Primero que nada, no nos hagamos bolas, seré objetivo: la cumbia es una mercancía de la industria de la cultura de masas; una etiqueta (o código de barras) impuesta sobre ciertos productos musicales facturados por las empresas disqueras del siglo XX. La cumbia no es un género musical o una creación de la imaginación popular o folclórica, sino una mezcla comercial de diversos géneros y estilos, todo hecho con la intención de vender discos y ganar dinero, cosa que no es un pecado, pero tampoco es arte en libertad. Como forma musical de tipo comercial, igual que el rock o la llamada salsa, la cumbia es indefinible o únicamente se define como dinero y mercancía. Sólo se le puede identificar auditivamente por lo que Ludwig Wittgenstein denomina “rasgos de familia”: ciertas instrumentaciones, ciertos arreglos, ciertos ritmos y armonías. En general, la cumbia es una variante colombiana de música tropical; de un “trópico” al mismo tiempo del mar, el campo y la montaña, siempre con un marcado estilo caribeño en el empleo de las percusiones.
La historia verdadera de la cumbia es la de las grabaciones comerciales etiquetadas como cumbia, productos de la reproducción técnica de las obras de arte, según Walter Benjamin. Es el arte inauténtico o sin alma de la sociedad del espectáculo de las clases bajas y el lumpen, “flores en las cadenas”. Algo que comenzó a venderse bien en los años veinte, hace un siglo, cuando por impulso de la globalización, en Colombia se dio un desplazamiento de fuerza de trabajo del campo, el mar y la montaña hacia las grandes ciudades. El antes de esta historia documentable de la cumbia se pierde en los vericuetos del mito y la leyenda, casi siempre en la deriva del “buen salvaje” rousseauniano, deriva que ahora se enmascara como “decolonización” (sic) y como la reinvención fantástica de los “pueblos originarios”. Así se reconoce que la cumbia es un mestizaje o transculturación de la música indígena americana (flautas de caña), la música negra de los esclavos (percusiones) y la música europea (acordeón). Desde este tronco básico, los agregados o ramas transculturales se multiplican y diversifican de modo creciente.

Desde una perspectiva histórica amplia, no se puede encontrar una forma pura o esencial de la cumbia. Lo que se encuentra como música es una presencia dominante del vallenato y el porro que son géneros más folclóricos. Tampoco se tiene claro lo que significa la palabra cumbia. Se le supone de origen africano, del Congo, donde significaría “danza” o “baile” o “fiesta”, pero también se sabe que la palabra cumbe servía en la América caribeña para denominar los pueblos donde los negros esclavos fugitivos vivían como hombres libres. Con la abolición de la esclavitud, la palabra cumbia se convirtió en referente de la música de las fiestas populares laicas en esos y otros pueblos, fiestas donde abundaban el alcohol y la promiscuidad. Y como estos festejos populares ocurrían en lugares donde aún no había llegado la electricidad, se bailaba con velas encendidas en la mano.
A partir de los años cuarenta, por medio del cine y la radio, se dio la internacionalización de la cumbia colombiana. Para la década siguiente, había expresiones de cumbia “propia” en Argentina, México y Perú. Cuando llegaron los años ochenta, la cumbia se diseminó literalmente por toda la tierra. Hoy día, existe una infinidad de figuras regionales y nacionales de la cumbia. El género se ha establecido como la matriz sonora de Iberoamérica, junto con la música afrocubana y todo lo que se puede llamar “música tropical”. El mundo distingue a los pueblos latinos por esta música y los latinos nos diferenciamos unos de otros por la forma específica como nos la apropiamos regionalmente. Hoy día, la médula de la cuestión está en la cumbia, no en el regué ni en el reguetón. Por la cantidad de intérpretes y compositores que la producen a diario, la cumbia, junto con el rock y el pop, concentra la creatividad musical de nuestra América y la injerta en los mismos Estados Unidos y en los otros continentes, como un efecto de la mezcla de las culturas con el gran mercado del dólar y la enajenación ideológica de la fuerza de trabajo.
En lo esencial, la deriva transcultural o mestiza de la cumbia la integran tres expresiones musicales diferentes por la instrumentación: el conjunto de flautas de millo o “gaitas colombianas”, los grupos con acordeón y los diversos tipos de orquestas grandes y pequeñas, además de los conjuntos de tipo rock y pop. En estas distintas expresiones de la cumbia es decisiva la presencia de las percusiones (tambor llamador y tambor alegre) y muy en especial la guacharaca o güiro. La cumbia es música de compás binario de ascendencia africana en división 2/2 y 2/4 y en división 6/8 por su ascendencia europea. Normalmente las canciones se ejecutan con un compás único y uniforme durante toda su duración. Sin embargo, también es común que dos tipos de compases alternen en una misma canción. Las melodías y armonías corresponden a modalidades europeas, afectadas en forma determinante por la música africana e indígena; lo mismo vale para las letras de temas muy variados.
Una de las primeras agrupaciones que se acercaron a la cumbia fue la Orquesta Panamericana de Colombia, la cual en 1929 tuvo un gran éxito popular con la pieza “Esto es puro cumbeo”. Al año siguiente, Rafael Obligado y su Orquesta Costeña pusieron a bailar a mucha gente colombiana con la canción “Carlos Jiménez”, clasificada como “cumbiamba” en la etiqueta del disco. En 1934, la compañía Discos Fuentes comenzó a producir grabaciones calificadas como cumbia para el gran público colombiano; allí grabarían discos artistas decisivos para el desarrollo de la cumbia con acordeón, como lo fueron en forma de banda Los Corraleros de Majagual y como solistas Andrés Landero, Lizandro Meza y Aniceto Molina. Pronto, muy pronto, habría cumbia como música del proletariado en otros países de América Latina; en Argentina con Los Wawancó, en Perú con Juaneco y su combo y en México con Carmen Rivero, Tony Camargo y Mike Laure.
En nuestro país han brillado con luz propia las cumbias de Rigo Tovar y las del conjunto Acapulco Tropical. Luego de ellos vino una cascada de nombres y títulos de canciones que han seguido haciendo lucir la cumbia mexicana, con agrupaciones como la de Celso Piña y su Ronda Bogotá, El Gran Silencio y Los Ángeles Azules. Grupos de rock como Caifanes y Botellita de Jerez también grabaron piezas de cumbia con regular suerte.
Diversificada y diseminada por el continente y el mundo, la cumbia se ha convertido en muchas subculturas: psicodélica, villera, marimbera, turbocumbia, sonidera, chúntara, fusión, antropológica, tecno, chola y más y más. Un aporte de los sonideros mexicanos ha sido la “cumbia rebajada” que son los discos de 45 rpm de cumbia colombiana tocados a 33 rpm, para poder degustar, dicen, el baile ralentizado que no pega saltos locos todo el tiempo como en la cumbia de Colombia. Porque el espíritu libre de la cumbia se da en la danza.
Pero esto de querer sintetizar una historia de la cumbia con los nombres de sus mejores intérpretes, compositores y aledaños, es una tarea gigantesca. Una historia aún por hacer y escribir, en gran parte porque la cumbia está muy viva y activa en todo el mundo, como el blues, por ejemplo, y mucho más que el tango. Mientras tanto, la información de la Wikipedia nos da una idea aproximada de la aventura y el negocio sociocultural de la cumbia; entonces, yo les recomiendo que revisen las entradas sobre “cumbia”, “cumbia (colombiana)” y “cumbia (panameña)”. Contienen buena información cierta para hacerse una idea más redonda de lo que ha ocurrido. Allí también encontrarán vínculos para otras entradas sobre los subgéneros de la cumbia.
Un libro significativo para conocer detalles importantes de la historia de la cumbia y sus intérpretes es el que me ha inspirado la redacción de esta nota: Cumbia somos, un amplio conjunto de artículos de la Red de Periodistas Musicales de Iberoamérica, coordinados por Enrique Blanc y Humphrey Inzillo, publicado por un consorcio de editoriales en 2023. Información que he fortalecido y confirmado con la valiosa y bien documentada tesis doctoral en ciencia social de Darío Blanco Arboleda: La cumbia como matriz sonora de Latinoamérica, El Colegio de México, 2008. Ambos textos se pueden encontrar en línea.
Confieso que a mí la cumbia me sedujo en la adolescencia. Fue uno de mis pecados secretos en mi era de talibán del rock. Por mucho tiempo, sin que me lo propusiera, estuvo clavada en mi memoria y mis sueños la letra y la música de “La sirenita” de Rigo Tovar, mientras me cuesta mucho trabajo aprender de memoria un soneto de Sor Juana. Cuando quise ser redentor directo del proletariado próximo, después del 68 loco, descubrí con la gente chambeadora los efectos narcóticos del Acapulco Tropical vuelto fino opio del pueblo o religión de la bailada tajuarina en la calle. La amistad del poeta Víctor M. Navarro me dio la oportunidad de acompañarlo en la vivencia cotidiana y fiestera de la cumbia del Mercado de Cartagena, en el barrio de Tacubaya, cumbia urbana multifacética, con bailarines de alturas coreográficas dignas de Fred Astaire, como don Juan Carlos “El Borrego” Sánchez Hernández, un caifán que ya traía bien puesto el baile chúntaro de gavilán a mediados de los años setenta del siglo pasado. Hasta llegar a quedarme medio sordo con los sonideros de la colonia Ramos Millán y el Pedregal de Santa Úrsula, después de tener un año ensayando cumbias en la vecindad de al lado al Grupo Emperador.
Hoy admiro a grupos de cumbia que considero efectivamente de vanguardia, aunque sin dejar de facturar “mercancías”, dado que practican la cumbia como músicos de élite, pero con una firme voluntad creativa de poner a bailar y pensar con gusto liberador a la masa de la cumbiamba chambeadora. Doy aquí los nombres de seis de estas propuestas que me interesan y agradan, ya ustedes verán: Romperayo, Sonido Satanás, Meridian Brothers, Systema Solar y Sonido Gallo Negro.
Claro, esta columna sobre la cumbia y su significado en la cultura es muy subjetiva. Pero yo no puedo ser objetivo con un fenómeno tan sustancioso y trascendente como la cumbia latinoamericana, una experiencia que al mismo tiempo me causa un placer enorme y danzarín y un serio conflicto (est)ético en mi conciencia crítica de poeta. Aquí les he querido presentar mi saber y sentir lego sobre ella, la cumbia; lo hago con la intención de que más personas quieran entrar en el gusto por esta música y en el diálogo comunitario sobre sus múltiples significados y su futuro, teniendo entendido que la música de cumbia es un tema para mejorar nuestra libertad soberana y cómo hacer de verdad un mundo mejor, con música y baile, con arte y poesía, con fiesta y ritual.
Entonces, para “despolarizar” un poco el discurso con intencionalidad hegemónica de la burda ideología populista, producto mediocre del castrochavismo decadente, considero que no tienen mucho sentido ponerse a pensar y sentir la cumbia como una forma de “resistencia descolonizadora” de la masa chambeadora en contra de la élite minoritaria que no chambea para nada y bla-bla-bla, según lo plantea una falsa dualidad o esquizofrenia dialéctica, “hegeliana”, simplista y reduccionista que sólo quiere ver la realidad como una lucha a muerte entre dos clases sociales: los “pobres buenos” del proletariado, condenados por la historia para triunfar al final de las cosas, y los “ricos malos” de la burguesía, llamados estos a perderlo todo al final de la historia, por ser los “malvados” en todos los casos. Basta con analizar bien la realidad histórica de la cumbia como fenómeno social y mercancía para poder deshacer esa fantasía dualista polarizadora. Porque, emergiendo la cumbia del gusto de las clases bajas (“pueblo bueno”), ha llegado sin gran problema hasta el gusto de las clases altas (“neoliberales”), como el danzón y el bolero, como la rumba y el bossa nova, sin que ambas clases sociales dejaran por ello de ser como han sido y son. Eso de la transculturación entre masas y burguesía ha borrado en los hechos las falsas fronteras del dualismo positivista que domina al marxismo vulgar, demostrando con ello que los conflictos sociales no se pueden juzgar y resolver con una mirada maniquea que todo lo quiere ver y entender en blanco y negro, cuando es evidente que esos dos supuestos colores son totalmente imaginarios, porque en la realidad no existen.
La cumbia sí emancipa conciencias y libera personas, pero no lo hace jugando al Che Guevara de Banana Republic, sino cuando nos habla de la delicias y revelaciones de los alimentos sagrados o enteógenos, como el alcohol, el LSD, la ganya y la ayahuasca. También lo hace cuando vuelve deseable la promiscuidad comunal de la fiesta, el auténtico carnaval. Vuelta propaganda de los supuestos buenos del populismo contra los supuestos malos del neoliberalismo, la cumbia deja de ser libre y sólo convence de ese rollo “dialéctico” a los ya convencidos de antemano. El espíritu libre de la cumbia se enajena y aburre si se convierte a ésta en religión izquierdista belicosa. Por más que se crea que el suyo es un fin justo y necesario, todo queda en panfleto. El arte auténtico, llegue de donde llegue y vaya a donde vaya, no transforma la historia ni cambia la vida de esa manera contradictoria, porque no tiene dueño, dogma o programa, se manda solo.
La historia no es un juego de ajedrez, aunque a ratos lo parezca. Querer estar siempre en lo correcto para la mayoría significa estar siempre en lo normal y domesticado, en lo fetichizado que no cambia nada. Y querer estar en lo correcto sólo para uno es un solipsismo demencial y nada más. La cumbia que nos libera y vuelve de veras mejores yo creo que no va por ahí, es algo más complicado y divertido. Por eso no hay que bailarla y escucharla solamente, también es bueno estudiarla más y con más cuidado. En eso estamos.