo, vestidos con traje de etiqueta.

Los intérpretes contemporáneos, regulares o esporádicos, demuestran que el rock and roll rudo y el elegante swing de la big band armonizan muy bien. El estilo muy personal de música creado por estos artistas en cierta forma ha tendido puentes tanto intergeneracionales como interdisciplinarios.  Al llegar el presente siglo, un sinnúmero de reglas que durante años fueron consideradas como intocables de repente empezaron a tambalearse. Esta evolución inevitablemente afectó también a los crooners más ortodoxos. Sus actuaciones fueron más exigidas, al igual que sus repertorios. Tuvieron que renovarse (como Paul Anka, en el álbum Rock Swings, de 2005) o desaparecer de los grandes eventos y auditorios.

Las nuevas interpretaciones revivieron un espíritu romántico que se creía fenecido, pero no. Despertó a la vida con un aliento totalmente nuevo. Rod Stewart, una de las figuras más coloridas de esta fusión, trabajó arduamente en una saga de songbook clásico de standars y con muy cuidadas orquestaciones abrió nuevos rumbos.

También comenzó a reinar una atmósfera inspiradora en los rockeros veteranos, quienes ya no tenían nada que demostrar y se dieron a la tarea de reconvertirse en crooners para cumplir un capricho, un anhelo, una fantasía o una revancha histórica (como Bob Dylan).

De esta manera, llegaron personajes o grupos como The Roomful of Blues, Supercharge, The Honeydrippers, Chicago que también se dejaron contagiar por tal nuevo espíritu. Estos músicos trabajaron el estilo en algunos de sus discos e incluso alguno de ellos se atrevió a fundar una big band o a realizar proyectos con alguna. Los tiempos hipermodernos que corrían dispusieron de un público más abierto a los esfuerzos revivalistas o retro de esos músicos. 

De esta manera, se desencadenó un torrente avasallador de experimentos. Algunos de los nombres más importantes fueron Eric Clapton (cantando, por ejemplo, “Autumn Leaves”), Sting (con “My Funny Valentine”), Bono (“Night and Day”), Bryan Ferry (“The Way You Look Tonight”), Iggy Pop (“Les Feuilles Mortes”), Van Morrison (“Broken Record”) o Bob Dylan (con los discos Shadows in the Night, de 2015, y Fallen Angels, de 2016), entre otros, además del ya mencionado Rod Stewart y su exitosa colección del American Sogbook.

En las biografías de estos músicos, nacidos en la década de los cuarenta, las emisiones radiofónicas nocturnas que escucharon durante su infancia ocupan un lugar importante en sus vidas y son una referencia iniciática en sus vidas profesionales. Muchos de ellos escucharon música por primera vez durante aquellas noches que parecían infinitas. Las grandes orquestas blancas y negras fueron su primera materia sonora. Esa música les descubrió muchas cosas y ató su niñez a unos sonidos que cuando llegaron a la adolescencia quizá fueron relegados, pero ya habían arraigado en sus oídos.

Hay una enorme riqueza y diversidad que sigue observándose en estos esfuerzos de los rockeros enmascarados como crooners.  En síntesis, el swing y el papel del crooner (o de la big band) parece ser un fenómeno demasiado valioso como para servir de tema a una discusión acerca de su muerte. Ambos están demasiado vivos y no sólo en los recuerdos.

 

Sergio Monsalvo C.

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Publicado en: Sonidos de Babel