“Neuromancer” y la toxicidad cyber

William Gibson dijo lo siguiente, al momento de aparecer su más célebre novela en 1984: “Lo más importante para mí es que Neuromancer habla sobre el presente. En realidad, no trata de un futuro imaginado. Es una forma de manejar la admiración y el terror que me inspira el mundo en que ya vivimos”.

Lo que evidenciaba este texto era una alianza profana del mundo de la tecnología (cyber) con el mundo del disentimiento (des)organizado (punk). El mundo subterráneo de la cultura pop, la fluidez visionaria y la anarquía callejera. Esta integración se erigió en la fuente crucial de energía cultural para el final del siglo XX y se extiende aún en la tercera década del siglo XXI.

A su vez, el músico Billy Idol afirmó al respecto de su canción “Neuromancer” que tras leer la inspiradora  novela de Gibson, “todo fue una especie de revelación de lo que era posible en el futuro o incluso de lo que era posible en ese momento. Las cosas sobre la crisis climática. Las cosas sobre lo que le estamos haciendo a nuestros cuerpos. Vi un presagio de los peligros potenciales de los sistemas de inteligencia artificial autoconscientes que eventualmente podrían ver a la humanidad como una amenaza. La gente tiene miedo de la IA y todo eso. Los robots se harán cargo. Y sí, mucho de eso va a suceder”.

(“Era de destrucción / Era del olvido / Amor descubierto en los días rancios de la ruina / Mi cuerpo suda las toxinas de mi propia desaparición / Solo desde el espacio puedes ver cuánta tierra se está quemando / Soy el Neuromancer, y estoy en trance / Enciende las mentiras, los secretos de nuestra desolación / En un mundo de corrupción / Es la era de la destrucción / Y nos entregan al olvido / Soy el Neuromancer y estoy en trance…”).

Inspirándose en el inframundo fragmentado y expansivo de la cultura de internet de los años ochenta y noventa, el álbum en que se incluye la canción (Cyberpunk, 1993) es la propia cápsula del tiempo futurista de Idol, con personas y sus prótesis, ideas y referencias. Las condiciones y contextos sociales de la novela seguían siendo relevantes en aquel entonces, cuando se publicó el disco (y más hoy día).

En la pieza “Neuromancer”, Idol gruñe esas letras de fatalidad profética, mientras la guitarra de Mark Younger-Smith recorre con su frío poder la espalda del escucha (“Sólo desde el espacio puedes ver / cuánta tierra está ardiendo”).

Reconocer los libros canónicos es para el rock una experiencia semejante a sentarse frente al aparato de sonido a escuchar un disco clásico; fisgonear en esa gran biblioteca y reflexionar sobre la respuesta que esa vivencia provocó en cada uno de los rockeros lectores que llevan injerto un espíritu de escriba. Poca fuerza tendrían las ideas surgidas de ahí si no hubieran profundizado en el pensamiento emanado de tal literatura. Lou Reed decía de sí mismo que era “un músico adecuado a sus necesidades como escritor”.

Indagar en dicha experiencia es tratar de escuchar, a través de la niebla creativa, señales que ayuden a descifrar parte del misterio de la música, a encontrar esas manifestaciones primarias a las que han llegado los músicos y quedar fascinado por aquello que expresaron después de introducirse en esas obras literarias con las cuales se acercaron a otros mundos, reales o ficticios, que provocaron en ellos resultados palpables y escuchables.

Han leído para intentar entender y lo seguirán haciendo, siempre. Porque de eso se trata finalmente, de recordar para establecer una cadena estética, porque si no se recuerda es que no se estaba prestando atención.

Al rock se le puede describir como un libro visceral e intuitivo que capta magistralmente la locura, el sinsentido, las contradicciones y las dificultades de la vida que han transcurrido a lo largo de sus décadas. El género ha escrito retratos vivos y conmovedores de cuestiones tan comunes como legendarias, cuyos ecos resuenan en el tiempo, al igual que el cautivador conjunto de personajes que componen sus divergentes escenas.

A lo largo de su historia, el rock ha capturado las distintas facetas de los diversos movimientos musicales y sociales que lo han impulsado. Con sus indagaciones documentales, ha construido frescos intensos y conmovedores, a veces poéticos, de la sociedad que le ha tocado vivir en diferentes momentos.

Fue así como en los años noventa, con el ejemplo que ahora nos concita, cierta tendencia en los campos de la literatura caló en los de la música y fue llamado cyberpunk. El hito fue la novela Neuromancer de Gibson. Fue el texto que enganchó la visión orwelliana con el muy presente futuro distópico, aunque sus raíces provenían de mucho más allá en el tiempo: la década de los veinte, hace un siglo exacto.

En aquel entonces, el escritor ruso Yevgueni Zamiatin  terminó su novela Nosotros, ambientada en una sociedad futura donde la vigilancia y la represión por parte del Estado era total. El libro sirvió de inspiración para que George Orwell hiciera lo propio con 1984 que se convertiría en el paradigma de las distopías contemporáneas. A ella Gibson eslabonó Neuromancer, publicada en ese 1984 al que se refería Orwell. Fue un big bang cultural que ha repercutido con mucha fuerza hasta nuestros días. Neuromancer dio paso al fuerte movimiento cyber, tanto en la literatura como en las otras artes, del que emanó el disco Cyberpunk en el rock.

En paralelo a la novela de Gibson, a lo largo de los años se ha desarrollado la cultura cyberpunk: los videos de rock en los ochenta; el underground de los hackers a nivel global y la estremecedora tecnología callejera del hip hop, el scratch y el remix; el uso de las herramientas hi-tech para la grabación, así como la cinematografía post apocalíptica, la vigilancia extrema, la manipulación informativa y la algoritmia. “Nadie pudo haber previsto los futuros que nos imaginábamos”, dijo el autor.

Cyberpunk, el álbum de Billy Idol, intentó reflejar en su momento todo ello, en una síntesis genérica con el qué y el cómo. En su disco, el músico redefinió su enfoque para crear música, en el que todo estuvo controlado por una computadora Macintosh (utilizó los emergentes programas de Studiovision y Protools) e hizo un amplio uso de otros equipos electrónicos. La tecnología le permitió volver a abrazar la ética de bricolaje de la era punk y hacer su mejor álbum en años.

La fascinación de Idol por la electrónica no se limitó a la música, ya que también puso a la venta un disco informático de edición limitada, creó videos computarizados y descubrió lo que internet podía hacer (al principio de los años noventa).

Cyberpunk consta de trece pistas y un puñado de interludios de audio, compuesto de influencias industriales, del electrodance y voces sintetizadas, como se escucha en canciones como “Power Junkie”, “Tomorrow People” y “Shock to the System”.  El álbum estuvo adelantado a su tiempo en términos de aplicar mayores posibilidades tecnológicas al ciclo promocional (cosa que nunca se materializó debido a las bajas ventas del disco original).

Efectivamente, hubo un amplio universo multimedia construido en torno a ese disco inspirado en la ciencia ficción contemporánea y que no fue lanzado por su fracaso crítico en aquella época.

“No creo que la gente entendiera realmente de lo que estaba hablando”, explicaría el cantante años después de publicar aquel álbum conceptual narrativo motivado por la literatura distópica, así como por la naciente contracultura de principios de los noventa. “Solo había un pequeño grupo de personas a las que realmente les interesaba el asunto, a pesar de que estábamos viendo su futuro y su presente”.

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Publicado en: Historia de una canción

3 comentarios en ““Neuromancer” y la toxicidad cyber

  1. Con la inteligencia artificial hay que tomar una visión intermedia: ni se debe satanizar ni tampoco divinarla. En informática, un aforismo muy conocido dice que «entra basura, sale basura», los datos de entrenamiento de la IA deben ser correctamente elegidos o no funcionará como un espera.

    En general, los problemas que puede generar la IA tienen más que ver con la manera en que están organizadas la sociedad, la economía y la política, que con el funcionamiento de la IA en sí misma.

    El programador es como un diputado o senador. El congreso crea leyes para regir el comportamiento del Estado; así mismo, el programador le da instrucciones a la computadora. Pero a diferencia del marco legal, la computadora si sigue fielmente lo que se le indica. El problema es que no siempre es posible predecir el comportamiento o las consecuencias de todas las instrucciones que se le dan a la computadora.

    En cada paso del desarrollo de la IA se intenta mantener el control de los sistemas, y de que sean predecibles. Si los programas dan alguna sorpresa, se les desconecta inmediatamente. Hace tiempo, dos servidores con IA crearon un lenguaje para comunicarse entre ellos, pero que era incomprensible para los encargados de la programación; los servidores fueron desconectados. Una especulación del ejército de EEUU concluyó que es posible que un aram autónoma podría matar a su controlador si decidía que interfiere con el cumplimiento de su misión; no es 2ue el arma se volviera malvada, sino que estaría mal programada. En el caso del ejército, creo que nunca desarrollarán armas con completa autonomía o con autoconciencia, no vaya a ser que se vuelvan pacifistas.

    Un caso interesante se dio con dos IA, una para jugar al pókar y la otra para tomar el papel del diseñador de la diplomacia de un país, en una simulación muy popular en internet. Ambas IA lograron llegar a los primeros diez puestos del ranking mundial, pero lo interesante es que aprendieron a ocultar información y a dar información ambigüa o incluso falsa. Son estrategias que también usan los humanos, pero indica que hay que programar la IA explícitamente para dar la información correcta a su usuario.

    También se han usado IA para simular el equilibrio de poderes entre potencias nucleeares. El problema es que la simulación terminaba o con una guerra nuclear, o con un ataque preventivo nuclear de un país al otro. Después se dieron cuenta que los artículos sobre política internacional con que alimentaron a las IAs en la fase de entrenamiento en su mayoría son sobre cómo escalar y ganar un conflicto, no sobre cómo reducirlo.

  2. Quizá sea mas preciso decir que mientras en las armas autónomas sólo se les permitirá desarrollar una razón instrumental, en los demás sistema de IA debe trascenderse este tipo de razón de manera que tengan embebida una ética (similar a las tres leyes de la robótica de asimov), aunque no se les permita llegar al nivel de determinar sus propios fines.

  3. Es conveniente mencionar que la preocupación por la ética en el desarrollo de la ia ya surgió con el desarrollo de coches autónomos y su participación en accidentes mortales, hace catorce años. Se elaboraron encuestas con distintas situaciones, por ejemplo un tren que debe elegir entre descarrilarse o matar a una persona sobre las vias. O un tren que debe elegir en una bifurcación de las vías si matar a una persona o a cinco; o elegir entre una persona mayor y una persona joven, o entre un hombre y una mujer.

    Las encuestas revelaron que habia diferencias culturales muy marcadas en las respuestas que se daban a los dilemas; por ejemplo, en asia oriental se respeta más a los adultos mayores, mientras en EEUU se valora más la juventud. Al final se decidió que los autos deben privilegiar la vida del conductor sobre todo lo demás, pues nadie compraría un coche que pudiera matarlo. Creo que eventualmente se tendrán que cambiar las leyes de tráfico y las estructuras físicas de las ciudades para facilitar la implementación de los coches autónomos.

    También debo mencionar que se demostró hace doce años que los coches autónomos pueden hackearse, sobre todo si tienen conexión a internet, por lo que los programadores y diseñadores de circuitos deben prestar atención a la seguridad cibernética. En general los fabricantes de dispositivos inteligentes no prestan suficiente atención a la seguridad de sus dispositivos, facilitando el trabajo de los hackers rusos, chinos y los cinco ojos. Hace unos años se dio el caso de unos padres que instalaron una cámara con interfón y conexión a internet en el cuarto de su hija de tres años; al poco tiempo se dieron cuenta que un hombre desconocido había logrado conectarse a la cámara y conversar con la niña.

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