Hace unas semanas comenzó a circular el libro 1966. El año del nacimiento del rock (Reservoir Books), de la autoría del poeta Alberto Blanco. quien además de contar con una vasta obra tras de sí, al inicio de los años setenta formó parte del grupo de rock La Comuna y en los ochenta fundó Las Plumas Atómicas.
El ensayo se centra en un año medular para el rock —es entonces cuando se comienza a denominar así al género, éste pasa de la adolescencia a la edad adulta, establece nexos con la música contemporánea y también es el momento cuando se siembran las semillas de lo que él llama “el fin de la fiesta”— y sustenta su argumento en cuatro discos aparecidos entonces: Blonde on Blonde de Bob Dylan, Revolver de The Beatles, Pet Sounds de The Beach Boys y Freak Out de Frank Zappa and The Mothers of Invention.
Sin embargo, Blanco no deja de lado los años previos –el texto comienza en 1963 y termina en 1969– y hace una narración salpicada de anécdotas, con una prosa que se desliza suavemente en un continuo vaivén y lejos de detenerse en ese año y declarar al rock muerto y acabado, en realidad es un pretexto para ahondar en una música que ha logrado mantenerse por más de cinco décadas.
Como introducción a una charla que nexos sostuvo con él, cito en extenso el primer párrafo del libro, toda una declaración de principios:
“Por principio de cuentas, quiero decir que este libro dedicado al nacimiento del rock ha sido escrito por un escritor mexicano que vivió todos los años sesenta en México, que tenía quince años en 1966 y que hablaba y vivía en español. Este último dato es muy importante, porque es innegable que, aunque el rock se convirtió en un fenómeno musical –y más que eso– en todo el mundo, se gestó en inglés: en Estados Unidos e Inglaterra. Y el hecho de haber vivido vicariamente muchos de los acontecimientos y fenómenos que le dieron forma al rock a la distancia no debe ser soslayado. Yo no fui un testigo presencial de lo que relato, pero aquello que observé desde lejos lo escuché muy de cerca, íntimamente, y como a muchos y muchas, me tocó de por vida”.

Entraste en contacto con el rock a los quince años, pero ¿en qué momento de tu vida pensaste en hacer este libro y qué te hizo pensar en la necesidad del mismo?
Había escuchado eso que era el rocanrol mexicano desde niño, pero no sabía que lo que hacían eran las versiones de éxitos americanos del Hit Parade y cuando estaba por terminar la primaria, me empecé a percatar de que lo que estaba pasando del otro lado de la frontera era otra cosa. En una fiesta de primaria en mi escuela, cantamos “Blowing in the Wind” –que seguramente acababa de aparecer– y la letra me impresionó. Me di cuenta de la chapuza que era el supuesto rocanrol mexicano y me dio mucho coraje descubrir que no hacían su propia música. Pero ¿cómo fue que nació el interés por escribir este libro? La verdad es que no es que me haya propuesto desde el inicio escribir sobre 1966 como el año del nacimiento del rock. Hubo cosas que fueron confluyendo y es una pregunta que seguido nos hacemos quienes gustamos del rock: ¿cuál fue el año dorado del rock? Pensé que había sido 1969, luego me fui atrás y pensé en 1968, luego 1967. Después llegué a 1966 y comencé a ver el rock de otra manera. Por otra parte, en los setenta tuve contacto con Mario Lavista (compositor de música culta fallecido en 2021) y por mediación suya conocí a toda la plana mayor de músicos contemporáneos y en los temas que de pronto surgían en reuniones, estaba la relación de la música contemporánea y el rock. Me propuse escribir un artículo para Pauta, la revista dirigida por Lavista, sobre este tema y empecé a tomar notas y a escribir desde que trabajé mi libro de poemas dedicados al rock que se llama Paisajes en el oído (https://paisajeseneloido.blogspot.com/). Luego otra etapa fue cuando en 2016 se le hizo un homenaje a José Agustín por los cincuenta años de la publicación de su novela De perfil, porque no podemos soslayar que José Agustín fue un escritor que integró el rock a la literatura; eso antes de él no existía. Es hasta mi generación que el rock se hace presente en la poesía también. Y esas etapas fueron las que me llevaron a decidirme por 1966.
Todos sabemos que este asunto comienza como rock and roll, ¿sentiste que había una liga entre rock and roll y rock o 1966 fue, además, un año de ruptura?
Evidentemente hay puntos de contacto, pero con la aparición de los Beatles y los años posteriores con las bandas inglesas comienzan a manifestarse cambios. Las primeras piezas de los Kinks ya las podemos considerar rock, algunas de las canciones de los Stones ya podríamos considerarlas como rock, incluso de los Beatles, pero en 1966 confluyen una serie de factores internos y externos que le dan un carácter distinto y es cuando se empieza a utilizar el término rock tal como nosotros lo entendemos hoy día.
En la página 53 mencionas que “el jazz, el blues, el rhythm and blues, el gospel, el rocanrol y más tarde el soul, el ska, el reggae, el funk y cuanta forma de música negra se pueda sacar a relucir, hallaron en la rubia Albión sus valedores”. ¿Crees que en Inglaterra hubo un mejor fermento para que estas formas de música negra llegaran a una integración y fue así como de pronto empezamos a meter en el mismo bowl al funk, al soul y concebirlo todo como un derivado del rock que así fue, creo, como se vivió en México?
Para empezar, el rocanrol es una forma básicamente ecléctica y lo que pasó fue que una generación de chavos ingleses descubrió en el rock un hálito de inspiración que los tocó de muchas maneras y no fue uno, dos o tres. Prácticamente no hay banda inglesa que no manifieste su profunda admiración por la tradición del blues. Y es que el blues y el jazz son creaciones norteamericanas, incluso se podría afirmar que son dos de las grandes aportaciones de Estados Unidos a la cultura del siglo XX. Los chicos intentaban tocar como esos músicos negros a los que ellos admiraban tanto: Muddy Waters, Willie Dixon, todos. El primer disco de los Stones es de puros covers de clásicos del blues, sólo hay una canción de ellos en ese álbum. Eso viene de regreso y provoca una revaloración de lo que sucedía en Estados Unidos, en donde también estaban pasando cosas. Por el lado de las letras, Bob Dylan también estaba revolucionando todo. Estaban también los Beach Boys, quienes promovían cambios musicales de otro tipo, especialmente en lo relacionado con las armonías y las voces.
Escoger cuatro discos como tu eje de argumentación es muy difícil. A fines del 65, principios del 67, hay muchos discos muy buenos, ¿por qué escogiste esos álbumes que además son tan disímiles? ¿Lograste ser objetivo a pesar de tu devoción por ellos?
En 65 hay antecedentes muy claros de lo que viene y que señalan lo que va a suceder en 1966. ¿Por qué esos cuatro discos en particular? En el caso de Revolver, lo que es muy claro es que se trata de un gran disco al que ya no se puede calificar de pop. 1966 es el año en el cual se da la ruptura, el abismo entre el pop y el rock. El pop quedó del lado de la adolescencia y el rock del lado adulto. Este empezó a tener aspiraciones artísticas. Por primera vez, sus creadores se dan cuenta de que lo que hacen es Arte, así, con mayúscula. Con “Get to Get You into My Life”, con la incorporación de los metales, se inaugura una vena que habrá de florecer años después con las grandes bandas como Chicago, Electric Flag, The Flock, etcétera, que fueron parte importante del soundtrack de los años setenta. Dylan tenía mucho más que ver con las letras, con la literatura, con la incorporación de una tradición. Él tuvo un mentor excepcional que fue Allan Ginsberg. Es la correa de transmisión entre los beats y los hippies, por decirlo en pocas palabras. Ginsberg había aprendido todo de Kerouac, el gran maestro de esa generación. Es una tradición que se remonta incluso a los bardos ingleses y Dylan incorporó toda esa tradición al mundo del rock, con letras muy complejas como la de “Visions of Johanna”, por ejemplo. Esas letras no se habían escuchado en la música popular antes. Además, él sacó el primer disco doble (Blonde on Blonde) en la historia del rock. Y tiempo después, Frank Zappa se presentaría también con un disco doble y lo haría en grande, trayendo al rock toda una tradición de la música contemporánea y además incorporando otras cosas. El rescate que hizo del doo wop me parece maravilloso. Es una mezcla tan abierta, tan ecléctica y a la vez tan corrosiva. El disco que más sorprendió a muchos en este cuarteto es el Pet Sounds y los sorprendió porque no conocían a los Beach Boys. El grupo había caído en un descrédito injusto, pero Pet Sounds es un disco extraordinario por muchos motivos y ahora se le reconoce sin cortapisas.
Si bien el libro se centra en 1966, también viaja continuamente al pasado y al futuro y relacionas muy bien lo acontecido en los sesenta con lo ocurrido en décadas recientes, aunque al final hay una nota de cierto desencanto. ¿En qué momento perdimos ese vínculo social, político, económico, con ese rock con el cual creciste y del que posteriormente bebí y que ahora no se puede repetir por muchas razones?
En efecto, son muchas las razones, entre las cuales podemos destacar el hecho de que el rock dejó de mandar en la escena de la música popular y, con mayor razón, dejó de ser un elemento de cambio como en los años sesenta. Revisaba un libro de fotos el otro día y allí estaba Janis Joplin y ella decía que en los sesenta el cambio estaba a la vuelta de la esquina, que sentía que estaba a punto de suceder, que tal vez iba a suceder y no sucedió. Y no sucedió después y no va a suceder jamás. Y así como Janis Joplin están todos. Ese sentimiento de cambio que marcó a una generación, se sostuvo y de alguna manera se sigue sosteniendo como una contradicción, como una paradoja que es la siguiente: el rock, las grandes caras del rock, las grandes estrellas del rock, se convierten supuestamente en agentes de cambio, rebeldes, revolucionarios, contraculturales, y esa manifestación contestataria rápidamente comienza a generar millones de dólares a las compañías disqueras. ¿Cómo se puede sostener una fantasía con ese negocio multimillonario, transnacional? Es absurdo, basta ver cómo se había casado Mick Jagger en 1971, en la Costa Azul con Bianca Pérez-Mora. ¿Qué tenía eso que ver con “Street Fighting Man”, con “Sympathy for the Devil”, con la rebeldía de los años sesenta… Nada, nada. Esa contradicción que a ratos me parece cómica y a veces trágica, de alguna manera se ha mantenido viva gracias a una idealización generalizada.
Esa idealización generalizada aparece al final, cuando Blanco relata un encuentro que tuvo con Donovan en 2004 y en la que la mayor parte de lo que le dijo estaba ya escrito en su autobiografía y que es una adecuada coda del libro y de esta entrevista: “Sí, se supone que la música pop es frívola y divertida en su mayor parte y, sin embargo, sentí y sigo sintiendo que la música popular es un medio a través del cual se pueden introducir ideas y valores importantes”.