Una afirmación como “Me conozco, porque conozco la música que me gusta; eso es todo lo que sé”, hecha por John Mayall, no es algo desdeñable en un mundo desencantado. Al contrario, forma parte de una filosofía personal que se volvió pública e histórica a lo largo de los años, los discos y la forma de vida de este personaje, cuyos frutos se encuentran hoy por doquier, a quien la muerte lo sorprendió hace unos días, a los 90 años de edad, estando todavía activo.
Another man done gone.
Another man done gone.
Another man done gone…
Estas líneas pertenecen a la canción “Another Man” que forma parte del primer disco de Mayall: Bluesbreakers with Eric Clapton, considerado entre los mejores álbumes de blues de todos los tiempos. En esta pieza, el músico se acompaña sólo de la armónica en un blues de raíces que, a pesar de su sencillez, comunica el pesar por una partida. Sirva como fondo para subrayar la suya.
Un registro amplio de los integrantes que pasaron por su legendario grupo en alguno u otro momento es el siguiente: Eric Clapton, Peter Green, Jack Bruce, John McVie, Mick Fleetwood, Mick Taylor, Don “Sugarcane” Harris, Harvey Mandel, Larry Taylor, Aynsley Dunbar, Hughie Flint, Jon Hiserman, Dick Hekstall-Smith, Andy Fraser, Dave Navarro, Johnny Almond, Walter Trout, Coco Montoya, Buddy Whittington, Carolyn Wonderland, entre muchos otros. Bajo estos nombres y con grupos que formaron su geneaología (Cream, Fleetwood Mac, Rolling Stones, etcétera), las variadas oleadas de escuchas que han transitado por la música de Mayall se han identificado con sus hechuras por medio de estos intérpretes, quienes no dejaban de evocarlo cuando la ocasión se presentaba.
Siendo uno de los directores principales de la escuela de blues-rock británico, John Mayall fue un experto en hacer cambios de personal y con ello brindó un contexto amplio para el blues de Chicago, ya que era un gran conocedor, con todos los derechos que le concedía una asignatura que había estudiado, investigado y difundido (haciéndola y deshaciéndola en todas las formas concebidas). A lo largo de los años, sus Bluesbreakers se convirtieron en una especie de base de perfeccionamiento para muchos guitarristas de blues en ciernes, antes de emprender sus propios caminos triunfales.
Quizá la razón detrás de todos los cambios de alineación se debió a la popularidad emergente de la invasión británica en Estados Unidos, a principios de los años sesenta, donde el blues era música negra, en su mayoría tocada en la radio negra, con pocas posibilidades de llegar al público blanco. Todos esos tipos surgidos del blues británico rompieron el techo de cristal oscuro y su popularidad les trajo fama, fortuna y posibilidades de hacer lo propio, gracias en buena parte a su colaboración con los Bluesbreakers, la banda de blues que estaba en primera línea en la Gran Bretaña.
Debido a ello, Mayall pudo reclamar la posición del inglés que promovió la causa más que nadie, como líder, como gurú y como divulgador, esa música que, en sus propias palabras, “trata de esa honestidad en bruto que expresa nuestras experiencias en la vida, es algo que está relacionado con nosotros de manera espiritual”.
Durante dos décadas seguidas, John Mayall completó una discografía magnífica, racha que fue interrumpida abruptamente en 1981, un año crucial y de transición para él, tanto personal como profesionalmente. Con el clima de una audiencia baja de forma para el blues en su país, luchaba para mantener a flote su carrera en las grabaciones y en sus presentaciones en vivo.
Aunado a esto, un infortunio le sobrevino cuando un repentino incendio destruyó su hogar de Laurel Canyon, California, el cual había construido él mismo, llevándose consigo sus diarios —que había guardado escrupulosamente—, los diarios de su padre, muchos masters de grabaciones, su gran colección de discos, libros y revistas, sus diseños gráficos y mucho más.
Sin embargo, decidió levantarse de entre las cenizas. Lo primero que hizo fue casarse con Maggie Parker, una cantautora de Chicago que había sido contratada por Harvey Mandel como apoyo para los nuevos Bluesbreakers. Por el lado musical, perseveró y salió de gira, motivado por la música y la presencia de un nuevo guitarrista (Coco Montoya), además de que contaría con un grupo de coristas. Todo bajo el impulso de los buenos amigos.
Fue entonces cuando visitó México y lo pude ver en el extinto Toreo de Cuatro Caminos del Estado de México, donde se actuó. En ese tiempo no se podían presentar espectáculos musicales de rock (o sus derivados) en la capital del país, porque aún había toda clase de trabas gubernamentales para ello.

Mayall cumplió con todas las expectativas. Acababa de llegar a los 50 años de edad y se veía entero: delgado, barbado, con su larga melena entrecana, bronceado, vestido sólo con shorts de mezclilla deshilachados (hacía calor), con su esposa y coristas luciendo vaporosos vestidos y una banda potente. Coco Montoya nos recetó magníficos solos y el repertorio abarcó distintos estilos.
Fue un concierto memorable, al que asistí con amigos y acompañantes. Todos teníamos por entonces novias guapas y esplendorosas. Eran días de vino y rosas que parecían inacabables y las crudas pasajeras. Y aunque la inteligencia, la sensibilidad y las lecturas nos aseguraban que la existencia era compleja y se podía torcer en cualquier momento, con conciertos como aquél, en el que podías escuchar en vivo a uno de los grandes nombres de la cultura del rock, de quien conocíamos todos sus discos al derecho y al revés, sabíamos que también el esplendor en la hierba era una cosa real, bella y magnífica, al igual que aquel blues de John Mayall.

La jornada había sido completa. No llovió, hizo un sol espléndido y un clima para la fábula. Caminamos de vuelta a los autos, revestidos por una impermeable felicidad. Como si regresáramos de Oz y rehiciéramos el camino de ladrillos amarillos.
Mayall había cumplido la promesa que nosotros mismos nos habíamos hecho, en medio de la sequía rockera de aquellos años (recuerdo que escribí más tarde: “Ese momento con todos ellos lo guardaré siempre, porque he sentido grandemente la emoción colectiva de un concierto”).

Estábamos exultantes. No habíamos conseguido fotos, porque en aquel entonces no dejaban pasar cámaras ni infinidad de cosas. Pero nuestras fascinantes novias habían disfrutado de cerca y de manera increíble con nuestra música favorita en directo (con los discos las teníamos secuestradas).
Hay regalos que no tienen precio y que por muchas vueltas que dé la vida, con sus sinsabores, tristezas y desengaños, algo de nosotros seguirá siempre allí, en aquel escenario (de malévolas costumbres taurinas, pero ese día exorcizado), juntos, en una mágica tarde con los legendarios Bluesbreakers de John Mayall.
Sergio Monsalvo C.