La canción “De Do Do Do De Da Da Da” es un buen ejemplo para comenzar a hablar sobre las onomatopeyas como herramientas del habla rockera. Y esta pieza es un homenaje a ellas. En 1980, el grupo británico The Police la incluyó en su álbum Zenyatta Mondatta para referirse con ello a esos temas de sonidos simples que tanto le gustan a la gente y que sirven para denominar a la realidad de otro modo.
Poets, priests and politicians
Have words to thank for their positions
Words that scream for your submission
And no one’s jamming their transmission
‘Cause when their eloquence escapes you
Their logic ties you up and rapes you
De do do do, de da da da
Is all I want to say to you
El autor, Sting, quería hacer una reflexión sobre la banalidad de los discursos y el abuso de palabras y encontró la forma de mostrarlo gráficamente en esta canción por medio de dicho recurso.

Efectivamente, hay veces en que la realidad debe parecerse a un comic –o serlo– para ser escuchada. Si no fuera así, ¿de qué otra manera nos daríamos cuenta de que algo sucede sino con ese “bla bla bla” al que se refiere la canción, modificado como “doo doo da da da”, como también cuando algo se rompe y se oye gráficamente un ¡crack! o alguien llora (¡snif snif!) o aplaude (¡clap clap clap!).
La onomatopeya es una traducción oral y/o escrita de los ruidos que causan las situaciones o las cosas, las cuales colorean emocionalmente una narración y aportan connotaciones a gran diversidad de expresiones dentro de cada lenguaje y cultura.
Es un vocablo cautivante e imposible de definir con palabras, que se funda y articula en un contexto pre-verbal que recupera ritos perdidos en medio del acelerado proceso de civilización. Un código tribal que genera variedad a las cosas y emociones.
Desde niño, se recibe educación en ese sentido. Tanto los padres como los primeros libros van formulando vocablos cuya sonoridad recrea algo que al escucharlo cobra el significado requerido. Pero no solamente puede ser algo del entorno, sino igualmente un hecho o una acción a la cual representar.
Existen miles de ejemplos al respecto y cada idioma posee los suyos o los adopta o adapta de otros a sus necesidades. Los hay tan elementales como los que imitan los ruidos de los animales (guau, miau, oink), de los humanos, como la tos (¡coff, coff!), los besos (¡mua! ¡smack!), el que se hace para llamar la atención de alguien (¡psst psst!) o los artificiales como el de los disparos (¡bang! ¡bang!), una explosión (¡boom!) o una cerradura o algo que se abre (¡clic!).
Es decir, hay sonidos tanto de hechura humana (para darle significado al dolor –¡ouch!–, al desprecio –¡bah!–, a la risa –¡ja ja ja!– o gemidos, ronquidos y suspiros), como animal (mugidos, ladridos, maullidos), los producidos por la naturaleza (viento, truenos y otros fenómenos naturales), la interacción entre todo ello (golpes, disparos, órdenes) o los emitidos por los objetos (choques, zumbidos, timbres).
Sin embargo, hay otros de esos vocablos utilizados por la gente que se usan para evocar, trasmitir, definir una situación, un sentimiento o un estado anímico. Es un juego de la fonética para darle sonoridad y realce a las palabras, aunque en un principio a los lingüistas no les haya gustado incluirlas dentro de sus explicaciones científicas.
Ferdinand de Saussure, por ejemplo. Él fue un semiólogo y filósofo suizo cuyas ideas sirvieron para el inicio y posterior desarrollo estructuralista de la lingüística como ciencia en el siglo XX. Por ello se le conoce como el padre de tal disciplina. Actualmente, sus ideas, vertidas en el libro Curso de lingüística general, se consideran extemporáneas (como la división entre lengua y habla… o la exclusión de las onomatopeyas).
Tuvo que ser el arte poético, una vez más, el que pusiera las cosas en su sitio y corrigiera la plana a esos lingüistas. Hugo Ball, uno de los fundadores del movimiento Dadá, fue el encargado de ello. En la sede del movimiento, el famoso Cabaret Voltaire, y como acto contracultural, escribió y representó el primer poema fonético de la historia.
Lo tituló “Karawane” y consistió en la articulación de fonemas e interjecciones sin significado alguno (jolifanto bambla o falli bambla / großiga m’pfa habla horem / egiga goramen / higo bloiko russula huju / hollaka hollala /anlogo bung / blago bung blago…), experimento que influyó, y en mucho, en posteriores corrientes literarias como la poesía beat, la cual a su vez lo hizo con esa explosión cultural llamada rock and roll.
En el rock, esta herramienta lingüística ha encontrado un fértil campo de cultivo, un lugar para la exposición y hasta una razón de ser. En él adquirió verdadera conciencia de la vida propia de cada vocablo y de la que cobra en la boca y en los labios cada vez que se pronuncia.
En el comienzo de su tiempo, se encuentra una y sólo una expresión que retrata la emotividad y la salvaje energía que posee el género: “¡Awompbompaloomopawompbamboom!”, que abre el tema clásico “Tutti Frutti” de Little Richard. El grito primario del rock and roll. El alarido que abre su historia.
Esa onomatopeya fue también el disparador para otras canciones que fueron conformando su relato (la no menos popular “Be-Bop-A-Lula” de Gene Vincent and The Bluecaps, entre ellas) y su inclusión es una forma de contar una historia alternativa al respecto.
La apertura de “Tutti Frutti” es una definición perfecta del ánimo que provoca y se cuela por los huesos y estalla como una bomba en la mente y en las entrañas, llegando así al misterio último de esa explosión musical que se ha convertido en un fenómeno cultural a lo largo de las décadas (en su parte gráfica, tal momento está inscrito en la foto de la portada del álbum London Calling, de The Clash).
De ahí a “De Doo Doo Doo De Da Da Da” (y lo que ha seguido a la postre), ese poder crudo, sin procesar (el famoso raw power de Iggy Pop), irrumpió como un continuo de asociaciones, un relato de conexiones directas y espectrales entre canciones y artistas y un lenguaje que ha ido descubriendo las verdades, revelando los misterios y superando todas las restricciones. El rock and roll es desde entonces un acontecimiento y como tal, ha trascendido los periodos históricos para seguir sucediendo.
A partir de entonces también, las onomatopeyas han acompañado al rock para nombrar subgéneros (doo-wop, boogie, zeuhl), canciones (“Crash Boom Bang”, “Fa Fa Fa Fa Fa Fa Fa”, “Zip-A-Dee-Doo-Dah”), grupos (Yeah Yeah Yeah’s, Tscht, Tscht, Tscht, Bow Wow Wow, Chumbawamba) o ilustrar portadas de discos
La inspiración para hacer de ello además un arte proviene del ya mencionado dadaismo, movimiento vanguardista que tomó a la onomatopeya e hizo de ella teatro, pintura, canto, poesía, contracultura en general y declaración de principios.
Ha sido durante mucho tiempo una fuente de fascinación al añadir una capa única de imágenes auditivas a las canciones. Es el reino lúdico donde las palabras cobran vida a través del sonido y son un terreno aportado por los rockeros para expandir, enfatizar o describir las emociones. Es una tierra ignota del lenguaje, en donde se ejerce la libertad expresiva en beneficio de la música.
Las onomatopeyas brindan una rica experiencia auditiva, al descubrir un mundo dinámico en el cual la música y las palabras hacen ¡cataplum! O como dijera Stephan Remmler, del grupo Trio: “¿A quién demonios le importa lo que significan? Si son buenas y enfatizan el ritmo y lo que dices, emocionalmente la gente lo entenderá y repetirá”.
De do do do de da da da
Is all I want to say to you.
Sergio Monsalvo C.